Hafsa estaba sentada en la cama con la espalda erguida. Apretaba las sábanas con fuerza, debido a la adrenalina y el temor que hacía que su cuero experimentara un estado frenético. Su rostro, aunque oculto tras el velo, su mirada verde reflejaba la incertidumbre que la carcomía por dentro. Ellas se tensaron por su temor. Sus corazones latieron con fuerza. No sabían si era uno de los asesinos o aquel hombre que había combatido para protegerlas. Un leve golpeteo en la puerta las hizo contener la respiración. Dos toques rápidos. Ambas se miraron. Luego, uno lento. Dos más rápidos. Y, por último, dos lentos. Amal tragó saliva. Miró a su señora en busca de una respuesta. Hafsa, sin pronunciar palabra, levantó un brazo e hizo un leve gesto con la mano, indicándole que abriera. Amal se acercó

