Diecisiete

1568 Palabras
—Tú te vienes conmigo. Va a protestar, pero antes de abrir la boca se da cuenta de que no tiene ganas de hacerlo. Sí, se había propuesto no dejarse mangonear por Asher, estaba harta de que la pasara a llevar, pero se dio cuenta de que es más fácil seguirle la corriente que discutir con él. Las peleas son sumamente agotadoras y sacan lo peor de ella, probablemente la principal razón por lo que sigue a Asher sin chistar. Le asustan sus reacciones, la falta de control, lo libre que se siente durante sus interacciones; pero no puede con las consecuencias de sus palabras y acciones. La cachetada que le dio fue liberadora, la culpa después de ella fue enloquecedora. Besarlo ebria le hizo sentir cosas que pensó que ni siquiera existían, pero las consecuencias de eso fueron devastadoras, se lo demuestra el hecho de que sigue soñando con la presión de sus labios sobre ella y que fantasea constantemente con volver a sentirlos, al mismo tiempo, no deja de pensar en las marcas sobre el cuello de la chica. Evette no es especial, lo sabe y lucha todos los días por aceptarlo. Curiosamente se le ha hecho mucho más fácil después de su encuentro con Asher, quizá porque le recordó que está allí solo para ser utilizada, para que la gente tome de ella lo que quiera sin pensar en como eso le afecta. Puede que también por eso siga a Asher casi voluntariamente. Camina detrás de él, deteniéndose un momento para mirar a Kora por sobre su hombro tan solo para darse cuenta de que ya no le está prestando atención, sino conversando con Will. Le duele el pecho y para aliviarse exhala por la boca con lentitud. Asher le dedica una mirada breve y después continua con su camino. Se detienen cuando llegan a la cocina. Él saca una cerveza, Eve estira el brazo. Roza la botella helada, pero no alcanza a tomarla porque Asher la deja fuera de su alcance dando media vuelta para buscar un destapador y abrirla. No le ofrece una a ella y la mira mal cuando Eve se decide por un destilado en vez de la suavidad de la cerveza. —No vas a beber eso— la mira desde arriba con severidad. Eve resopla y devuelve la botella al mesón, pero cuando Asher se voltea y anda hacia su grupo de amigos, ella agarra el vodka, le da un buen trago. Al beber estira el cuello y en esa nueva posición se percata de que tiene un testigo, lo que no le preocupa porque es Oli. Se detiene para cambiar su rumbo hacia ella, pero su amiga rompe el contacto visual. Levanta las manos y las agita en el aire, así Eve se da cuenta de que está bailando con alguien. Toma una cantidad generosa, sintiéndose poco importante al mismo tiempo que enojada con sí misma, por ser tan egocéntrica como para querer que su mejor amiga abandone al hombre y la diversión para acompañarla. Aquel sentimiento amargo la impulsa a arriesgarse a llevarse el vodka consigo, dandole sorbos largos sabiendo que una vez que Asher la vea acabará con su diversión. Y tiene razón. Se gira con la mano estirada, como si supiera que Eve le ha desobedecido y le quita la botella antes de que ella pueda siquiera pensar en defenderse. Asher la mira de arriba hacia abajo, frunce los labios, pero no le dice nada. Cuando sigue caminando ella se mueve detrás de él tratando de mantener sus pasos derechos y estables, aunque no está muy segura de si lo logra o no, lo único que sabe es que encuentra alivio en el soporte de la pared y que le es fácil sonreír mientras conversa con el hombre a su lado. No tiene ni idea de porque Asher le ha pedido que la acompañe cuando no le habla en ningún momento durante toda la noche, aunque eso no significa que ella quede aislada. —Sii— sonríe entusiasmada —, me encantan las pastas, de hecho conozco un muy buen lugar. —¿No es la Trattoria en el centro, cierto? —No, Dios. La comida de ahí es horrible, no sé porque no han cerrado ese lugar. —Dicen que el dueño es un mafioso. Eve jadea y se cubre la boca con la mano. —¿De verdad? No tenía ni idea—. Se inclina sobre él, sus ojos brillando con interés —, ¿tú crees que sea cierto? El chico, de quien se hizo amiga hace dos minutos, se encoge de hombros. No sabe su nombre, tan solo que es muy simpático y que comparten un amor intenso por las pastas y la natación. —Yo digo que sí— interviene otra voz masculina —, es la única manera de que ese local siga abierto. —Sí, yo una vez vi un ratón corriendo entre las mesas. Eve hace una mueca de asco. El hombre que dijo eso último, a quien tampoco conoce, suelta una carcajada, la cual tiene un timbre particular que la hace contagiosa. Eve termina riéndose junto a él y luego de una profunda exhalación para calmarse, se percata de que no ha sido una mala idea seguir a Asher. La está pasando de maravilla con sus amigos o su grupo social. No tiene ni idea de donde han salido esos hombres, excepto los que pertenecen al equipo de futbol, pero son todos muy simpáticos y atentos, de hecho no la dejan estar con el vaso vacío nunca. Eve lo agradece, pero también sabe que es peligroso emborracharse en un grupo de hombres, así que se escapa para ir a buscar un vaso de agua. Asher ni lo nota y si lo hace no dice nada. Entorna los ojos ante sus acciones tan absurdas y confusas. No la deja tomar por su cuenta, pero no le molesta que le ofrezcan alcohol hombres con intensiones desconocidas. La obliga a acompañarlo, pero no le presta atención, no le habla, ni siquiera la mira. Supone que ella es igual de estúpida, porque cuando Asher la ignora se indigna, pero tener su atención tampoco la complace. Le dan ganas de pegarse cabezazos, pero incluso con las mejillas calientes y la lengua media dormida, sabe que no es una buena idea tener una crisis en un espacio publico, así que se sirve un vaso de agua y se apoya en el refrigerador. La alivia el frío metálico y la frescura del agua que se desliza rápidamente por su garganta hasta llegar a su estómago. Beber tan rápido le causa nauseas, pero necesita terminarse el vaso, ya para el segundo da sorbos cortos mientras observa a las personas a su alrededor, buscando a alguien a quien acercarse ahora que ha escapado de Asher. Tiene la suerte de que en ese momento Oli cruza la puerta en su dirección. —¡Hey!— Se endereza para ir hacia ella. —Ah, hola—. Le da una sonrisa a medias. —¿Qué estás tomando? Eve se humedece los labios e inclina el vaso en dirección hacia Oli. —Agua. —Ah—, chasquea la lengua —. Yo vengo por una cerveza. Agarra la botella, le da un movimiento de cabeza y se retira con un par de palabras que no hacen ni un sentido. Eve frunce el ceño, quiere ir detrás de ella a preguntarle qué sucede, pero la misma preocupación por haberla molestado es la que la mantiene en su lugar, no quiere hostigarla aun más. Termina de tomarse el agua, rellena el vaso y se ubica en una esquina de la casa, por fuera. Adentro, entre los que bailan y la multitud de personas, hace mucho calor y aunque es estúpido no quiere quitarse el poleron de Asher. Allí fuera es necesario tenerlo si no quiere agarrar una neumonía, además después de varios tragos ya no tiene el control de su cuerpo para entrar el estómago como le han enseñado y todos sus rollos quedarían expuestos en la camiseta ajustada. Mientras bebe agua, observa a su alrededor, notando a sus compañeros de curso; a los que son menores. La mayoría están ebrios y bailando, conversando o discutiendo sobre cosas tontas que solo le interesan a los borrachos. Eve podría acercárseles y pasar el tiempo con ellos hasta que se le baje el alcohol y pueda regresarse a su casa, pero por alguna razón no tiene ganas de hablar con nadie en ese momento. Le duelen los pies, así que busca un espacio entre los sillones de la terraza y se acomoda allí. Queriendo seguir en su soledad, saca el celular y se entretiene en él por un buen rato. En algún momento le da sueño. Cambia de posición para recostar la cabeza en los almohadones que tiene el sillón, cierra los ojos y esconde las manos dentro de las mangas inmensas del poleron. Se cubre la nariz también, para estar más abrigada, un error que le cuesta caro. El perfume adictivo de Asher la invade. Surge en ella una presión en su estómago que le parece peligrosa, pero no siente ganas de vomitar, es más bien nudo que le ruega por ir a buscar un par de brazos cálidos que la hagan sentir mejor. La tentación en tremenda, las ganas de rendirse y culpar al alcohol, aun peor.
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