MARISOL Pasa un largo momento en el que estoy sola en el banco. La fuente tintinea, el agua cae con un sonido claro, como campanas. Aquí afuera hay paz. Recuerdo a mi padre diciendo que la construyó para pasear con mi madre, antes de que ella le dijera que no le gustaban mucho los jardines. Especialmente los jardines en Brasil. Suena un crujido suave de grava y Andrei se sienta conmigo. No decimos nada. No sé qué decir. Estoy nerviosa, pero no como estaba nerviosa con Dino. Aquí estoy nerviosa, sin más. Estoy jugando un juego cuyas reglas no conozco. Y no sé cómo ganar. —¿Por qué me estás protegiendo? —consigo decir por fin. Andrei se mueve a mi lado. —Tengo que hacerlo. —No así —aclaro. Suelta un pequeño resuello. —No. No así. —Entonces, ¿por qué? Abre la boca. La cierra. La

