Tras el intento de sabotaje del Imperio de Orodun, Silvantis se sumergió en una tensa calma. La ciudad funcionaba, pero el Árbol de la Fusión emitía un zumbido bajo, casi imperceptible, que Kaelen interpretaba como un lamento. El éter-vapor era eficiente, sí, pero seguía siendo una energía de fricción: una lucha constante entre la inmutabilidad elfa y el consumo humano. Kaelen sentía que la Ley de la Adaptación estaba estancada. Necesitaban algo más que un equilibrio de fuerzas; necesitaban una fuente que no dependiera de la extracción. En las profundidades de su taller, Kaelen se obsesionó con un objeto que su abuelo Elian le había dejado antes de morir: un pequeño guardapelo de madera noble que perteneció a la Reina Seraphina. Durante décadas, todos pensaron que era un simple recuerdo,

