—¡En marcha! —ordenó Camden. Eran las dos en punto, hora terrestre. Como programado, tenían que volver a ponerse en marcha. Siguieron en línea recta, adentrándose más y más en el bosque. El paisaje era muy uniforme. Árboles densos, a una distancia de pocos metros unos de otros, hojas en el suelo, algún arroyo de vez en cuando. Un aburrimiento total. No había nada nuevo en su trayecto. Sobre las seis llegaron a la orilla de un río o, mejor dicho, un torrente, vistas sus dimensiones. Tenía pocos metros de ancho, con un agua cristalina y un fondo blanco, como el del riachuelo que habían visto en las misiones anteriores a campo abierto. Tenían que coger muestras de él, naturalmente. Marlon llenó varios tubos de ensayo con agua, e incluso usó un kit de análisis específico para el perborato qu

