*VALERIA*
La lucha apenas comenzaba, pero estaba decidida a no rendirme. Una noche, después de salir de la universidad, decidí tomar un camino diferente al habitual. Había un pan que mi abuela adoraba, un manjar un tanto costoso, pero que valía la pena por su sabor excepcional. La noche estaba oscura y las luces de la calle titilaban con una extraña intensidad. Mientras caminaba, un escalofrío recorrió mi espalda; algo en el aire parecía inquietante. Soy valiente, me sé defender, no debo temer, maldigo por no cargar un cuchillo en mi bolsa.
Fue entonces cuando escuché unos quejidos provenientes de un callejón sucio y sombrío. Mi instinto me empujó a seguir esos sonidos, como si una fuerza invisible me guiara. Al asomarme, mi corazón se detuvo por un instante. Allí, en el suelo, había un hombre bañado en sangre. Su rostro, marcado por una cicatriz prominente en la mejilla, me transmitía una mezcla de dolor y desesperación. Era evidente que había pasado por algo terrible, y a la vez, su presencia irradiaba un aura de peligro inminente.
Lo ayudé, impulsada por una compasión que no podía ignorar. Lo arrastré hacia la luz, intentando evaluar la situación. Sin embargo, cuando vi a sus amigos, comprendí que estaba metida en algo más grande de lo que había imaginado. Eran hombres de aspecto temible, con miradas que parecían penetrar en el alma, y su comportamiento indicaba que Riccardo era un hombre importante en un ámbito delictivo. En ese momento, me convertí en la niña inocente que había estado tratando de evitar ser.
Riccardo me miró con ojos llenos de gratitud y determinación. Me ofreció dinero como pago por mi ayuda, algo que al principio rechacé con firmeza, ya que los tipos como él no son santos de mi devoción. Mi orgullo me decía que ayudar a alguien no debía tener un precio, que la bondad era un acto desinteresado. Sin embargo, tras un breve instante de reflexión, recordé las dificultades que había enfrentado en los últimos meses. Aprendí que, a veces, el orgullo no te alimenta y que aceptar ayuda, aunque fuese en forma de dinero, no era un acto de debilidad. Agradecí su gesto, sintiendo un nudo en el estómago, y me alejé de allí con una mezcla de alivio y temor. Los vi marcharse y puso mi mano en el pecho, dando un suspiro de alivio.
Recordando que mi vida había cambiado drásticamente desde la muerte de mi padre. Él había sido un hombre de gran influencia, alguien que estaba involucrado en un mundo que yo apenas comenzaba a comprender. Antes de morir, me dejó mapas muy importantes, documentos que revelaban secretos que muchos desearían poseer. Mis tíos, ávidos de poder y despojados de la lealtad familiar, buscaban esos mapas con desesperación. Se sentían traicionados por mi falta de interés en seguir sus pasos, y aunque intentaban hacerme sentir como una ingrata renegada, sabía que mi realidad era diferente.
—Odio ese mundo y todo lo que conlleva.
Los líderes que antes apoyaban a mi padre ahora me miraban con desdén. A sus ojos, yo era solo una niña que no sabía lo que significaba el sacrificio. No se daban cuenta de lo que había aprendido, de la forma más dura que agradecer no siempre era suficiente; a veces, simplemente se trataba de sobrevivir. La vida me había enseñado que las apariencias engañan, y que el mundo en el que me encontraba era tan peligroso como fascinante.
Volviendo a mi realidad, la sombra de aquel encuentro con Riccardo continuaba acechándome. Aunque había logrado escapar de la situación, la sensación de haber cruzado una línea invisible no me abandonaba, espero que no lo vuelva a ver. La idea de que podía haberme involucrado en algo que no comprendía del todo, me inquietaba. Sabía que el dinero que acepté podría tener consecuencias, y que el vínculo que había creado, aunque momentáneo, podía arrastrarme a un mundo del que no podría escapar.
—Cariño, tu celular ha estado sonando. —estaba lavando una ropa.
—Voy… —nunca pensé que los problemas regresaran—. Aló.
—Por fin tomas la llamada, ven a la empresa.
—Ah, hola, tío, lástima, hoy no puedo. Además, me dijiste que no volviera ahí, estoy ocupada. Adiós.
Colgué sin dejarle decir nada, solamente cuando me necesitan es que me llaman. De seguro ya están teniendo dificultades con algunas rutas, ellos saben que mi padre me entrenó en los últimos años y me reveló cosas. Pero para su mala suerte siempre me niego a ayudar, son unos desgraciados.
Mientras tanto, mis tíos continuaban buscando los mapas. Me vigilaban continuamente, creyendo que los guiaría en cualquier momento, y cada vez que me cruzaba con ellos, podía sentir su frustración. Había decidido mantenerme alejada de sus intrigas y de la vida que mi padre había llevado. Sin embargo, la presión se intensificaba. La noche se convertía en un campo de batalla entre lo que ellos deseaban y lo que yo necesitaba.
Recorría las calles de la ciudad todas las mañanas para ir a trabajar, y buscando refugio en mis estudios, en mis amistades, y en los recuerdos del pasado. A veces me sentaba en el parque donde solía llevarme mi padre, y cerraba los ojos, recordando su risa y la forma en que hablaba sobre el mundo. Me enseñó a cuestionar, a desafiar lo establecido. Pero ahora, enfrentaba un dilema: ¿debería utilizar esos mapas, esos secretos, para hacer frente a mis tíos y a los hombres que se habían vuelto mis enemigos, o debería dejar todo atrás y vivir una vida tranquila?
Una noche, mientras reflexionaba sobre las decisiones que había tomado, decidí salir a caminar. Las estrellas brillaban en el cielo, como si estuvieran susurrando secretos antiguos, y el aire fresco me llenaba de energía. El murmullo de voces en la distancia, que había escuchado en ocasiones anteriores, volvió a llamar mi atención. Sigilosamente, me acerqué, sintiendo la adrenalina fluir por mis venas, y vi a un grupo de hombres reunidos en una esquina sombría. La tensión en el ambiente era palpable, como un hilo tenso a punto de romperse. No pude evitar recordar a Riccardo y lo que había significado para mí. ¿Sería posible que ese mundo me estuviera llamando de nuevo, con sus promesas de aventura y peligro? Imaginaciones mías.
De repente, una voz muy familiar me sacó de mis pensamientos. —Hola, muñeca.
Me di la vuelta, y allí estaba él, con esa sonrisa que siempre me había hecho sentir un torbellino de emociones. Con un aire de coquetería. Al parecer ya su herida no es un problema, qué bien por él.
—Tú, ¿qué haces aquí? —pregunté, con un tono que trataba de ocultar mi sorpresa y desagrado.
—Pasaba por el vecindario. ¡Qué suerte la mía encontrarme contigo aquí! —Su tono era ligero, pero había algo en su mirada que me hizo dudar. Poco creo en las casualidades.
—¡Valeria! ¿Cómo olvidaré ese nombre, mi salvadora? —su risa resonó en el aire, pero a mí me sonó como una llamada de atención, un eco de lo que había sido.
—No fue nada. Nos vemos. —estaba por dar la vuelta y alejarme, pero antes de que pudiera hacerlo, sus manos rodearon mi cintura, y un escalofrío recorrió mi cuerpo. Mi piel se erizó de inmediato por la sorpresa y la tensión.
—Suéltame, ¿qué demonios haces?—dije con firmeza, aunque mi voz temblaba ligeramente.
—Tranquila, no voy a hacer nada que tú no quieras. —su tono era provocador, y esa chispa de malicia en su voz y gestos me hizo dudar. Así que me estás probando. ¡Maldita sea!
—Soy una chica decente. Suéltame antes de que pida ayuda. —mis palabras resonaron en la oscuridad, pero en el fondo sabía que no había más que un juego entre nosotros.