El amanecer no trajo paz. Al menos, no para mí, que había pasado horas sentado al borde de mi cama, observando el cuerpo frágil pero resistente de Eira.
Si bien su respiración era un hilo, no se apagaba. No mientras yo siguiera allí.
El lazo que nos unía latía bajo mi piel, como un impulso silencioso que me mantenía alerta.
La puerta se abrió con un chirrido. El médico, apareció cargando un maletín de cuero, y, tras él, entró Rokkan.
—¿Cómo está? —pregunté sin apartar la mirada de ella.
El médico se acercó, revisó su pulso, su respiración y el color de su piel. Su ceño se tensó.
—Su cuerpo lucha —murmuró—, pero está perdiendo energía rápidamente. Algo la está drenando desde dentro.
Esas palabras me alteraron, al punto de dejar salir un gruñido, apenas audible.
—¿Puedes conseguir que viva? ¡No la puedo perder!
El anciano dudó.
—Sí... pero necesita algo que la sostenga. Algo más fuerte que los medicamentos o hierbas que podamos utilizar. Su alma no está rota, pero su energía sí... no basta con lo que estoy haciendo.
Rokkan cruzó los brazos.
—Habla claro anciano.
El médico inspiró profundamente.
—Hay un método antiguo, pero peligroso. No se usa desde hace generaciones, sin embargo... si existiera un lazo que la ate a este mundo, aunque sea incipiente, podría ayudarla a despertar.
Entendí al instante:
—Mi sangre.
—Una gota de la sangre de un Alfa puede restaurar lo que el cuerpo ya no puede sostener —confirmó—. Pero solo funcionará si ella la acepta por voluntad propia. No pueden forzarla.
No dudé ni un segundo:
—Lo hará, lo sé. Algo me dice que solo me está esperando para volver a la realidad.
El médico asintió y salió para preparar vendas y agua fresca. Rokkan estaba a punto de seguirlo, pero entonces Eira se movió apenas, como si respondiera al lazo.
—Erik... voy a dejarte con ella —dijo Rokkan, comprendiendo sin palabras—. Regresaré después.
Al salir de la habitación cerró la puerta tras él.
Incliné mi cabeza sobre Eira, para tomar su mano con cuidado.
—Si hay algo en ti que aún está luchando, respóndeme por favor—murmuré.
El lazo vibró, leve pero vivo. Sin esperar más, mordí mi muñeca, rompiendo mi piel para dejar brotar la sangre caliente y acercarla a sus labios.
—Toma mi sangre, te lo ruego- le dije - Haz el intento de beber de ella.
Al principio no hubo reacción, Me desesperé, supliqué por alguna señal, aunque fuera mínima.
—¡No me hagas esto!, vuelve conmigo por el amor de la Diosa Luna.
Mientras le rogaba con desesperación vi un leve movimiento en sus labios. Era un roce débil, y luego otro. Hasta que estos se cerraron sobre mi herida.
Succionaba de forma lenta y temblorosa.
Entonces, una de sus manos —la desnuda— subió y tomó mi brazo, sosteniéndolo como si temiera que se alejara.
Me quedé inmóvil, conteniendo el impulso de tenerla más cerca, mientras Eira bebía de mí como si buscara un ancla a la vida.
De pronto, el cuerpo de ella se arqueó y sus ojos se abrieron. Un destello de color ámbar escapó de estos, iluminando el espacio con una intensidad inusual.
Debo reconocer que mi lobo reaccionó de inmediato, apareciendo detrás de mí con fuerza, convirtiendo mi mirada en un fuego intenso y vivaz, como nunca habían estado.
Y perdí un poco más de control.
El lazo vibró. El aire se volvió más denso. Sin duda nuestra piel reaccionó.
—Erik... —murmuró ella, incapaz de apartarse, incapaz de romper la tensión—. ¿Por qué... se siente así?
Me acerqué de a poco, lo suficiente para que su aliento se mezclara con el mío.
—Porque eres mi Luna... —susurré con un tono lleno de lucha interna—. Y yo... yo soy tu Alfa. Y este vínculo... esto que sientes... es apenas el comienzo.
Eira tragó saliva. Sus ojos se fijaron sin querer en mis labios. Lo noté, no podía seguir resistiendo mi instinto, mi deseo de marcarla y reclamarla como mía.
—No —le dije, con un murmullo tembloroso—. Por favor, no mires mis labios. Si lo haces... voy a...
Pero no terminé la frase. Nuestras miradas se encontraron otra vez. Sin filtros, sin barreras, sin máscaras.
Yo era el fuego, y ella la tormenta.
Respiré profundamente... y entonces, guiado por un instinto imposible de contener, me incliné ante ella y besé suavemente el borde de sus labios, limpiando con cuidado los restos de mi propia sangre sobre su piel.
Eira soltó un suspiro corto, sorprendida. Aunque el contacto fuera breve, bastó para desatar en mi algo más profundo.
Deslicé mi mano por su hombro, bajando la tela del vestido para exponer la piel que se escondía debajo, no por deseo, sino por una necesidad de sentirla.
Deslicé mis dedos por su espalda con una suavidad reverente, como si estuviera tocando un recuerdo antiguo. El aire tembló, y un gruñido gutural y bajo escapó de mi pecho, mi lobo estaba desatado sin lograr contenerlo más.
Mi mirada cambió, volviéndose más oscura, más intensa, más Alfa.
Eira se dio cuenta de inmediato, y, lejos de asustarse, se recogió el cabello para dejar a merced de mis instintos la suave piel de su cuello.
Me incliné un poco más para sentir esa curvatura donde la vida latía más cerca de su piel. Primero, pasé lentamente mis labios, luego la apreté contra mi pecho para finalmente marcarla y hacerla mía, reclamarla como mi Luna, y entrelazarme a ella como su Alfa.
Mi marca era un sello, un reconocimiento, una promesa irrompible, una unión de por vida.
Eira jadeó. Sus ojos ámbar se encendieron con un fulgor más brillante, casi sobrenatural.
En ese preciso instante, el médico volvió a entrar con un cuenco y unas vendas... y se quedó petrificado en el umbral.
—Por la Diosa Luna... —susurró—. Es imposible...
De inmediato giré mi cabeza hacia él:
—¿Qué ves?
El anciano retrocedió un paso, palideciendo.
—Esos ojos... no los veía desde niño. Pensé que eran cuentos. Leyendas de seres que alguna vez caminaron entre las manadas... seres mágicos... tan poderosos como peligrosos para nosotros.
Eira apenas lo miraba, aún atrapada en la fuerza del lazo.
El médico negó con prisa.
—Necesito tiempo. Necesito revisar mis notas. Alfa... tengan cuidado. Lo que despierta en esa muchacha no pertenece a este tiempo.
Y salió, cerrando la puerta rápidamente.
Me volví a Eira. Ella respiraba agitada, su pecho se expandía y contraía sin control, la conexión ardía entre ambos.
—¿Qué... haces aquí? —preguntó, su voz desgastada—. Lo último que recuerdo es caer en el castillo de Lysandra. Y después, nada más que la oscuridad.
Mientras la tomaba de las manos, le relaté lo sucedido:
—Dos hombres te llevaron al bosque con la clara intención de matarte, afortunadamente llegué antes de que cumplieran su propósito. Luego te subí a mi lomo y te traje hasta acá. A mi territorio. A mi castillo. Desde entonces... te estoy cuidando.
Eira bajó la mirada a su pecho.
—No entiendo qué me pasa —susurró—. Este calor... esta llama dentro de mí... no es normal.
El lazo respondió y me vi obligado a apretar los dientes, para luchar contra mi propio cuerpo. Ya la había marcado, ella recién estaba despertando, no podía someterla a más esfuerzos.
—Eira... —dije con voz ronca— no sigas, estoy tratando de detener mis instintos contigo, aún no estás preparada para lo que viene.
—Yo no... —ella tragó saliva— no sé qué estoy haciendo.
—Tu corazón sí lo sabe —susurré, acercándome más—. Está respondiendo al mío.
No podía, era una fuerza incontenible, tomé su rostro entre mis manos y la acerqué a mí. Rodeé su cintura con uno de mis brazos, mientras el otro se apoyaba sobre la cama y la recostaba sobre esta. No pude parar, la miré a los ojos, le dije que no entendía lo que estaba pasando, que solo sabía que ahora que la había encontrado, no podía seguir sin ella a mi lado.
La besé, con locura, con deseo, con un instinto animal, y ella, ella me correspondió, con un jadeo, una respiración acelerada y un calor intenso en su pecho.
Lo único que interrumpió ese momento fue el chasqueo de su guante, que liberó un pequeño sello, dejando escapar un destello que miramos con atención.
Eira arqueó la espalda y su mente estalló en imágenes: una luz blanca, un lugar parecido a un campo, sagrado según sus instintos, La Diosa Luna bendiciendo a un linaje perdido.
De repente volvió en sí con un temblor.
—Erik... vi... cosas que no son mías...
La sostuve preocupado y sobrecogido.
—Eira... —murmuré—. Ahora que te marqué... puedo sentirte, y acabo de percibir tu alma perturbarse. Como mi Luna, puedo protegerte. Puedo encontrarte, aunque estés lejos. Eres parte de mí.
Y no voy a permitir que nadie te toque o te haga daño. Ya develaremos qué significan las imágenes que me describes, ahora, por favor, descansa, que yo no me apartaré de tu lado.
Ella apoyó su frente en la de él.
—Ya no tengo miedo —susurró—. No me asusta lo que sientes. No me temo entregarme a ti.
Cerré los ojos para hablar con mi lobo interno y pedirle que se mantuviera a distancia. Ya había pasado varios límites con ella.
De repente, se sintió la puerta: ¡Toc-toc-toc!
Rokkan irrumpió sudando, con el rostro serio.
—Erik —jadeó—. Draven llegó al castillo. Está en la puerta principal.
Y exige verte. Dice que viene... por ella.
Eira palideció.
Me levanté tenso, con los ojos oscurecidos y letales.
—Nadie —dije con voz baja y peligrosa— Nadie volverá a tocar lo que es mío.
Y el lazo entre ellos latió, profundo, eterno.