Capítulo 4 Continuación...

1282 Palabras
Al día siguiente, mientras desayunaban, Laura advirtió: -Beatriz, come despacio o te vas a atorar. -Mamá, démonos prisa. ¡Quiero ir ya! -Sé que estás emocionada, pero come con calma. Laura estaba feliz de ver a su hija emocionada por asistir a clases, cuando antes siempre inventaba excusas para no ir. -Estás muy emocionada, Beatriz -dijo Laura mientras conducía. -Sí, mamá. ¡Quiero llegar ya! Cuando llegaron, Beatriz bajó corriendo del auto. -¡Espera, Beatriz, no corras! Yhám salió justo en ese momento. -Oh, buenos días, Beatriz. -¡Buenos días, señor elfo! -Buenos días, señora Laura. No se preocupe, está en buenas manos. -Entonces me retiro. Beatriz, pórtate bien. -Sí, mamá. Beatriz abrazó a su madre y le dio un beso. -Mamá te ama mucho. Me voy, pórtate bien. -Adiós, mamá. Te quiero mucho. Laura observó cómo su hija agitaba la mano en despedida -Entonces, Beatriz, ¿estás lista para empezar hoy? -¡Sí, señor elfo! -En las clases me llamas profesor o profesor Yhám. Como hoy solo nos conoceremos mejor y daremos el paseo que te prometí, puedes seguir diciéndome señor elfo. ¿De acuerdo? -¡Sí! Yhám le mostró distintos lugares de la casa, hasta llegar a la biblioteca. -¡Es un lugar fantástico! La biblioteca era amplia, de dos pisos, con estanterías llenas de libros. Las ventanas de cristal estaban cubiertas por cortinas elegantes. Había estrellas colgantes, una maqueta del sistema solar sobre una mesa, un globo terráqueo, cuadros de mapas y pinturas en las paredes. -¿Te gusta, Beatriz? Aquí te impartiré clases. -¡Me encanta! Luego salieron al jardín trasero por la puerta de la biblioteca que daba ahí. -¡Me encanta este jardín! Beatriz daba vueltas sobre sí misma, feliz, hasta que se dejó caer sobre el césped. -¡Oh, señorita Beatriz! -saludó Gastón. -¡Señor Gastón! ¿Cuándo me enseñará más sobre flores? -Cuando quieras, pequeña. Pasaron varios días y Beatriz se había adaptado al lugar. Laura apenas podía creer el cambio en su hija. -Beatriz, come el brócoli. -No me gusta, profesor. -Pero tienes que comerlo, Beatriz, porque es bueno para tu crecimiento y desarrollo. No solo puedes comer dulces y comida chatarra. Beatriz hizo una mueca mientras miraba el plato frente a ella. -Profesor, es que sabe horrible... -¿Vas a rechazar la comida que te ofrece un elfo, Beatriz? -le preguntó él con un tono juguetón, aunque serio. Beatriz se detuvo un momento, reflexionando sobre lo que acababa de decirle. -Rechazar la comida que un elfo te ofrece es algo feo, Beatriz -añadió con una sonrisa en los labios. Beatriz, avergonzada, bajó la mirada y susurró: -Perdón, profesor, no quería que se molestara conmigo por no comer. No lo volveré a hacer. Y así, con una expresión de desagrado, Beatriz empezó a comer todo lo que había en su plato. Sin embargo, en ese momento, la señora Amber apareció con una bandeja que llevaba un postre. Beatriz, al verlo, se iluminó. -Espero que le guste, señorita Beatriz -dijo la señora Amber con una sonrisa. Beatriz tomó una cucharada del pudín y lo probó. Sus ojos se abrieron de asombro. -¡Está delicioso! ¡Está riquísimo! -exclamó Beatriz, sorprendida por lo bien que sabía el postre. A pesar de sus travesuras, Beatriz siempre había sido querida por todos en la casa. Yhám, aunque le reprendía con firmeza, nunca dejaba de cuidar de ella, como un verdadero padre. Pasó dos años , Beatriz había cambiado considerablemente. La niña violenta y traviesa de antes había dado paso a una niña más madura y tranquila. -Por hoy terminamos, Beatriz. Vamos a descansar en el jardín trasero -dijo Yhám, levantándose. -Sí, profesor -respondió ella, siguiéndolo. Disfrutaron de un almuerzo tranquilo en el jardín, mientras una suave brisa primaveral acariciaba sus rostros. Beatriz, poco a poco, empezó a quedarse dormida en su asiento. Yhám se sentó junto a ella, y, con cuidado, colocó su cabeza sobre sus piernas para que pudiera dormir cómodamente. Cuando Beatriz despertó, se dio cuenta de que ya no estaba en el jardín, sino en el sofá de la biblioteca. Miró el reloj: eran las 3:00 PM. -¡Me quedé dormida!,- pensó, preguntándose si el profesor o el jardinero la habían trasladado allí. Fue entonces cuando Yhám entró en la habitación. -¿Dormiste bien, mi pequeña niña? -preguntó él, acercándose a ella. -Sí, profesor. Pero... ¿quién me trajo aquí? -Beatriz se incorporó lentamente, mirando a su alrededor. -Fui yo -respondió él, sonriendo con suavidad-. Te habías quedado dormida en la silla, así que te traje al sofá para que durmieras cómodamente. -Muchas gracias, profesor. Usted es como el padre que nunca tuve -dijo Beatriz, con una sonrisa de gratitud. Yhám acarició su cabeza con ternura. -Gracias a ti, mi pequeña niña, por considerarme tan especial. Pasaron los meses y, un día, cuando Beatriz estaba en casa durante las vacaciones, Yhám apareció repentinamente. -Buenas tardes, señor Yhám, por favor entre y siéntese. ¿Desea tomar una taza de café? Yhám asintió, y Laura le trajo el café. -¿Qué le trae por aquí, señor Yhám? -preguntó Laura, con una mirada inquisitiva. -Buenas tardes, señora Laura. Vengo porque tengo malas noticias -respondió él, con tono grave. -¿No me diga que Beatriz ha vuelto a ponerse violenta? -Laura frunció el ceño, preocupada. -Oh, no. Beatriz ha cambiado casi por completo. Es una buena niña, y la he educado bien para que no vuelva a comportarse de esa manera -dijo Yhám, con voz firme pero con afecto. -Entonces, ¿qué sucede? -preguntó Laura, aún sin entender. -Desafortunadamente, tengo que irme de la ciudad por un tiempo indefinido. No sé cuándo podré regresar. Vine personalmente para contárselo y ver a Beatriz antes de irme -explicó Yhám, con una expresión seria. Laura lo miró con desdén, sabiendo lo mucho que Beatriz estaba unida a él. -No sé cómo lo tomará Beatriz. Ella está muy apegada a usted -dijo Laura, sin poder ocultar cierta tristeza en su voz. En ese momento, Beatriz llegó a la casa, después de jugar en la calle. Al ver a Yhám, se alegró mucho y corrió hacia él, abrazándolo con fuerza. -¡Profesor, ¿qué hace aquí?! -exclamó Beatriz, sorprendida. -Mi pequeña niña, vine a verte y a contarte algo importante -respondió Yhám, abrazándola con ternura. -¿Qué es, profesor? -preguntó Beatriz, mientras miraba a su profesor con atención. -Eres una niña buena, inteligente y excelente. Estoy muy orgulloso de ti -dijo Yhám, sonriendo suavemente. -Gracias, profesor Yhám -respondió Beatriz, con una sonrisa tímida. -Necesito que me escuches, mi pequeña niña. A partir de ahora no estaré contigo porque tengo un problema que resolver, y estaré lejos por un tiempo. Beatriz, al escuchar esas palabras, no pudo evitar que las lágrimas empezaran a brotar de sus ojos. -¡Pero, profesor, usted se va! -dijo entre sollozos. Yhám la abrazó con ternura, como un padre abrazaría a su hija. -Me voy, pero eso no significa que no nos volvamos a ver -dijo él, secando las lágrimas de Beatriz con delicadeza -. Te lo prometo. -¿Me lo jura? -preguntó Beatriz, mirando a los ojos de Yhám con esperanza. -Te lo juro, mi pequeña niña -respondió él, levantando su dedo meñique. Beatriz, con una sonrisa entre lágrimas, levantó el dedo meñique también. -¿Me lo promete? -repitió, más tranquila. -Sí, te lo prometo -confirmó Yhám, entrelazando su dedo meñique con el de Beatriz. Después de un abrazo silencioso, Beatriz lo observó marcharse, sabiendo que, aunque él se fuera, el vínculo entre ellos siempre permanecería. La promesa de un regreso les unía de una forma irrompible.
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