Prólogo

3970 Palabras
PRÓLOGO |Pasado| Hank, 35; Autumn, 19. Hank. Creo que para nadie es un secreto que vivo en un matrimonio infeliz. Ver a una ebria Loretta, mi esposa, rogarle a Becket por amor, es algo a lo que he terminado de acostumbrarme. ¿Duele? Joder, claro que duele. Pero no es por amor a ella. Hace tiempo comprendí que lo que sentía por Loretta difícilmente era amor. Deseaba tanto lo que ella y Becket tenían, que terminé confundiendo mis ansias por ella con lo que en realidad era el anhelo de tener ese tipo de relación. Al final, mi propia incapacidad por comprender mis emociones, me llevaron a perder la única relación real y llena de amor que tenía. Becket Callahan era más que mi mejor amigo, él era mi hermano. Y mientras veo a mi esposa aferrarse a sus brazos, suplicándole a él que la perdone por errores del pasado, algo en mí se rompe en demasiadas formas debido a los recuerdos que me golpean. Duele por la pérdida de una amistad, por la pérdida de mi amor propio al haber sucumbido a algo a lo que nunca debí abrirle las puertas, por la pérdida de la única familia que tenía. Y en el fondo… en lo más profundo, algo más n***o y oscuro me carcome por dentro. Porque ver a tu esposa rogar amor y desear a otro hombre, quieras o no, termina por destrozarte un poco. Sé que duermo cada noche al lado de esta mujer, en una cama helada, por algo más que amor hacia mi hija. Mi intento de darle a Cassidy un hogar completo se mezcla con la penitencia por todos mis errores… pero también con esa idea persistente de que no hay nada mejor para mí ahí afuera. ¿Cómo podría haberlo después de lo que hice? — Vamos — le digo a Loretta, rodeándola con mis brazos mientras intento alejarla de Becket. — No, no — ella arrastra sus uñas por mis brazos, como si la sensación de ellos a su alrededor fuera equívoca —. Eres tú, Becket... — su voz es un susurro sollozante —. Sabes que siempre has sido tú. Becket retrocede un paso, alejándose más de ella, mientras me trago mi vergüenza. Jalo a Loretta más hacia mí, ejerciendo fuerza entre ella más se sacude para evitar que la meta en mi camioneta. — No me voy a meter en ese viejo traste, ni iré a esa maldita pocilga — me gruñe, y puedo escuchar las lágrimas en su voz —. Así no tenía que ser… así no serían las cosas. — Amárrala si es posible — la voz de Becket es baja, como si no quisiera hacer un escándalo mayor que este —, pero que no vuelva en este estado a mi casa. Le regalo un suave asentimiento y, con un poco de esfuerzo, consigo meter a Loretta dentro de la destartalada camioneta que ella tanto odia. Y empieza a soltar su veneno. — ¿Nunca aspiraste a nada más que esto? — Dice ella mientras conduzco hacia casa —. Tu vida es tan carente y poca cosa… y nos arrastraste a Cass y a mí a la misma miseria. Me quedo callado, conduciendo por unas tierras que no son mías, pero que bien podrían llevar mi sangre por todo el esfuerzo que he puesto en que prosperen. Este rancho me ha dado todo, ha sido mi hogar desde que nací, no conozco otra vida que esta… y no quiero. Tengo una casita a la que puedo llamar hogar, comida en el plato, y una hermosa niña de cinco años que encaja en estas tierras tanto como yo. ¿Por qué no puede ser eso suficiente para Loretta? Tal vez nuestro matrimonio nunca estuvo destinado a ser un cuento de hadas, no cuando fue creado sobre traición. Pero pudimos ser amigos, pudimos criar a Cass en armonía, sin pelear cada noche, luchando para evitar que mi hija se dé cuenta de la falta de amor entre nosotros. Pude darle un hogar, si tan solo ella dejara de resentirme por algo que fue en su mayoría su culpa. — Maldito el día en el que Becket nos encontró en esa cama — gruñe, dejándose caer pesadamente sobre el asiento. — Tú lo planeaste — digo con suavidad, mirando el camino despejado. — No te opusiste. — Me emborrachaste — pero no hay reproche en mi voz. Nunca le he dado pelea a esta mujer. ¿Ella discute? Claro, cada día, a toda hora. ¿Pero yo discuto con ella? Nunca. Siempre, desde un principio, he estado vacío cuando se trata de ella. Y creo que eso es lo que Loretta más resiente en mí. Ella mira un aruñetazo especialmente largo en mi brazo, rueda los ojos con fastidio y se arrulla en el asiento del copiloto. La herida escuece un poco, y busco en mi mente dónde dejé el desinfectante desde la última vez que Cass sufrió una raspadura en su rodilla. Estaciono la vieja camioneta con un ruido que parece enfurecer más a Loretta, quien sale del asiento del pasajero, directo a la casita que ha sido testigo de nuestros cuatro dolorosos años de matrimonio. Paso la mano por mi rostro, buscando una última onza de paciencia dentro de mí, y entro en casa. La puerta de nuestra habitación cerrándose en un fuerte golpe, sobresaltan los dos cuerpos profundamente dormidos en el sofá. Mis ojos viajan hacia donde mi hija, acurrucada al lado de su niñera, frunce su pequeña naricita mientras lucha con el sueño. — Shh — me acerco a ella, arrodillándome a su lado —. Sigue durmiendo, cariño. Sólo es papá entrando a casa. — Papi — la voz aniñada de Cass sonríe al decirlo, y así de sencillo, todo en mi vida merece la pena. — Así es… soy papi. Cassidy se acurruca en mi mano cuando acuno su mejilla, y su pequeño cuerpo de cinco años se enrosca en mi brazo, soltándose de Autumn para envolverme a mí. Sonrío, viendo cómo, incluso adormilada, mi presencia parece calmarla. Cuando siento un par de ojos fijos en mí, giro lentamente mi rostro hacia Autumn. Sus ojos grises brillan con el reflejo del televisor encendido, y los rizos de color azabache caen en su blanca piel de porcelana. Por un momento, se ve dulce, casi sumisa... entonces abre la boca. — ¿También te puedo llamar papi? — Y alza las cejas con sugerencia. Jesús, es un grano en el culo. — Cállate, por Dios… — sacudo la cabeza, porque esa palabra saliendo de sus labios, francamente me da nauseas —. No sufro de ese complejo, gracias. Se le escapa una risa más aire que voz, y se gira para mirar hacia el techo, su cabeza apoyada en la cabecera del sofá. — ¿Qué hora es? — Pregunta entre bostezos —. Me debes como mil horas extras. — Anótalas, te las pagaré. — Mmm… — tararea, aún adormilada. — La llevaré a la cama — le digo, refiriéndome a Cass —. No conduzcas así a casa, déjame prepararte un café para que te despiertes un poco. Mientras cargo a mi hija en brazos, Autumn se pone de pie y va a la cocina a prepararse el café. Es tan dueña de todo, andando por la vida con una descarada pertenencia, sin pedir permiso por nada. Sé que usará del caro café colombiano que le consigo a Loretta en la ciudad, lo que causará otra discusión con mi esposa porque fingiré que fui yo quien lo usó. Acuesto a mi hija en la cama, la cubro con su sábana de animales y le doy un suave beso en la frente antes de salir de su habitación. En el fondo, ya puedo escuchar el ronquido borracho de Loretta en nuestra cama. Me da dolor de cabeza al imaginar mi noche en el sofá. Aprendí que una Loretta borracha, es una Loretta que busca amor en cualquier lugar, incluso en su indeseado e inútil marido. Desde que la última vez me desperté con su mano en mi polla, en su inútil intento de que por fin la follara, evito dormir a su lado en sus noches ebrias. Cuando vuelvo a la sala, Autumn está tomándose su taza de café, apoyada contra la encimera con aire adormilado. — ¿Quieres que te lleve a casa? — Pregunto. Sacude la cabeza, negando. — Lo último que quiero es chismes en el pueblo. Asiento, porque tiene razón. Bastante escandaloso ha sido que se quede tan tarde cuidando a mi hija. Que yo la lleve a su casa añadiría otro rumor falso que no nos ayudaría a ninguno. Solamente Dios sabe qué le haría Loretta a Autumn si esos rumores se vuelven más fuertes. No es que a Loretta le fuera a doler que yo tenga una amante, pero sin duda le rasguñaría el ego. Y una Loretta con el ego herido puede ser peligrosa… Miro a Autumn. Resoplo, porque posiblemente Autumn sería más peligrosa que ella. — ¿Cuánto te debo? — Pregunto, buscado en mi billetera. — Lo mismo de siempre. Le alzo una ceja, porque ambos sabemos que hoy hizo más horas de lo que habitualmente le pago. Le doy un billete grande y ella sonríe, para luego añadir —: Luego no te puedes arrepentir. — ¿Y si estoy esperando mi cambio? — Ja — se ríe —, te quedarás esperándolo. Se guarda el billete de cien en el bolsillo trasero de su short de jean. Ambos sabemos que no le recibiré ningún cambio. Se merece ese dinero, incluso si… — Cass tiene un raspón en su codo — le digo. — Maldición — gruñe —. Es tan chiquito, que pensé que no lo verías. — Es mi hija. — Que corre por este rancho, detrás de los animales, ocasionando pequeños desastres aquí y allá. Va a tener raspones. Mi trabajo es evitar que se mate. — Debería despedirte, Autumn. — Sabes que quiero a esa niña — me pasa un café, que le recibo de inmediato —. ¿Todo bien? Y señala hacia mi brazo, en donde la marca de las uñas de Loretta sigue latente. — Gajes del trabajo — le digo. — Mmm… — parece estar tragándose sus propias palabras, pero al final termina soltando —: Claro, el trabajo. Tomo la taza caliente entre mis manos mientras me pierdo en mis pensamientos. No por primera vez, me pregunto qué sigue haciendo Autumn en este pueblo. Es tan joven, casi todas las chicas de su edad están en la universidad, luchando por sus sueños. En cambio, ella está aquí, estancada en un pueblo gris que no contrasta con sus colores. Un pueblo que sólo le da rechazo. — Me voy — dice, juagando rápidamente su taza y la mía en el lavaplatos —. ¿Necesitas que venga mañana? — No, me haré cargo yo. Asiente y, cuando está a punto de salir por esa puerta, una tambaleante Loretta sale de la habitación, corriendo directo hacia el baño. Joder. Voy detrás suyo, ayudándola a levantarse cuando termina de vomitar todo el alcohol en el retrete. — Te odio — me gruñe, golpeando débilmente su puño en mi pecho —. Te odio, inútil pedazo de… Loretta es empujada de mis manos hacia la regadera, en donde Autumn abre el grifo y el agua helada las empapa a ambas. — ¿Qué haces? — Pregunto, confundido. — Bajarle la borrachera, ¿qué crees? — Me dice Autumn, sosteniendo a Loretta mientras ella lucha entre sus brazos. — No creo que eso esté ayudando. Loretta se sacude, y cada vez que intenta lanzar un insulto, Autumn la empuja de nuevo bajo el chorro de agua. — Carajo, Autumn — voy hacia Loretta, sosteniéndola de los brazos cuando empieza a pelear tanto, que temo que pueda lastimarse y lastimar a nuestra niñera —. Dámela. — Hija de puta — le grita Loretta. — Pero no puta — canturrea Autumn. Entre forcejeos, Loretta finalmente parece perder las fuerzas, y casi cae el piso si no es por mis brazos recibiéndola. Está dormida, inconsciente en su cansada borrachera. — Ayúdame a llevarla a la cama — le pido a Autumn. — Siento que estamos escondiendo un cadáver — dice, tomándola de las piernas. No respondo nada, de repente tan cansado de esta noche agotadora. La dejamos en la cama y no sé qué hace Autumn mientras yo cambio a Loretta por ropa seca, pero una vez salgo de mi habitación, la encuentro en la sala esperándome con un desinfectante y algodón. — Vete ya — le digo. — ¿Sabes cuántas bacterias tienen las uñas? — Inquiere, señalando hacia la herida en mi brazo. Ella lo sabe. Un sentimiento de vergüenza me invade. Que esta niña de diecinueve años sea testigo del desastre que es mi matrimonio, el poco amor que hay en esta casa, es un golpe nuevo a mi ego. ¿Acaso todos saben lo patético que soy? ¿Me tienen lastima? ¿Saben el desastre de vida que llevo? — Madición, Autumn, vete de una vez. — No — se acerca a mí, con el maldito desinfectante en las manos. Ver su renuencia sólo inyecta un tipo de adrenalina en mis venas. ¿Por qué siempre me lleva la contraria? ¿Por qué parece disfrutar sacarme de mis cabales? ¿Por qué es tan malditamente persistente? Ser la niñera le ha abierto las puertas al interior de mi casa, y eso, indiscutiblemente, me deja vulnerable ante ella. Por eso me pongo en guardia, levanto mis murallas… y, como siempre, terminamos en lo mismo: discutiendo. Carajo, discutir. Parece que en su presencia siempre estoy discutiendo. Y es que ella no sabe cuándo demonios retroceder. — Eres tan desesperante, no sabes cuándo demonios parar — le gruño. Se ríe, sacudiendo su cabeza mientras se estira por mi brazo. Retrocedo un paso, evitando que me toque. Ella se cruza de brazos, mirándome con pose desafiante. — Despídeme. — Lo hice, anoche te despedí. — Pero, también, hoy me llamaste para que recogiera a Cass de la escuela. — Porque… porque… — me quedo mudo. Me alza una ceja. — Porque… — me incita a continuar, pero, al no encontrar las palabras, dejo escapar un gruñido frustrado y me muevo hacia la cocina. ¿A hacer qué? No tengo idea, sólo sé que necesito espacio. No sé si no lo nota, pero está mojada, evidentemente su sujetador es una delgada tela de nada, porque yo puedo ver… Agarro la encimera con mis manos cuando la siento entrar detrás de mí. — No seas bebé, sólo quiero curarte esa herida. — Puedo hacerlo solo. — No, no lo harás. — No es tu puto problema. — ¿Por qué eres tan complicado? — Grita, perdiendo ya la paciencia —. ¡Sólo quiero curarte la herida! Ya cansada de esta mierda, Autumn me gira y jala mi brazo hacia ella, pero llevo mi mano hacia atrás en un brusco movimiento, lo que indudablemente hace que termine cayendo contra mí. De repente, el espacio parece empequeñecerse, tragándose todo el aire entre nosotros. Demasiado cerca. Mi nariz roza su frente y el aire cálido que ella respira viaja por mi cuello. — Sólo quiero curarte las heridas — su voz es baja, pero cargada de ira. Gruño, apretando más fuerte la encimera detrás de mí. Cuando levanta sus ojos para mirarme, la suavidad en ellos es más demoledora que el impacto de sentir sus pechos contra mi pecho. No soy idiota. He visto la forma en la que ella me mira. No fue así al principio. Hace un año, cuando Autumn empezó a ser la niñera de mi hija, todo era nada más que transaccional. Pero entonces empezó a ver dentro de mi hogar, empezó a ver las fracturas en mi matrimonio, a notar lo falso que es todo… y el profesionalismo en sus ojos le abrió paso al entendimiento, luego a la compasión, hasta que, poco a poco, ese brillo se fue convirtiendo en algo mucho más caliente… Pero ya no es caliente. Ahora es… suave. — No te mereces esto — su voz es tierna, como si estuviera completamente segura de sus palabras. — No sabes nada. Asiente, apretando la mandíbula mientras mira hacia un lado. — ¿Sabes cuántas mujeres allí afuera estarían dispuestas a hacerte feliz? — Pregunta, su voz sigue siendo baja —. La profesora de Cassidy, por ejemplo. La señorita Denis daría su riñón izquierdo por una oportunidad contigo. Me río, sin creer sus palabras. — No, no es cierto. — ¿No me crees? — Sus ojos se achican con desafío. — No importa — mi voz sale ronca. — ¿Por qué? — Porque no es a ella a quien quiero, joder, Autumn — le gruño, sin saber en qué maldito momento mi mano encontró su cintura. La empujo gentilmente hacia atrás para pasar a su lado, y cuando estoy a punto de salir de la cocina, ella habla. — ¿A quién quieres? Me tenso, inmovilizándome por sus palabras. — ¿Qué clase de pregunta es esa? — ¿A quién quieres? Joder, ¿ella se está escuchando? — Estoy casado, Autumn. — No fue eso lo que pregunté. Cierro los ojos. Mis manos se sueltan y se aprietan en puños, buscando controlarme. — Hank… — su voz detrás de mí me da escalofríos. — Tienes diecinueve años. — Tampoco fue eso lo que pregunté. Cuando siento su mano en mi omóplato, posada con una suavidad indescriptible, lo pierdo. Y es que llevo demasiados meses conteniéndome. Me giro, camino hacia ella y la obligo a retroceder conmigo, lento, paso a paso. Sin apartar la mirada ni un solo segundo, la arrincono, respirando más pesado, arrastrado por la sensación de lo prohibido. Su extraño olor a limones dulces se mete en mis pulmones, viajando por todo mi torrente sanguíneo. Sus labios rojos se abren para decir algo, pero no se lo permito. La giro de sopetón, arrancándole un sonido erótico que se queda conmigo. Cuando intenta llevar su mano detrás suyo para tocarme, tomo bruscamente una muñeca, luego la otra, y las sujeto sobre su cabeza con una sola mano. — Déjalas ahí — hablo contra su oreja. Cuando asiente, dejo caer mi frente en su hombro, intentando regular mi respiración mientras busco algo de cordura. Carajo, carajo, ¡carajo! Mi esposa está a unos metros de distancia. Aunque nunca hemos sido realmente marido y mujer, hice una promesa ante el notario cuando firmamos este matrimonio. — Por favor — pide Autumn en una voz cargada de necesidad. Mi mano se tensa en su cadera. Y lucho. Lucho tanto. Cada puta noche, cuando vuelvo de casa, viéndola en el sofá, acurrucada con mi hija… yo lucho. Lucho ante el deseo de algo que nunca será mío. Verla reír con Cass tiene que ser la mayor tortura de todas. Verla tratar a mi hija con la complicidad y diversión que su madre nunca le ha dado, es un infierno. Verla mirarme con esos ojos cargados de tanto es la mayor tentación que he tenido. No puedo aguantar más. Lo juro por Dios, no puedo aguantar más. Despacio, en un movimiento que se siente demasiado grande, muevo mi mano lentamente por su vientre. Su piel se contrae ante mi tacto, y siento que podría irme al infierno cuando mis dedos encuentran la pretina de su short de jean. Este podría ser el momento más intenso de toda mi vida. Abro mi boca contra su piel y aspiro su aroma, queriendo ahogarme en ella. Mi necesidad por ella es tanta, que bien podría comérmela entera. Es desquiciante la forma en que mi cuerpo siempre reacciona a ella, incluso cuando me volví un experto en ocultarlo. Autumn tiembla, derritiéndose en mis brazos. Y sentirla sumisa y dulce contra mí, me perseguirá para toda la vida. Cuando gira el rostro, buscando mis labios, caigo al piso, arrodillado detrás suyo. Ella mira hacia abajo, encontrando mis ojos mientras yo miro a los suyos. Es tan hermosa… tan salvaje e indómita, que llama todas las partes de mí que siempre han estado adormecidas. Con ambas manos, desabrocho la pretina de su short y, con un movimiento firme, empiezo a jalar la tela hacia abajo, enseñando más y más de la preciosa piel de su culo cubierto por una bonita tanga. — Joder, amor… Saco su short, satisfecho cuando ella levanta cada pie para ayudarme a sacarla de la tela. Con mi mano en su vientre bajo, la empujo hacia mí, arrancándole mi nombre en un gemido mientras abro mi boca contra un cachete de su culo. Sorbo la piel, dándole más escalofríos, mientras las puntas de mis dedos se hunden en la pretina de sus endebles bragas. — ¿Estás mojada? — Necesito saberlo, y doy un pequeño beso en la marca de succión que ya dejé en su nalga. — Sí… — la simple palabra le sale en un pequeño jadeo. Está luchando por respirar, así de consumidor es también este momento para ella. — ¿Qué tanto? — Hank — gruñe. Me río, hundo mi frente en su espalda baja y le digo —: Dame tus bragas. — ¿Qué? — Dame tus bragas. Me pregunto si le pedí demasiado, pero silenciosos segundos después, ella hace lo que le pido. Es torpe en sus movimientos, y no se gira a mirarme cuando lleva su mano hacia atrás, entregándome la pequeña tela de nada. La recibo en mi mano, mi pulgar buscando la pequeña mancha húmeda que la delata. Sonrío, tomando sus caderas mientras rozo mis labios entre los bonitos hoyuelos que descansan en su espalda baja. Y quiero girarla, tener una vista de su v****a, abrirla con mis dedos y comérmela entera. Me la comería por horas y horas. Lo juro por Dios que yo nunca me saciaría. No con ella. Pero no puedo. Ya llevo bastantes pecados encima… Autumn no será uno más. — Dicen que la manzana no cae lejos del árbol — casi siento que no soy yo quien dice esas palabras, sino alguien más. Pero es necesario. — ¿Qué? — Pregunta, y odio lo débil que suena su voz. — Tu madre se fue del pueblo después de destruir un matrimonio, ¿no? Como por arte de magia, el calor entre nosotros se vuelve un frío y descomunal hielo. — Amo a mi mujer — miento con una crueldad que me cuesta mantener —. Es ella a quien quiero, Autumn. Que sea la última vez que te veo mirarme con esos ojos de cordero enamorado. Soy un hombre casado, joder. Si tú no respetas este anillo que llevo en mi dedo, yo sí lo haré. Sé que necesitas el dinero que ganas con nosotros. Si quieres mantener este trabajo, mantén tus pequeñas fantasías de adolescente como lo que son... fantasías. De lo contrario, la próxima vez que te despida, lo diré completamente enserio. Y sin atreverme a darle una sola mirada más, salgo de allí directo a mi camioneta. Arranco como alma que lleva el diablo y, cuando estoy lo suficientemente alejado de mis crueles acciones, estaciono y salgo, apoyándome contra la carrocería mientras busco aire. Joder. ¡Joder! Golpeo mi puño contra la puerta, haciendo una abolladura que muestra mi desesperación. Mis nudillos manchados de rojo contrastan cruelmente contra la pequeña y blanca tela que nunca he dejado de sostener. Sus bragas. Horas después, cuando el sol se está asomando, vuelvo a casa. Autumn ya no está... y se siente como si lo hubiera perdido todo. ¿Porque sus ojos llenos de suavidad? Ella no me los vuelve a dar.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR