~ Claudia y Leroy III ~
Una vez más había perdido la conciencia, me había desmayado. La diferencia es que en el desmayo anterior, la visión de Andrés y Ximena cogiendo, había sido solo una especie de sueño provocado por la misma pérdida de conciencia. Pero esta vez no, esta vez era real, no había cambiado nada, el primer impacto, la primera visión, había sido la única realidad. Dentro de la caja había una mano con un reloj, e indudablemente para mi desgracia, ambas pertenecían a Leroy.
Inmediatamente llevamos la caja a la policía, estos quedaron tan sorprendidos cómo nosotros, y me miraron como queriéndome decir que ellos no sabían que estas cosas podían pasar.
Eran unos inútiles, y se los grité en la cara:
- ¡NO SON MAS QUE UNA BANDA DE IDIOTAS Y PAYASOS! -
Terminaron encerrándome esa noche por insultarlos, tratarlos de lo que son, decirles la puta verdad en su rostro.
¡Vaya qué insulto!
~ Adriana ~
¿POR QUÉ CARAJOS LA ENCIERRAN?
¿Acaso no se dan cuenta que es la mano de su pareja la que está en la caja?
¿O es que acaso mintió cuando les dijo en su puta cara lo que les dijo?
No paraba de gritarles a estos puercos.
- ¡Sí no se calla, señora. La encerramos también! - Dijo uno de los policías que estaban ahí.
No me quedó otra opción, tuve que callar. O de lo contrario no podría hacer nada para tratar de encontrar a Leroy con vida.
Lo peor de todo es que no había más pistas de dónde podía estar, ni menos de quién era el puto asesino.
En la delegación nos dijeron que "Nos calmáramos, que confiáramos en ellos".
Ahí mismo terminé mandándolos a la mierda.
- ¿Cómo carajos vamos a confiar en ustedes, si son unos perfectos idiotas?
¡Váyanse a la mierda, animales!
Las cosas las haremos nosotros. - Les grité.
Pablo me tomó del brazo y me sacó de la delegación, o terminaban encerrándome a mí también.
Camino a casa de Claudia empezaron a surgir más cuestionamientos:
¿Qué estaba pasando con nosotros?
¿Qué mierda habíamos hecho para merecer morir así?
Y lo peor de todo es que en algún momento me iba a tocar a mí estar entre las manos del asesino...
- ¿Será qué el asesino es Mario? - Pregunté.
Pablo sólo me miró con su típica cara de nada.
- ¿Otra vez andas drogado, Pablo?
¿De dónde mierda sacas tanto dinero, para comprar 'merca' todos los días?
¡De verdad, te pasas! -
Me miró una vez más e intentó sonreír.
Por fin llegamos a casa de Claudia y Leroy.
Cuando llegamos a la entrada había una caja más, pero era más grande que la anterior, y por la cara de Pablo, también era mucho más pesada.
Casi me desmayo de la impresión, ya sabíamos que dentro de la caja, había alguna parte cercenada del cuerpo de nuestro querido amigo, Leroy.
Pablo la tomó, abrí la puerta, la dejó sobre la mesa, y ambos nos sentamos frente a ella.
No queríamos abrirla, pero teníamos que hacerlo, la vida de Leroy (Eso sí es que aun estaba con vida) Dependía de ello.
Por fin sacamos fuerzas y abrimos la caja, todo ocurrió en cámara lenta, mis sollozos parece que hacían eco y retumbaban por toda la casa.
Pablo, parecía cómo si tuviera Parkinson, sus manos no paraban de temblar, y no solo por la situación, también la maldita droga lo tenía así.
Había otra nota en el interior, en esta decía:
"La primer pista hablaba del tiempo, y realmente lo perdieron al ir a la delegación, que esta vez quede sobre sus conciencias".
Lo que vimos nos dejó traumados, solo largué a llorar, dentro de ella se encontraba la cabeza cercenada de nuestro querido amigo Leroy.
Está vez, todo fue silencio.
Nos quedamos completamente destruidos, nos echamos a llorar en el sofá.
Hasta Pablo que andaba duro como piedra, por el efecto de la "Cocaína" soltó unas lágrimas.
No podíamos hacer nada más que llamar a la policía.
¿Cómo le diríamos a Claudia?
¿Cómo decirle a una persona, que la cabeza cercenada de su futuro esposo, llegó en una caja? Y qué para más cagarla, nos culpaban a nosotros mismos del horrible crimen.
Llamamos a la delegación, y le pedimos encarecidamente al que contestó, que por favor no le dijeran nada a Claudia.
Sólo nos quedaba esperar que llegara la policía por la caja y nos llevaran a tomar declaraciones, porqué era lo único que sabían hacer bien estos bastardos inútiles.
Y he aquí lo más curioso, con todo esto que estaba pasando, de improviso me subió una calentura que jamás sentí, es cómo sí el morbo de un crimen, y la sangre, provocaran en mí unas inaguantables ganas de ser cogida brutalmente.
Lo peor de todo es que a Pablo, con la droga, no se le iba a parar ni de broma. Y a aquel con el que también cogía, lo íbamos a enterrar mañana. !Qué cagada de vida! Y qué ironía, yo quería que me la enterraran a mí...
En ese momento sonó el timbre, con Pablo nos quedamos mirando a los ojos con cierto temor, aún sabiendo que probablemente, era la policía. Me levanté a abrir la puerta, y para sorpresa mía y también un poco de suerte, era Mario.
Lo saludé de beso en la boca, Mario me miró, y notó inmediatamente mis negras intenciones.
- ¿Qué haces aquí? - Le pregunté con una leve sonrisa pícara, dibujada en mi rostro.
- ¡Pablo me avisó de lo ocurrido! Pobre de Leroy - Dijo.
Luego fue hacia el sofá, se sentó, saludó a Pablo. De inmediato metió la mano en su bolsillo, y le entregó una pequeña bolsa con polvo blanco adentro, qué evidentemente era coca.
Luego le dijo que última vez que le pedía un favor así.
Pablo lo miró con una cara de felicidad que jamás le había visto, cómo cuando le das un dulce a un niño, y en ese mismo instante se levantó, y salió casi corriendo al baño.
- ¿Y tú qué? - Preguntó Mario.
Lo miré y me abalancé sobre él, me senté como pude en sus piernas, y comenzamos a besarnos. Mario inmediatamente me desnudó hacia arriba, mordisqueó mis pezones y comenzó a lamer mis ardientes senos. Yo me desnudé entera, luego me arrodillé, comencé a desabrochar su pantalón y le di una mamada que jamás olvidaría.
Luego me volví a sentar sobre él, y comencé a moverme como desesperada, le daba brutales sentones, mientras él alternaba ávidamente ente mis tetas y cuello.
En ese exquisito encuentro s****l estábamos, cuando para nuestra desgracia sonó la puerta.
- ¡Puta madre, justo ahora! - por lo inoportunos, debía ser la policía, dije entre gemidos.
- ¡YO ABRO! - Gritó Pablo.
- ¡Pero al menos cúbranse con algo, calientes de mierda! - Replicó.
Bajó cómo pudo a ojos cerrados, nos lanzó una manta, luego con una extraña mueca, sonrió y dijo:
- ¡Se pasan de calientes!
Ah, y yo sí te podría haber cogido, Adriana.
Cómo en los viejos tiempos. -
Los tres sonreímos, luego Pablo se fue hasta la puerta, la abrió, y lo último que oí fue un ruido ensordecedor...