DINO Dentro de la casa, no pruebo nada. Tampoco lo hacen los otros cinco hombres a mi alrededor. Hay platos frente a nosotros, claro. Pero ninguno es lo bastante idiota como para comer la comida que Benicio Souza nos ha puesto delante. No esta noche. Además, mis ojos no se han apartado de Marisol. Ni una sola puta vez. No puedo, para empezar. Está jodidamente deslumbrante. Se siente como una farsa barata que la haya obligado a vestirse con ese vestido largo y brillante. Parece que va a los malditos Óscar, no que está en medio de la selva, en la casa de un narcotraficante y matón conocido en todo el mundo. Su cabello largo y oscuro cae sobre su hombro como una ola cálida. Sus ojos son enormes, el maquillaje resalta su suavidad. Entre eso y sus rasgos delicados, parece una especie de

