Once

1226 Palabras
—Lo siento, lo siento. Dios mío, lo siento mucho. Eve se abalanza sobre él, le toma el rostro entre las manos y lo apega al suyo para evaluar el daño hecho. No se ve ni un poco diferente que como estaba haca segundos, lo que la calma un poco. »Perdón— insiste en sus disculpas —. Lo siento mucho— palpa sus mejillas, mueve su cara en todas direcciones para evaluar cualquier herida —, de verdad que me arrepiento. ¿Necesitas hielo? ¿Te duele algo? ¿Quieres que vayamos a enfermería? —Evette, preciosa— la toma de las muñecas para apartar las manos neuróticas de su cara. —Dios mío, soy una persona terrible— agacha la cabeza completamente desilusionada de sí misma, haciendo caso omiso a los intentos de Asher de captar su atención —. Pégame tú y así estamos a mano. —¿Qué? No, ¿cómo se te ocurre? —La ley del Talión, es justo— asiente repetidas veces y cuadra los hombros, esperando el golpe. Asher no puede contener la risa, es que Eve sale con cada cosa, ninguna de ellas graciosas en sí, pero todas lo suficientemente ridículas para parecerle chistosas, aunque se da cuenta de que no es chiste cuando ella sigue mirándolo con sus ojos bien abiertos, a la espera su supuesto castigo. En vez de hacer eso, Asher se aparta, dejándola aún más sorprendida. Él se acaricia la zona agredida, sintiendo apenas un poco de dolor. El pecho se le hincha en una especie de orgullo retorcido al saber que Evette, aunque débil, sí es capaz de generar daño y también se le calienta la sangre pensando que otros dolores podría causarle si la tuviera encima suyo o mejor aún, como se defendería si estuviera bajo su merced, su cuerpo aprisionándola; ¿qué tanto debe empujarla para que deje atrás el lado racional y empiece actuar el instinto de supervivencia? Son tantas curiosidades las que le asaltan en ese momento y tan poco el tiempo que tiene para decidir como resolver cada una de ellas. —No voy a golpearte de vuelta, ni voy a castigarte por ello… ahora. No puede evitar el escalofrío que la recorre ante la amenaza, se siente más como una premonición, una que desea con todo su ser que suceda pronto. Y así, sin darse cuenta, ha vuelto a caer en los juegos de Asher, que la arrastran hacia su centro como un imán poderoso. La diferencia, lo que lo vuelve todo más peligroso, es que no es consciente de como la va atrayendo, la manera en que la envuelve, volviéndola parte de sí, convenciéndola de que no hay nada que pueda hacer para escapar. Es confuso. No quiere migajas, o más bien sabe que su vida será miserable si se conforma solo con eso, pero en el momento lo poco que Asher ofrece, le parece tan tentador, perfecto, enorme, que no puede resistirse. No lo hace cuando Asher se acerca, tampoco cuando la toma del pelo ni mucho menos cuando pega sus caras. Sus narices se tocan, puede sentir el aliento caliente de él, su perfume elegante mezclándose con el sudor, siente la energía eléctrica de su cuerpo y no hay nada más que desea que la descargue en ella. Desea tanto que la bese, porque es la única vez que se permitiría disfrutarlo, porque no lo detendría y tendría la valentía ella de dejar que las cosas fluyeran. —Pero ni se te ocurra volver a levantarme la mano, jamás te devolvería el golpe, pero desearías que lo hiciera. Asiente, quiere pensar que es para decirle que comprende, pero en realidad es una afirmación a lo último. Le gusta la manera en que Asher la sujeta desde su cabello con fuerza y se pregunta que más pueden hacer esas manos, dónde más pueden causar dolor. Lo descubre cuando pone las manos sobre su cuello, presionando los costados hasta que se siente mareada. Le gusta. Le gusta estar rendida a su voluntad, sentir el dolor y ser consciente de que Asher se está conteniendo, que podría hacerle mucho más daño, se siente como si se preocupara por ella. Cierra los ojos, su cuello cae hacia atrás, rindiéndose a su control y dandole espacio para que haga lo que quiera con ella. Una mano sube a su antebrazo y se mantiene ahí, sin saber si empujarlo o pedirle que se acerque. Se entrega por completo a Asher y disfruta de la sensación. —¿Eres mía? Humedece sus labios e intenta capturar algo de aire. —Sí— jadea sin siquiera pensarlo. —Eso pensé. Se aparta de golpe. El cuerpo de ella se va hacia atrás buscando equilibrio y de su garganta brota un quejido, si no lo retiene es porque está más enfocada en no caerse y en tratar de entender que ha sucedido. ¿Por qué Asher se ha alejado tan de repente? ¿Por qué no la besó? Endereza la espalda y levanta el rostro, todavía embobada con su presencia y sus actuares que la encantan y confunden al mismo tiempo. Va a reclamarle, pedirle explicaciones, está decidida a hacerlo y hubiera sido así de no ser por el par de pisadas masculinas que retumban por el pasillo. Si las escucha tan fuerte es porque están al lado de ellas. Lex acompañado de dos hombres más se detienen frente a ellos. Tiene un ojo morado, el labio y la ceja partidos además de otros cortes y debe decir que el look de chico malo vapuleado no le queda ni un poco bien, con la cara hinchada y los ojos rojos parece un perro rabioso, pero Eve prefiere no comentarlo. —Eres patética. Lex escupe las palabras al tiempo que se hace espacio en el pasillo para avanzar, llevándola a pasar con uno de sus hombros. Es apropósito, lo sabe pues no pide disculpas y porque de otra manera no habría logrado botarla al suelo. Se levanta a tropezones y movimientos cortos. Recoge su mochila y la de Lex, que había agarrado para llevársela, con la que ya no sabe muy bien que hacer. Mira su espalda, los hombros tensos, la ligera inclinación al andar, incluso sin verle la cara sabe que está molesto, se lo ha dejado claro con el insulto también, pero no puede enojarse con él cuando sabe que tiene razón. Mira a Asher con su estúpida sonrisa satisfecha y se da cuenta que una vez más ha caído en su juego. Desearía haberlo golpeado más fuerte, pero sabe que en realidad eso la haría sentir peor, lo único que puede hacer en ese momento es agarrar sus cosas y huir. Sin mirar atrás, sin pensar en lo humillante que es que Lex la haya escuchado entregarse de esa forma a Asher, sin contemplar la facilidad con que lo hizo. Escapa de todos los miedos y preocupaciones y se centra en lo que sí puede controlar. La comida, el ejercicio, su cuerpo. Las notas, estudiar; como la ve la gente. Sus defectos los mete todos en una caja y los esconde donde nadie puede verlos, tan profundo en su ser que ni siquiera de lejos pueden distinguirse. Ojalá pudiera olvidarse ella de que están ahí, pero no logra acallar la voz odiosa en su cabeza que tan solo la machaca.
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