Enseguida unos truenos resonaron en el cielo, tapando la luna y un ruido portentoso se acercaba por su derecha, empezó a llover a cantaros. Una tormenta huracanada.
—Creo que debería tomar el puesto en el consejo.—Exclamo algo pusilánime.
Luego Mau se levantó para buscar un lugar en donde escampar la fuerte tormenta, pero ya los goterones caían a chorros por su espalda llegando a meterse en su más profundo ser, era horrible sentir aquella sensación tan fría, camino unos metros hasta que encontró algunos árboles que tenían muchas escollas y daban un buen refugio para las tormentas, entonces decidió acampar allí, mientras que la lluvia caía a cantaros por todos los lados, esperaba que no se tardara mucho este temporal, tenía que cazar más y volver a reencontrarse con su grupo. Gracias al rio, ahora estaba desubicado y no conocía en donde estaba. En resumen; Acribillado por las avispas, mojado, adolorido, resignado y perdido. Una combinación perfecta para la locura.
—¡Helena sabes que no me gusta nadie!—Tras ver a Uki en aquel estado tan impoluto dejo de hacerle bromas pesadas y luego se acercó a la ventanilla del carruaje, la lluvia era más espesa que antes, tan espesa, que no se podía ver nada, ahora mismo solo podía distinguir dos cosas, una de ellas eran los constantes choques de látigo, emitido por el conductor a los caballos y los goterones que impactaban afuera de aquella carrosa.
—¿Cuánto falta para que entremos a la zona residencial del señor de las sombras?—Pregunto.
—Como dos horas.
—Entonces hagamos una parada en alguna posada para comer algo, tengo hambre. Los humanos tienen buena comida. Dile al conductor que donde haya una posada se detenga inmediatamente.
—Vale.
Uki valientemente fue a hablar con el conductor.
Detrás de ellas la guardia del castillo siempre la acompañaba, detestaba estar rodeada de tanta gente, siempre se cuidaba sola, acepto a Uki porque no era una guardiana ni protectora, solamente era una chica que podía pasar como su amiga, si es que se podía decir lo mismo de ella. Sin embargo detestaba que los demás, estuvieran cuidándola y encima de ella como si no se supiera proteger. Ya llevaba más de cincuenta años haciéndolo por cuenta propia, llegando a manejar la espada como ningún hombre lo hacía y también aprendiendo a usar casi todas las armas que estaban en la guarnición de soldados, desde los arcos hasta las ballestas sin faltar con los cuchillos. Su plan debía salir a la perfección, solo por algunas cosas, despistaría a los guardias en la taberna y saldría disparada al bosque, volaría un par de veces hasta coger un caballo y escapar por algunos cien años, hasta que a su padre se le pasara el enfado, no se preocuparía por Uki, ya que ella podía cuidarse sola en el castillo y para cuando regresara seguramente sería ella la condesa, estaba siempre convencida que llegaría a lo alto inmediatamente.
Poco tiempo después, el conductor paro el carro, y lo estaciono cerca de una estructura humana.
> se dijo a sí misma.
Llegaba la hora de escapar.
—Vamos rápido Helena no tenemos mucho tiempo…—Uki la cogió de un brazo y luego abrió un paraguas para no mojarse, Helena no le importaba mucho eso, ya que el bosque debía estar más húmedo que toda la lavandería del castillo, Helena echo un rápido vistazo a los hombres que la vigilaban desde la distancia, pero no serían rival para una chica decidida a escapar. Oculto los colmillos para que los humanos que estuvieran adentro no se asustaran y Uki solo se puso un gorrito para cubrir sus orejas.
Cuando entraron las miradas se posaron en ellas, una chica tan pálida como la luna y con ojos celestes, era la atracción favorita de los traficantes, y a su lado una hermosa chica de cabello verde, que pagarían su peso en oro si la llegasen a atrapar. Rápidamente fueron a la barra y pagaron por una cena para dos, Helena esperaba que Uki se separara un poco de sí misma para poder tomar algo de espacio, pero al contrario ahora parecía más convencida en cuidarla, tuvo que usar algunos de sus trucos para poder escapar.
—¡Voy al baño!—Dijo poniendo una cara de ansiedad para pasar la mentira.
—Si… voy contigo.
—¡No! Llamaríamos mucho la atención. Quédate aquí y pide comida estoy hambrienta.—Dejándose convencer por Helena, la elfa hizo todo lo que le pidió. Helena paso por entre hombres y aventureros que tomaban cerveza dentro de la hogareña taberna, hasta que llego al baño. Como no había nadie todo estaba perfecto. Rápidamente se quitó toda la ropa y la tiro por una ventanilla que estaba encima de la pared, una de las cualidades que tenían los vampiros era la de hacerse invisible y que nadie que no fuera de su r**a la pudiera ver, sin embargo si uno de los suyos la llegaba a ver, estaba perdida, tendría que tener cuidado y ser rápida. Salió del baño, viendo como todos ignoraban su estadía allí, inclusive Uki, luego se escabullo por el bar hasta llegar a la puerta trasera del lugar, las cocineras ayudaron a desvelar su ubicación y salió rápidamente a buscar su ropa. La lluvia afuera era fuerte y el viento asediaba constantemente las ventanas del lugar.
Helena fue rápidamente por su espada y la cogió, luego se vistió y dejo su invisibilidad, ahora se acercó a donde estaba el carruaje.
Voló unos metros hasta insertarse al bosque, el corazón le latía al máximo, en una emocionante aventura peligrosa y excitante. Los caballeros del castillo aguardaban en la carroza.
—¡Perfecto!—Musito, a cuclillas detrás de un tronco caído para que no la vieran.
Los caballos estaban agitados, entonces aprovecho, para usar un poco de sus poderes mágicos, tenía aquella maravillosa habilidad de la telequinesis. Rompió el estribo del caballo e hizo que todos se descontrolaran y corrieran a la libertad, los guardias intentaron controlarlos pero no pudieron y dejaron que algunos escaparan al bosque justamente por donde estaba Helena. Riendo a carcajadas contenidas en su pecho, Helena voló por una cuesta para capturar a uno, luego lo agarro de los estribos y cabalgo rio abajo. Era libre. El viento en su cara y la ropa mojada, pero era libre, no boda, no casamiento, no órdenes. Ahora era libre en la inmensidad de aquel bosque, libre de amoríos, libre de ocupaciones. O eso creía.
Mau maldijo por octava vez, al ver que la tormenta no mermaba, al contrario seguía en su punto. Y estando allí atascado no conseguía hacer nada más que pensar en cosas innecesarias. Cuando dejó de llover a cantaros y la brisa disipo la llovizna del cielo, Mau se propuso a hacer fuego para calentarse, pero primero se escabullo por la sombras rio abajo, pensando en que pudiera encontrar el camino a la montaña, si no el alba llegaría y no podría movilizarse con la misma agilidad que en la noche, los lobos tendían a correr mejor, ver mejor y oler mejor en las penumbras, el sol los debilitaba pero no le hacía más daño que ese. En el peor de los casos unas quemaduras por exponerse al sol, pero un bronceado, entre tantas pieles claras, no iban a quedar mal. Recuperándose poco a poco fue consiguiendo el calor, que perdió tras la lluvia fría, salto por una roca que estaba en medio del rio y se internó un poco por los matorrales adyacentes, viendo atentamente si podía encontrar madera, porque romper una rama de un árbol no le gustaba, luego las Druidas reclamarían, A Mau le gustaba conservar la paz entre todas las razas. Olfateo un poco para encontrar algo que comer, y hurgando por ahí, encontró arándanos que los saboreo con adulación.
También le gustaban los postres humanos, a diferencia de su manada en donde todos comían a cuatro patas y no solo comían.
Mau siguió recolectando arándanos hasta que observo algo interesante, estaba trasformado en su forma lobo, para ir en las penumbras. Desde la espesa capa de matorrales observo con su vista aguda, una cosa impresionante, era la primera vez que tenía un encuentro con alguien así… montada en un caballo y con una espada de plata, se abría paso, ella pareció que lo vio, Mau quiso atacar, pero en su aura no exudaba nada de maldad al contrario. Parecía que estaba asustada. Y también angustiada, ¿estaría perdida? Trato de acercarse más para contemplar el bello rostro delicado y regordete tras aquella capucha enorme que no le dejaba, pero hizo ruido con una rama que crujió quebrantando el silencio, ella inmediatamente se quitó la capucha y desde su cabello empuño su espada. Allí, Mau conoció el amor, la cara tan sensual y cautivadora, brillaba bajo la luz, aunque no brillaba más que el resplandor de sus ojos, reflejando un celeste intenso y muy claro, labios carnosos y con ansias de ser mordidos hasta quedar hinchados, morderlos como mordería aquel cuello que podía desear tanto, el dolor se dibujó en su cuerpo, ansiaba tener aquellas piernas redondas y cilíndricas entre las suyas, o encima de su pecho, eran perfectas. ¿Eso era un vampiro? ¿Eso mataba?, claro que mataba, pero del deseo, era una ninfa, parecía una diosa.
Sin hablar de aquellos pechos generoso que rebotaban con cada movimiento del caballo, y por dios que aquel potro no parara porque sería un sacrilegio.
¿Estaba perdida o qué?
Vestida con aquel vestido tan excepcional. Que dejaba la brecha de su pecho al descubierto, nunca antes Mau, había visto una chica tan excepcional, tan extraordinaria, tan bella, tan sexy. Claro quien no protegería algo, así, por eso los vampiros mataban a cualquiera que se acercara a sus doncellas.
Y es que había que estar loco para no cuidarlas.
Mau tomo algo de iniciativa, salto de donde estaba y se quedó parado en calma en la planicie cercana al rio, ella se sorprendió y casi caía del caballo.
Esto era malo, para los dos clanes. Mau quería conocer a la vampira, saber su nombre, rompió con la ley marcial de la mandad.
La única ley que no era perdonada.
Simpatizar con un vampiro.