Ana barrió a Cardosa de arriba abajo, sin tacto alguno se limpió las lágrimas con el dorso de la mano. —¿No fue su intención? ¿Qué se supone que significa eso, profesor? —le cuestionó, embriagada por el enojo. Cardosa la miró sorprendido por su arrebato. —Señorita Leite, yo... —No, ahora me escucha usted a mí —lo interrumpió Ana, su voz temblando ligeramente—. Estoy harta de sus comentarios sarcásticos y sus insinuaciones. ¿Cree que no tengo suficiente ya? —Oye, cálmate… —Sus ojos veían de un lado al otro. —¡No me digas que me calme! —Ana alzó la voz, atrayendo algunas miradas curiosas de los estudiantes que pasaban. Bajando el tono, siseó—: Usted no tiene derecho a opinar sobre mi vida personal. No sabe nada de mí o de lo que he pasado. Cardosa dio un paso hacia ella, su rostro e

