La mañana avanzaba en la capital y Jimena notaba cómo el dolor físico se atenuaba frente a su dañado orgullo. Tener esa sensación le resultaba inevitable dadas las consecuencias de los hechos, pero ahora tan solo le quedaba mirar hacia un nuevo día, donde todo su mundo volviera a la normalidad. Regresaría pronto a casa, se animaba a pensar, a su trabajo, a su rutina llena de distracciones y buenos amigos. Nada tenía por qué cambiar. Junto a ella yacía envuelta en el agotamiento y la preocupación, el pilar más firme e incondicional en su vida. La prueba viviente de la lucha y la supervivencia a un mal amor. Siempre estaría ahí para ella. Había visto su mirada colmada de lágrimas por demasiado tiempo soportando la incertidumbre y la angustia, ahora su mayor anhelo era verla recuperarse par

