ALESSANDRO
El silencio era tan denso que por un momento pensé en romperlo con una tontería, pero lo único que salió fue una risa seca.
— A ver, papá, piénsalo bien —, dije, cruzando la pierna con descaro. No podía ser yo el siguiente en casarme— ¿Por qué no dejas que Enzo sea el sacrificado? Él sí nació para las portadas de sociedad y los compromisos aburridos. Además, creo que tiene una lista de novias oficiales más larga que mi expediente escolar. O mejor todavía, ¿qué tal Dante? Siempre está presumiendo que él es un verdadero hombre, el más inteligente, el más Von Adler de todos. Yo digo que le toca a él. Y si no, podemos sortearlo. Le ponemos los nombres en un sombrero y que el destino decida —. Sonreí de lado, esperando ver un atisbo de humor en su rostro.
Mi padre no se movió ni un milímetro. Los nudillos de sus manos, entrelazadas sobre el escritorio, estaban tan blancos como el mármol. Se limitó a levantar una ceja, como si mi sarcasmo fuera un mosquito que podía aplastar con una sola mirada.
— ¿Terminaste? —Preguntó, con la voz tan fría como el hielo del whisky que solía beber los domingos.
— No, pero si me das cinco minutos más, puedo escribirte una lista de razones por las que casarme con una Cole es la peor idea que has tenido desde la vez que te pusiste calcetines rojos para la gala de navidad —. Repliqué, forzando una sonrisa.
La mirada de mi padre se endureció aún más, si eso era posible. Se apoyó hacia adelante, la luz de la lámpara dándole sombras afiladas al rostro.
— Alessandro, esto no es una negociación. El compromiso con los Cole ya está cerrado. No voy a discutir ni a reconsiderar nada. Eres tú quien se va a casar con Melissa Cole, y punto. Al menos que quieras perder tu herencia.
Sentí cómo el corazón se me caía al estómago. Quise reírme otra vez, buscar un resquicio de compasión, pero solo encontré una pared de granito.
— ¿Y si le decimos a Kiara? —aventuré, fingiendo inocencia—. A lo mejor ella quiere casarse con Melissa, o preguntar si tiene algún hermano.
Por un instante, creí ver que la comisura de sus labios temblaba, pero enseguida su expresión volvió a ser la de siempre.
— Ya basta de payasadas, Alessandro. No tienes dieciocho años. El apellido Von Adler pesa más que tu humor. Es hora de que empieces a actuar como el hombre que se supone que eres.
Me enderecé en la silla, la broma evaporándose al sentir el filo en su tono.
— ¿Por qué yo? —Pregunté ahora en serio, la voz más baja— ¿Por qué no Enzo? ¿Por qué no Dante? Siempre he hecho lo que esperas, papá, pero esto. . . Esto no es justo.
— Porque eres tú mi hijo mayor. Y porque tal vez necesitas una sacudida en la vida y ver qué es lo que realmente vas a hacer de tu vida —. Contestó, eligiendo las palabras como quien mueve piezas en el ajedrez—. Sienta cabeza como el hombre que eres, y deja de estar perdiendo el tiempo en antros y bares, cuando lo que realmente necesitas es luchar por lo que quieres y llevar una vida digna. El trato con los Cole está cerrado.
— ¿Y si me niego? —Mi voz apenas era un susurro, pero cada sílaba estaba cargada de rabia contenida—. ¿Qué vas a hacer si me niego?
Mi padre sonrió, pero no era una sonrisa de triunfo. Era la de un general que ya ganó la batalla.
— Entonces lo perderías todo. El apellido, la herencia, tu lugar en esta familia. Y sabes bien que los Von Adler no se rebelan: cumplen su deber, siempre.
El silencio cayó entre nosotros, pesado como plomo. Vi mi reflejo distorsionado en la superficie del escritorio. La rabia, la resignación y una pizca de tristeza se mezclaban en mis entrañas.
— No la amo, padre —. Lo dije despacio, como si pronunciando esas palabras pudiera cambiar algo—. Ni siquiera la conozco bien. Nunca seré feliz así.
Él chasqueó la lengua, como si mi felicidad fuera el menor de los problemas en la lista.
— La felicidad es para los que pueden darse el lujo de ser egoístas. Tú no eres uno de ellos, Alessandro. Deja de actuar como un adolescente y entiende que esto es lo que nos toca a los que llevamos el apellido. La familia es lo único que importa. Y tu deber empieza ahora.
Cerré los ojos, inhalando profundo, sintiendo cómo la jaula invisible se cerraba un poco más. Me levanté sin decir nada, apoyando las manos en los reposabrazos para no temblar.
— ¿Algo más? —Pregunté, la voz ya vacía, el humor desterrado por completo.
— Solo que espero que a partir de hoy empieces a comportarte como el heredero que eres. La familia Cole llegará esta semana. Quiero verte listo. Nada de fiestas, nada de escándalos, y ni se te ocurra ponerme en ridículo delante de Melissa. Si lo haces, serás tú quien viva el resto de su vida lamentando la oportunidad que destruyó.
No respondí. Me di la vuelta y salí del despacho, cerrando la puerta con un poco más de fuerza de la necesaria. Caminé por el pasillo sintiendo que llevaba una armadura demasiado pesada, una que me aplastaba los hombros y el pecho. Por primera vez, deseé ser cualquier cosa menos un Von Adler.
Y por primera vez en años, no supe si podría obedecer.
***
ASHLEY
El día amaneció pálido y frío, incluso para ser verano. Me vestí en silencio, cada movimiento lento, como si estirara el tiempo a propósito, negándome a enfrentar lo inevitable. En el espejo, el vestido me sentaba perfecto, el cabello recogido y el maquillaje discreto, todo impecable. Por fuera era la esposa ejemplar, pero por dentro solo era una niña asustada queriendo quedarse en casa un poco más.
Bajé las escaleras arrastrando la maleta, el corazón en la garganta. Encontré a mamá sentada en el mismo lugar de siempre, junto a la ventana, mirando el jardín con esa tristeza calma que había aprendido a reconocer desde niña. Me acerqué despacio, esperando que esta vez sí me respondiera, aunque solo fuera con una palabra.
— Mamá, ya me voy —. Susurré, sentándome a su lado. Le tomé la mano entre las mías, la piel fría y fina como papel antiguo—. Por favor, prométeme que vas a comer algo hoy, ¿sí? Te voy a llamar en cuanto llegue.
Mamá solo me miró, los ojos acuosos pero lejanos, y me abrazó sin decir nada. Su abrazo era tibio y frágil, como una despedida demasiado larga. Cerré los ojos, respirando su olor a jabón de lavanda y a esa nostalgia vieja que solo tienen las madres. Quise decirle tantas cosas, pero sentí que las palabras se deshacían antes de llegar a la boca.
Nos separamos despacio. Ella me acarició la mejilla, pero enseguida volvió a perderse en su propio silencio con su típica tasa de té en las manos. Kristel apareció en la puerta, con un suéter enorme, las ojeras de alguien que apenas ha dormido pero la sonrisa de quien no quiere preocupar.
— ¿Lista? —Preguntó.
— Tan lista como se puede estar para regresar —. Sonreí, intentando disimular la angustia. Eché un vistazo alrededor, grabando en la memoria cada detalle de la casa, el olor del café, los cuadros torcidos, el eco de risas antiguas.
— ¿Y papá? —Pregunté, intentando sonar casual, aunque por dentro se me apretaba el pecho.
— Salió de viaje por trabajo ayer en la noche —. respondió Kristel, encogiéndose de hombros—. Dijo que iba a llamarte cuando pudiera, pero ya lo conoces.
Asentí, conteniendo el suspiro. Era típico de él desaparecer justo en los momentos importantes, como si la ausencia fuera una especie de legado familiar. Aunque esta vez lo entendía, pues había perdido unos días de trabajo por la boda de mi hermana Kim. Kristel se acercó y me abrazó fuerte, apretándome como cuando éramos niñas y creíamos que con abrazarnos podíamos arreglar el mundo.
— Prométeme que te vas a cuidar, Ash. No tardes en regresar, ¿sí? Mamá y yo te necesitamos. Han sido dos años sin verte, y no quiero que vuelva a pasar tanto tiempo.
Me mordí el labio, tragando las lágrimas.
— Te lo prometo. Haré lo necesario para que así sea. Y si algo pasa, me llamas, ¿de acuerdo? No importa la hora.
— Lo haré —. Sonrió Kristel, pero sus ojos decían todo lo que las palabras no podían.
Le di un último beso en la frente a mamá, me aferré unos segundos más al abrazo de mi hermana y salí de la casa, con la maleta tirando del brazo y el corazón apretado. Cada paso hacia la calle era una promesa: regresar, protegerlas, encontrar la manera de volver a casa algún día.
*
Regresar al lado de Edward era mi realidad. La ciudad que rodeaba la mansión era otra galaxia, lejana y ajena al mundo en el que quería estar. El chofer me estaba esperando al bajar del jet privado. Me subí al auto rodeada de los guardaespaldas con los que siempre tenía que moverme al menos dentro de la ciudad.
Me acomodé en el asiento trasero del auto y apreté las manos sobre mi bolsa, sintiendo el sudor enfriarse en las palmas mientras el paisaje pasaba fugaz a través de la ventanilla. Los edificios, los árboles, la gente con sus vidas sencillas y libres. Todo era una postal lejana, irreal. Mi reflejo en el cristal tenía los labios apretados, resecos de puro miedo y cansancio.
Sentía un nudo en el estómago desde que subí al coche en el aeropuerto. Los dos guardaespaldas iban en silencio; sólo el ronco rumor del motor y el sonido apagado de las notificaciones en el teléfono rompían la quietud forzada. Jake, el más joven de los dos, iba en el asiento delantero. Él era el único en quien confiaba, el único capaz de adivinar lo que de verdad sentía cuando todos los demás solo veían a la señora Smith, fría y perfecta.
Jake se giró apenas, lo justo para que Edward no pudiera notarlo después en las cámaras del auto.
— ¿Señora Smith, gusta un poco de agua? —Su voz era baja, amable, como la de un viejo amigo que sabe cuándo callar y cuándo ofrecerte un salvavidas.
Le sonreí agradecida, aunque los labios me temblaban.
— Gracias, Jake —. Susurré, tomando la botella que me alcanzó por encima del hombro.
El agua estaba fría y me calmó la boca seca, pero el temblor en las manos siguió ahí. Aferré la botella con fuerza, deseando que ese frío se colara hasta el pecho. Miré hacia la mansión que ya se veía en la distancia, blanca, imponente, rodeada de jardines perfectos y rejas negras. Jaula de oro.
Saqué el teléfono del bolso, sintiendo que el peso de ese aparato era el de todas las decisiones equivocadas que había tomado en la vida. Había varios mensajes sin leer. Solo con ver la cantidad supe que Edward estaba furioso.
Deslicé el dedo y fui leyendo uno por uno. Las palabras eran frías, tajantes, cortantes como siempre:
Edward: Ashley, te pedí que regresaras ayer.
Edward: No entiendo por qué decides desafiarme de esta manera.
Edward: Espero que tengas una buena explicación, porque esto no volverá a pasar.
Edward: Llegarás y hablaremos. No me hagas esperar.
Un escalofrío me recorrió la espalda. Sentí el ardor de la angustia en el estómago. Jake me miró de reojo a través del espejo retrovisor, como queriendo decirme que lo entendía sin decir una palabra. Me limpié las manos en el vestido, intentando que la dignidad no se me escapara antes de llegar. Apreté la botella de agua, como si pudiera aferrarme a ella para no desmoronarme.
El auto dobló la última esquina y, mientras los portones de la mansión se abrían, sentí que dejaba atrás no solo la ciudad, sino también mi libertad.
Los portones se cerraron tras de mí con ese estrépito metálico, seco y definitivo, como si el mundo exterior se desvaneciera y solo quedara esta prisión elegante. Sentí el sudor frío en las palmas y una punzada de náusea; aun así, forcé una sonrisa al mayordomo de la entrada, que solo bajó la cabeza sin atreverse a mirarme a los ojos.
Avancé sobre el mármol impecable del vestíbulo. El aire olía a cera recién pulida, a lirios blancos cortados esa mañana, pero también a encierro y miedo antiguo, ese aroma agrio que nunca se va por más perfumes que rocíen las mucamas.
El corazón me latía tan fuerte que temí que todos lo oyeran. Fingí que el bolso pesaba más de lo que realmente pesaba, solo para ocupar las manos, para no mostrar que me temblaban. No miré hacia los espejos dorados ni hacia el gran reloj antiguo; no quería ver el reflejo de la mujer asustada que, detrás de todo, era yo.
Entonces, la voz de Freddy rompió el silencio. Su tono era suave, afectuoso, casi un suspiro de bienvenida en medio de tanta frialdad.
— Hola, Ashley, qué bueno que llegas —. Dijo, caminando hacia mí con paso medido. Vestía impecable, como siempre, y me dedicó esa sonrisa comprensiva que se había convertido en nuestra señal secreta de que, al menos, alguien en esta casa me veía de verdad. Se acercó, y el roce de sus besos en mis mejillas me ancló a la realidad—. Edward ha estado furioso desde ayer.
Tomé aire, disimulando el temblor en la voz.
— Hola, Freddy. Lamento no haber podido llegar ayer, pero ya estoy de regreso. —Intenté sonreír, pero se quebró en el aire— ¿Él está aquí?
Freddy bajó la mirada. Por un instante, le vi la compasión pintada en los ojos, ese brillo triste de quien conoce demasiado bien el infierno de otros.
— No, pero ya le avisamos que estás de vuelta. Viene de camino de la oficina. Mejor deja tus cosas, toma algo de aire si puedes. . . —Se detuvo, como si supiera que el consejo era inútil.
Asentí, tragando en seco. El sabor metálico del miedo ya estaba en mi boca.
— Bien, solo voy a dejar mi equipaje en la habitación y. . . —Empecé a decir, buscando prolongar el momento, como si unos segundos más pudieran salvarme.
No terminé la frase. El estrépito de la puerta principal fue como un trueno. Los pasos resonaron en el mármol, apresurados, brutales, inconfundibles. Todo el aire del vestíbulo pareció detenerse; las flores, los cuadros, hasta la luz que entraba por los ventanales, tembló de miedo conmigo.
La voz de Edward llenó el espacio como una tempestad.
— A ti te quería ver. Maldita desvergonzada.
Me giré apenas para verlo, pero no tuve tiempo de prepararme. El golpe me sorprendió, seco y brutal, directo al pómulo. Todo se volvió lento: el ardor explotando bajo la piel, el zumbido en los oídos, el mareo. El suelo de mármol me recibió fría y dura golpeando mi cuerpo por la caída.
Intenté incorporarme, pero los dedos de Edward se enredaron en mi cabello, levantándome de un tirón cruel. El dolor era punzante, ciego, y me arrancó un gemido ahogado. Su aliento apestaba a alcohol y rabia, su cara tan cerca de la mía que vi el brillo maníaco en sus ojos.
— Tú y yo vamos a hablar para ver si de una vez por todas aprendes a ver quién manda aquí —. Escupió las palabras con la mandíbula apretada. Yo solo sentía dolor y por dentro suplicaba que esto parara.
Yo temblaba. Sentí cómo la sangre comenzaba a hinchar el pómulo, el calor de la piel herida ardiendo bajo la mejilla. Busqué a Freddy con la mirada, deseando que hiciera algo, que dijera algo, pero él se había quedado petrificado junto a la mesa, la impotencia pintada en el rostro.
— ¡No me pegues, por favor! —Grité suplicante con la dignidad hecha pedazos— ¡Edward, basta, por favor!
Otro golpe, aún más fuerte, me dobló sobre mí misma. Sentí el sabor a sangre, la boca hinchada, y las lágrimas se me escaparon sin permiso. El miedo se apoderó de todo; la súplica se volvió un sollozo animal. Las lágrimas comenzaron a salir desesperadas por crear un poco de compasión en ese esposo malvado.
— Por favor. . . Por favor. . . —Repetí, la voz deshaciéndose en el eco del vestíbulo, tan sola y vulnerable como nunca.
Caí de rodillas, el vestido hecho jirones sobre el mármol. Vi el borde de mi maleta, el polvo bajo la mesa, los zapatos de Freddy retrocediendo un paso, y supe que no tenía a dónde correr. Ni quién pudiera escucharme.
— Edward, para —. Escuché a Freddy—. La chica no ha visto a su familia en dos años.
Me quedé ahí en el suelo, esperando el siguiente golpe, sintiendo el corazón romperse, recordando el aroma a lavanda de mamá, la voz de mi hermana pidiéndome que regresara pronto. Quería salir de este infierno, uno en el que había aceptado vivir para salvar a mi hermana y al amor de mi vida.
Recibí un par de patadas más en las costillas, acompañados de una serie de insultos. Y en ese momento supe que, por mucho que lo deseara, la jaula en la que estaba era real y que nadie iba a salvarme.
Todavía.