—Evette, llevas tres canapés ya, no comas tanto.
—Eve, calla, nadie quiere escucharte hablar de eso.
Lo dijo su hermana con una palmadita en el hombro, sonriéndole a sus amigas. El comentario no era la gran cosa, había escuchado otros peores, lo que le molesto fue la falsedad, el intento de su hermana de parecer cariñosa y preocupada, como si fuera posible decir educadamente “cierra la boca”.
—No bebas tanta champaña, se te va a ir a las piernas.
Su madre le arrancó la copa de las manos y con ella se llevó la única posibilidad que tenía para ignorar los comentarios hirientes de la tarde. Si tanto temía que engordará por culpa del alcohol a lo mejor debería dejar de decirle lo gorda que está.
Para tratar de controlar la ansiedad que le subía por la garganta se acercó a un grupo de adultos. Al lado de ellos se ve como una igual, con su vestido de coctel modesto, el pelo perfectamente peinado, impoluta. Los hombres y mujeres que la rodean son iguales y hablan de temas que ella conoce, en los que sabe como desenvolverse. Las vacaciones en París, las cuentas bancarias con mucho dinero y las pocas ideas para ocuparlo o al contrario las ociosas ocurrencias para gastarlo. El último festival de música, qué auto le regalaron para su cumpleaños y otras tantas otras cosas insignificantes que en su vida lo son todo. Por eso también, Evette encuentra tanto placer en tener la vida de una joven adinerada, le da una posición que ocupar sin que se tenga que preocupar por ella. El papel se lo han dado y ella simplemente lo actúa.
¿Es superficial? Sí, pero, ¿le agrada a todo el mundo?, también, así que no pueden decirle nada. Ser una niña tonta con dinero de papi y al mismo tiempo lo suficientemente humilde e inteligente para no ser insoportable es un equilibrio que le otorga solamente seguir el papel que le han entregado. Actuar, cumplir con su rol, ser la pequeña niña perfecta. Excepto porque no lo es. Es un par de centímetros más alta y otros muchos más gorda, partiendo por ahí. Puede que tenga buenas notas pero sabe que eso no la hace inteligente y las criticas a sus decisiones se lo recuerdan todo el tiempo.
Lo que hace cuando es consciente de lo imperfecta que es actuar mejor, esforzarse más en fingir, y eso, debe reconocerlo, se le da de maravilla.
—¿Cuándo vas a dejar de engañar a la gente con tu sonrisa plásticas?
—Mierda.
Jadea, se pone una mano en el corazón, bota la copa. Todo eso debe suceder más o menos al mismo tiempo, su propia reacción la abruma y le impide notar lo que ocurre a su alrededor.
—¿Crees que no me conozco tus sonrisitas falsas? ¿Crees que no sé que intentas ponerme celoso con Edu?
Con el corazón todavía palpitándole a máxima velocidad y la champaña chorreando por su muñeca no puede pensar en nada. Apenas está comenzando a procesar la presencia de Asher; los zapatos de cuero tocando la punta de sus tacos, la mano apoyada contra la pared a la altura de su cabeza, el rostro de él a milímetros del suyo.
—A-Asher— le tiemblan los labios porque está segura de que al moverlos han rosado los de él.
—Conmigo no vas a jugar, preciosa, así que si pretendías sacarme celos no va a funcionar.
—No— inhala bruscamente cuando sus bocas se tocan, está vez muy claro.
—¿No qué?
—Yo… Dijo, tú, no— sacude la cabeza —. Edu no…
—No intentes negarlo— la interrumpe de nuevo.
No sabe si rendirse o enfrentarse a él de la misma manera que la semana anterior. Le gustaría tener una opción, porque lo cierto es que la ha tomado muy desprevenida y no en el mejor momento como para defenderse. Está extraña, algo ligera y mareada, sensación que se intensifica con el olor Asher tan encima de ella. Las manos le cosquillean, los labios igual, ambos sufren la carencia de tacto y ese es el verdadero peligro. Necesita apartarse de Asher pronto, antes de que haga algo estúpido o peor, que aparezca alguien y los pille en aquella posición comprometedora.
—No estoy intentando darte celos, solo estoy ebria.
Logra decirlo de corrido y sin interrupciones, se debe a que no pensó ni un poco en lo que debía decir. Lo único que quiere es quitarse a Asher antes de que le gane la tentación he intente hacer algo estúpido. Darle una explicación sincera, no tan difícil de creer, le parece la mejor solución incluso si lastima un poco su dignidad.
Asher se aparta tan solo para tomarla de las mejillas y acercar sus caras, evaluando cada mínimo detalle; los ojos enrojecidos y brillantes, el aliento a alcohol junto con el dulzor de frutilla. Le siente las mejillas calientes y al aplastarla acorralarla contra la pared se da cuenta de que su equilibrio está alterado. La estabiliza sujetándola de la cintura, la otra mano la pone en su cuello, sobre el pulso agitado de su yugular. Eve traga lentamente, su garganta se mueve y algo en Asher despierta al darse cuenta de lo delicada que es, de lo fácil que podría ahorcarla. Pero no quiere hacerle daño, al menos no de esa manera. Lo que hace en cambio es ladear su cabeza, dejando al descubierto la piel tersa y en la conjunción entre sus hombros y el cuello, la muerde.
Evette se queja, él clava los dientes más profundo en su piel, saboreando el amargor del perfume y embriagándose con el aroma al mismo tiempo. Le gusta la manera en que se retuerce de bajo de él y como sus manos intentan apartarlo.
Ella se odia a sí misma siendo consciente de que no está usando toda su fuerza y que bajo el dolor pulsa débilmente el placer. Odia el temblor que se extiende por su cuerpo y el jadeo que sale de ella cuando la punción de los dientes es remplazada la lengua caliente de Asher. Su cabeza cae hacia atrás, lujuria se extiende por su cuerpo y ocasiona un bochorno que le deja las mejillas rubicundas y los muslos húmedos. Sus dedos se hunden en los músculos del hombre, está vez no para alejarlo sino para hacer todo lo contrario. Asher la aplasta contra la pared, le deja sentir su erección entre las piernas y deja que la mano en su cintura resbale a su cadera. Nunca en su vida se había sentido tan bien. Nunca en su vida había sentido tanto.
Aquello la deja estática, pasmada ante la realización de lo deprimente que ha sido su vida y el poder que Asher tiene sobre ella. La sorpresa y el miedo le aprietan el corazón, y acompañados del distanciamiento de Asher, lágrimas invaden sus ojos, pero antes de ceder al pánico, Asher la salva. Presiona la zona marcada con el pulgar, acariciando la piel con admiración, adoración hacia la marca que ha deja en su ya no impoluta piel. Le gusta más así: alterada, herida, real.
Consciente del estado en que se encuentra ella, mueve su cabeza al lado contrario y ataca su cuello, esta vez con lamidas y succiones evitando el filo de sus dientes. Su cuerpo se relaja, las manos femeninas bajan a su espalda y presionan con las uñas alargadas. Eve se estira, poniéndose de puntillas e intentando apegar sus cuerpos un poco más, pero en sus tacos es difícil mantener la posición y las piernas se le cansan pronto. Se reacomoda, la boca de Asher termina en su mentón, pero se mueven rápidamente hacia el lóbulo de su oreja en donde mordisquea con suavidad la piel sensible. La lujuria enciende su cuerpo y le recuerda que están demasiado lejos, que necesita un poco más y así vuelve a ponerse de puntas, cuando va a perder el equilibrio por segunda vez, Asher encuentra la solución para evitar que se caiga y acercarlos, aunque sea mínimamente. Pone las manos en su trasero y de ahí la empuja hacia arriba. Eve se aferra a sus hombros y suelta un chillido agudo.
—Bájame— demanda.