(Punto de vista de Ashley) El elevador se cerró con un susurro metálico y, con él, cualquier posibilidad de escapar. El aire se volvió denso, cargado, casi sólido, como si las paredes mismas supieran el pecado que estaba a punto de ocurrir. Alessandro estaba a un paso de mí, solo uno, pero ese maldito paso era un abismo lleno de fuego, deseo y condena. Podía sentirlo. Podía sentir el calor de su cuerpo irradiando contra el mío, rozando la fina tela de mi vestido como una promesa letal. Mi respiración se quebró. Intenté concentrarme en los números del panel luminoso, pero mi mente gritaba otra cosa: No lo mires. No lo mires. Lo miré. Y fue mi sentencia. Sus ojos grises estaban fijos en mí, oscuros, ardiendo, como si todo el Mediterráneo se hubiera concentrado en ellos para arrastrarme

