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1302 Palabras

—Es lindo, solo un poco revelador. Pasa. Cierro a mis espaldas, coloco el seguro y la sigo. Como suele, me recrimina que por qué tengo las cortinas cerradas. Sabe que odio la claridad de la mañana, los fuertes rayos del sol que torturan mi globo ocular. No le respondo, voy directo a la cocina. Sirvo dos tazas de café, después vuelvo con ella entregándole una de las tazas. Le ofrezco galletas, pero declina. —¿Irás así? —inquiere mirándome con cierto reproche. —Sí, ¿Por qué? —Ponte un vestido lindo, venga, tienes unos bastantes llamativos en el armario. —Elige por mí. Me da igual que ponerme. Pone mala cara, cruzada de brazos. —Oh, vamos. ¿Por qué esa actitud? Me obliga a mirarla. Y lo suelto todo. —Soñé con el abuelo, con esos tipos. —admito en un débil susurro. —Lo siento.

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