―Profesor Cardosa, ¿podría dictar un poco más despacio, por favor? ―Domini, con el ceño fruncido por la concentración, ponía todo su empeño en "seguirle el ritmo" al veloz discurso. Cardosa tensó la mandíbula ante la petición. Sus ojos oscuros se clavaron en el chico por un breve instante, y aunque no dijo nada, en respuesta, su discurso se volvió más pausado, permitiendo a los estudiantes un pequeño respiro. ―Gracias ―susurró Domini, agradecida por la concesión del profesor. Debido a su astucia se pudieron relajar un poco, agradecidos por la intervención de Domini. Todos en el aula eran conscientes del ambiente denso y cargado de tensión que emanaba del profesor Cardosa, aunque entre ellos existía una notable excepción. Ana, con su mirada intensa, observaba al profesor Cardosa con una
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