El destino era el imponente edificio de la agencia de seguridad Hermes, encabezada por el CEO Horus. En su interior, los preparativos estaban casi completos. Horus había ordenado que el auditorio principal se reacondicionara para recibir a la princesa árabe. Mandó colocar estandartes sobrios, de fondo neutro, sin escudos que distrajeran. El espacio fue perfumado con incienso ligero, y las luces fueron ajustadas para crear una atmósfera solemne. Todos los agentes disponibles estaban ya vestidos con su uniforme formal: pantalones de fajina, camisa azul oscuro con insignias, correas cruzadas sobre el pecho y botas negras perfectamente lustradas. Se alineaban en filas precisas, hombro con hombro, en actitud de descanso, pero con la columna erguida y la mirada al frente. Incluso las unidades c

