En medio de la cafetería, Ana sentía el dedo anular pesado, como si en lugar de un anillo llevara una roca. Ese día el tema principal giraba en torno al desalmado profesor que Michelle había visto junto a una mujer y para colmo cargaba un tierno bebé de no más de un año. La cara entristecida de su amiga era lo importante, su meta era hacerla sentir mejor. Ella jugaba con sus dedos, en lo que Elena observaba atenta las expresiones de su amiga y Dayana golpeaba con la punta de sus tenis el suelo. ―No puedo creer que no me haya dado cuenta antes ―Michelle hundió el rostro en sus manos, su voz apenas audible―. Soy una tonta. Elena puso los ojos en blanco. Se aclaró la garganta, y se esforzó por utilizar las palabras correctas. ―Cariño ―comenzó mientras humedecía sus labios―. Ese sujeto n

