El lazo luminoso que brotó desde la flor se extinguió tan rápido como apareció, dejando en la palma de Erik un cosquilleo que se enroscó por su brazo como un llamado. Un llamado que reconocería en cualquier mundo.
El aroma que dejó atrás era único, inconfundible y profundo.
Eira.
Su hermano lo observó, confundido por la expresión que comenzaba a endurecerle la mandíbula.
—¿Erik?
Pero Erik ya no estaba del todo allí. Sus sentidos se tensaron. Tragó aire con fuerza, y el olor se hizo más nítido, como si alguien hubiese destapado una corriente que llevaba su nombre.
El cuerpo empezó a cambiar antes de que pudiera controlarlo, sus huesos crujieron, las garras emergieron, y su pelaje oscuro estalló desde su piel. En cuestión de segundos, él y su hermano se alzaban en su forma de lobo, enormes, pesados, con la respiración acelerada por un instinto que los devoraba.
Erik se lanzó a la carrera. Su hermano lo siguió, sin preguntar.
Corrieron por senderos bajo los helechos, cruzaron arroyos y treparon pendientes. Cada respiración le acercaba más a Erik. Al rastro de su miedo. A la marca invisible que lo guiaba hacia un destino que no terminaba de comprender.
Cuando treparon la última ladera, el bosque dio paso a la explanada.
Y allí estaba. Era el castillo de Lysandra. Oscuro, afilado, con torres rotas que parecían dagas clavadas contra el cielo. Un silencio sepulcral envolvía la estructura, como si devorara la luz misma.
Erik se detuvo justo en la frontera del territorio. No podían cruzar transformados.
Volvió a su forma humana con un estallido de sus huesos y un gruñido contenido. Su hermano hizo lo mismo.
—¿Qué ves? —preguntó él, aun recuperando el aliento.
Erik no apartó la mirada del castillo.
—La encontré —respondió con voz baja y casi rasposa—. Está ahí. Sé que es ese el lugar, no te puedo explicar más, pero estoy seguro de que ella se encuentra en ese castillo.
Dentro del castillo, Lysandra caminaba de allá para acá a raíz de los preparativos. Candelabros encendidos, telas blancas, mesas largas repletas de copas doradas. Todo parecía festivo, pero el ambiente tenía algo turbio, un peso que advertía peligro.
Sonrió para sí.
—Convoca a todos los alfas —ordenó a un mensajero—. Esta noche anunciaremos algo memorable. Una unión que sellará una alianza histórica.
—¿Qué motivo anuncio exactamente?
Lysandra ladeó la cabeza con fría dulzura.
—Diles que celebraremos el compromiso entre mi protegida Eira y el heredero Draven, de la manada de lobos de la luna roja.
El mensajero palideció.
—¿Ya... es oficial?
—Lo será —susurró—. Él prometió ayudarme a dominar la magia de Eira cuando cumpla veinte años. Y para eso faltan sólo semanas.
Que todo esté perfectamente listo.
Eira apenas tuvo tiempo de reaccionar cuando las sirvientas entraron apresuradas. La tomaron de los brazos, la arrastraron al lavadero y le quitaron la ropa. El agua helada mordió su piel.
Le domaron el cabello a tirones, y luego buscaron un vestido marfil, suave y extraño, demasiado elegante para ella, que fue calzado a resistencia y fuerza.
—¿Para qué es esto? —preguntó, asustada.
—Para la ceremonia —respondió una de ellas—. Debes lucir perfecta.
Otra sirvienta tomó el guante que ocultaba su marca y lo cubrió con guantes largos de tela clara.
—No —susurró Eira—. No quiero...
—Esto no es cuestión de querer niña, haznos esto fácil de una vez por todas.
Una vez terminada la tarea se fueron todas las participantes, retumbando la puerta que se cerró detrás de ellas.
Eira tembló.
Los invitados comenzaron a llegar: alfas con sus lunas, guerreros, mensajeros. Todos murmuraban entre sí, ansiosos por saber qué anunciaría Lysandra con tanta pompa.
El Alfa Draven entró secundado de dos lobos de menor rango y de su "pseuda" Luna, quien observaba el entorno con un odio contenido. En contraste a ella, él tenía un rostro impaciente que sólo se traducía de una manera: ansiaba poseer de una vez por todas a la chica.
Cuando las puertas del salón se abrieron y Eira dio el primer paso hacia la multitud, un silencio extraño cayó sobre todos. Su vestido marfil iluminó el salón. Su temblor era evidente.
Y Erik la vio. El mundo se le achicó al tamaño de ese único instante.
—Es ella... —susurró su hermano.
Erik le puso una mano firme en el pecho, deteniéndolo sin palabras.
No te muevas. No hables. No la pongas en peligro.
Cuando el Alfa trató de avanzar, apareció Lyssandra, interponiéndose entre él y la joven.
—Qué sorpresa tan deliciosa —murmuró, con una sonrisa venenosa—. Erik, el gran Alfa de la Montaña Azul, en mi castillo. Tú, que nunca abandonas tus dominios. Hasta dicen que eres antisocial... pero aquí te veo. Me siento honrada.
Erik intentó moverse, pero ella lo bloqueó, entendiendo que su prisionera había despertado cierto interés en él, y eso, no lo permitiría.
Y entonces, un choque de copas distrajo por dos segundos su mirada, dos segundos que bastaron para que Erik no la encontrara más en el salón.
El espacio estaba vacío. El aire, diferente y el aroma, arrancado de cuajo.
Lysandra lo notó.
—Parecías muy interesado en mi protegida —añadió, peligrosamente cerca.
Antes de que Erik pudiera responder, una voz resonó en su mente.
Erik, ¿qué hacemos? No la veo. Ha desaparecido. Era su hermano, comunicándose telepáticamente.
Ayúdame, le transmitió el Alfa. Distráela. Sácame de aquí. Necesito saber dónde está, su aroma me conducirá a ella. ¡Ahora, Rokkan!
Su hermano actuó de inmediato.
—Disculpe, señora —interrumpió, inclinándose—. Nos acaban de llamar desde nuestro territorio. Es urgente. Debemos retirarnos.
Lysandra frunció el ceño, molesta.
—¿En medio de mi celebración?
—No puede esperar —insistió él.
Mientras ella discutía con el hermano, Erik ya se movía entre las sombras, se detuvo un instante, inhaló profundamente, pudo percibirla, el aroma estaba ahí. Débil, lejano...
Mezclado con... sangre.
No lo pensó y salió corriendo a toda velocidad.
Sin darse cuenta llegó al bosque que sintió como un pozo oscuro.
La luna iluminaba apenas los troncos cuando Eira entreabrió los ojos. Estaba tirada en el suelo, con su vestido rasgado y la tierra teñida en rojo, el color de su propia sangre
Un pie la aplastó contra el suelo.
—Mírala —dijo una voz ronca—. Esta preciosura es la que todos quieren.
—Extraño que la Luna de Draven nos la entregara—rio otro, seco—. Terminemos el trabajo antes de que alguien la encuentre.
Eira intentó levantar la cabeza.
Vio el filo del arma elevarse sobre ella. Y el bosque entero se quedó en silencio...