CAPÍTULO 6 - El lazo en la oscuridad

1488 Palabras
El ataque ocurrió justo en el borde del territorio de la Montaña Azul, allí donde los bosques de Lysandra tocaban el dominio de Erik. Era una franja estrecha, casi imperceptible para cualquiera... salvo para los lobos. Y lo que ocurriera dentro de esos límites era ley: responsabilidad del Alfa que gobernaba allí. Eira cayó exactamente dentro del territorio de Erik. Y eso lo cambiaría todo. Erik irrumpió entre los árboles como un relámpago oscuro. Sin aviso, sólo con el rugido de un depredador Alfa desatado y enfurecido. Saltó sobre el primer captor, le tomó el cuello y sólo se escuchó un chasquido brutal. El segundo no alcanzó a gritar antes de que Erik hundiera sus garras en su garganta, destrozándola en un instante. Los cuerpos de los dos atacantes cayeron como marionetas rotas. El silencio que se produjo fue total. Y entonces Erik la vio. Eira se encontraba tirada en el suelo, ensangrentada, con su vestido marfil convertido en trapos y la tierra teñida de rojo bajo su cuerpo. Su respiración era apenas un hilo de vida. Su guante permanecía intacto, como si lo protegiesen fuerzas invisibles. Erik se arrodilló a su lado, tomó su rostro entre sus manos y sin entender esa fragilidad que sintió, tembló, como nunca se imaginó que lo haría. —Eira... por favor... mírame... Su mente lo traicionó en ese instante, y su sueño recurrente lo invadió de golpe mientras mantenía a la mujer entre sus brazos. Sentía ese mismo aroma, y ese miedo incontrolable. No podía distinguir el límite entre visión su y la realidad. —No te mueras... —rogó, la voz rota—. No eres tú... no eres la del sueño... ¡no puedes serlo! Eira no respondió. Erik la apretó una última vez contra su pecho antes de transformarse. Los huesos estallaron. La piel se abrió y el imponente lobo n***o emergió en toda su magnificencia. Con extremo cuidado, colocó a Eira sobre su lomo y corrió sin mirar atrás. Entre los árboles, una figura los observaba en silencio, con una sonrisa torcida. La amante y autodenominada Luna de Draven se veía molesta porque no pudo matarla, sin embargo, sus instintos se satisfacían el darse cuenta de que Eira salía de la vista de su tan anhelado Alfa. Existía una regla inquebrantable entre las manadas, y eso era que, Eira, al ser atacada dentro de la Montaña Azul, le daba el derecho a Erik de retenerla hasta conseguir su recuperación y esclarecer lo sucedido dentro de sus dominios. El gran lobo n***o irrumpió en el castillo de Erik con un gruñido desgarrador. Los guardias retrocedieron de forma inmediata. Cuando Erik volvió a su forma humana, llevaba a Eira en brazos, empapado en sangre y sudor. —¡Llamen al médico! —ordenó—. ¡AHORA! Los sirvientes corrieron mientras las doncellas preparaban agua caliente y lo necesario para limpiar las visibles heridas de Eira. El médico llegó jadeando, con sus frascos y vendas. Colocaron a Eira en la cama del Alfa, amplia, con cobertores de pieles y sábanas de seda. El médico se inclinó sobre ella y con una voz tajante le advirtió al Alfa. —Está mujer está muy grave... si no la tratamos ahora la perderás durante la noche. Erik asintió con la mandíbula dura. —Haz lo que debas... pero no toques el guante. El doctor lo miró, desconcertado, obedeciendo sin hacer preguntas Mientras trabajaba, Erik no podía apartar los ojos del guante. Había algo allí. Algo que lo llamaba. Cuando el médico terminó las curaciones más urgentes, le habló algunas palabras inaudibles a Erik, para luego salir con la promesa de regresar a revisar la evolución de la joven. El cuarto estaba en silencio. Y entonces, lo hizo, se atrevió... Alargó la mano, tocando el borde del guante. En ese mismo instante vio aparecer un destello suave y breve, pero real. Un hilo brillante e intenso emergió del guante, tembloroso, buscando el aire. El mismo hilo que había nacido de la flor. Erik quedó paralizado cuando se percató que el hilo buscaba acercarse a su piel. A su vez, el cuerpo de Erik trataba de responder a ese destello, haciendo brotar de su pecho una luz parecida, fuerte y antigua. Dos hilos que buscaron unirse, pero el de Eira se debilitaba con la misma facilidad con la cual desapareció de su vista. A su vez, el de él retrocedió como si algo lo hubiese desgarrado desde adentro. Erik cayó sentado, respirando fuerte. —¿Eres... mi Luna? —susurró—. ¿Qué eres? La fiebre atrapó a Eira. Su cuerpo tembló violentamente a tal punto que, el sudor cubría su frente y sus piernas se enredaban entre las sábanas con aquellos movimientos inquietantes, pero también sensuales. Erik, desesperado, la sostuvo. —Estoy aquí... quédate conmigo... no te vayas, no me dejes ahora que te acabo de encontrar. Pero ella cayó de lleno en el sueño. Eira se veía en medio de un bosque blanco, con una llama que ardía en medio de la luz. En medio del lugar, una mujer vestida de n***o y con un guante brillante comenzaba a aparecer. Podía percibir como un hilo emergía de ella, y, en ese instante, escuchó a lo lejos una voz profunda, grave, familiar, que la llamaba. Era Erik gritándole que corriera. Eira lo miraba sin entender. Hasta que el fuego la consumía, la luz se desvanecía, y el vacío era lo único que terminaba rodeándola. —...madre... —susurró en sueños. Erik sintió que el corazón se le detenía. La noche se espesó, hasta que finalmente Eira logró abrir sus ojos sin saber dónde estaba. Sólo sintió un intenso calor detrás de ella. Erik permanecía dormido, abrazándola. Su respiración rozaba su cuello, y su brazo la sostenía fuertemente de la cintura. Eira lo observó, sorprendida. No sintió miedo, al contrario, ese hombre le transmitía calma. Ella le acarició la mejilla con ternura, con suavidad, hasta se podía decir que con amor. Erik despertó de golpe. La abrazó más fuerte, como si temiera que se desvaneciera. —Eira... —susurró—. ¡Por fin despiertas! ¡No te vayas de mi lado! Ella lo miró, temblorosa. —Yo... yo te soñé... Él sostuvo su rostro. Sus labios quedaron a un suspiro de los de ella. El aire vibraba entre ambos. —Yo también —confesó. Y entonces pasó. Desde el pecho de Erik surgió el hilo Alfa: oscuro, poderoso, ancestral. Desde la mano de Eira, bajo el guante, el hilo plateado respondió, acercándose hasta que ambos temblaron al sentir el vínculo, al observar cómo se unían y eran envueltos por los destellos de luz. Ese momento se eternizaba en ambos, en algo que simplemente se volvía inevitable. Erik sintió cómo su alma se abría. Eira sintió cómo su corazón ardía. El vínculo de Alfa y Luna quedó marcado. Los hilos desaparecieron. Pero quedaron unidos para siempre. Erik apoyó su frente contra la de ella, respirando agitado. —Eira... —murmuró—. Si sigues mirándome así... no voy a poder contenerme... Eira tragó saliva, estaba ruborizada, de inmediato desvió su vista hacia otro lado. Erik, por su parte, deslizó suavemente la tela de su vestido bajo el hombro de ella para revisar sus heridas. Su piel quedó expuesta. Eira tembló. Erik también. El deseo lo golpeó como una ola brutal. Su instinto exigió marcarla ese mismo instante. Se inclinó sobre su clavícula. Sus labios rozaron la piel de ella, hasta que un gemido suave escapó de ella. Erik apretó los dientes. —No... —jadeó—. No puedo... no aún... no hasta saber quién eres... qué te hicieron... y por qué tengo este deseo incontenible de hacerte mía. Aún así, la contuvo entre sus brazos, fuerte, protector, pero también tembloroso. Pero la contuvo entre sus brazos. No cabía duda alguna, la Diosa Luna los había elegido para que se pertenecieran el uno al otro. De pronto, Eira se tensó. Primero fue un temblor, luego un espasmo, y finalmente, un grito ahogado. —¡Eira! —Erik la sostuvo, alarmado. El lazo recién formado tironeó dentro de ambos. Como si alguien lo intentara arrancar desde el alma. Eira arqueó la espalda, llorando sin lágrimas. El guante ardió y ambos sintieron cómo el hilo temblaba. —¡Por favor! —gritó Erik, desesperado—. ¡Respira, Eira, respira! Ella convulsionó una última vez, y se apagó. Su cuerpo cayó hacia atrás, sus ojos se cerraron y su respiración se volvió apenas un susurro leve. Eira estaba inconsciente otra vez. Erik la sostuvo contra su pecho, con el corazón desgarrado. —No voy a perderte... —susurró, quebrado—. Aunque el mundo entero intente arrancarte de mí... no voy a perderte. Y así terminó la noche. Con un Alfa desesperado por mantener a su Luna entre lo vivos, y un destino que acababa de encenderse, en medio de un peligro que apenas comenzaba.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR