El amanecer apenas comenzaba a filtrarse por las murallas del castillo cuando entré en la sala principal. No había dormido. No después de lo vivido la noche anterior.
La presencia de ella en mi habitación, el roce sobre mi mano, el susurro que me despertó... todo seguía ardiendo en mi mente como una marca imposible de ignorar.
Rokkan ya estaba ahí, observándome con el ceño apretado.
—¿Encontraste algo? —pregunté sin rodeos.
Negó con la cabeza.
—Revisé el castillo, las entradas, las torres y los alrededores. No hay rastros, Erik. Nadie entró, nadie salió.
Apreté la mandíbula.
—Estuvo conmigo —insistí—. No fue un sueño, su mano rozó la mía, la sentí, lo sé.
Rokkan exhaló despacio.
Era su modo de decir "te creo", aunque no tuviera cómo explicarlo.
—Entonces la buscaremos —respondió finalmente—. Si estuvo aquí, algún rastro debió quedar por algún lugar.
Minutos después ya estábamos cruzando el bosque.
La bruma matinal colgaba entre los árboles como cortinas densas, y cada paso removía el olor a tierra húmeda.
Había algo diferente en el aire, no era un aroma, más bien una vibración, como si el ambiente recordara lo que mis ojos habían visto.
—Fue aquí —susurré al llegar al claro—. Aquí estaba ella.
Rokkan revisó el suelo mientras yo recorría el lugar una vez más, buscando lo imposible.
—Espera —dijo mi hermano de pronto. Se agachó y, con cuidado, tomó algo del arbusto frente a él.
Cuando se incorporó, tenía en la mano una pequeña flor silvestre, un lirio pálido con los bordes casi brillando.
—La encontré justo donde señalaste —murmuró—. Y... hay algo más. Huele a alguien, Erik. Una fragancia que no puedo expli—
—A ella —interrumpí, sin dudar.
Rokkan me miró sorprendido.
Tomé la flor y la acerqué a mi rostro. El aroma me golpeó con una calidez inexplicable.
No era dulce. No era fuerte. Era como si mi pecho la reconociera antes que mi mente.
Ese pulso, ese latido no eran míos.
Y entonces... La flor tembló. Mientras, una fina hebra de luz emergió de un pétalo, ascendiendo como si tuviera vida propia.
Rokkan retrocedió, pero yo no pude moverme.
La luz se extendió hacia mí. Suspensa en el aire, buscándome.
La sentí antes de que llegara a tocarme. Era un tirón. Un llamado.
Justo cuando iba a rozar mi pecho... la hebra desapareció, deshaciéndose en el aire como cenizas de plata.
Pero había despertado algo. Una presión cálida detrás de mis costillas. Una certeza que no sabía explicar en palabras.
—Ella estuvo aquí —dije al fin—. No físicamente... pero sí estuvo.
Rokkan tragó saliva.
—¿Y ahora qué?
Levanté la mirada.
—La buscaremos. No importa quién la oculte. No importa dónde esté.
Muy lejos de allí, encerrada bajo la piedra y la humedad, Eira abrió los ojos con un gemido ahogado.
El guante ardía.
Una luz buscó escapar entre las rendijas, como si respondiera a una fuerza que venía de lejos... o como si intentara alcanzarla. Eira llevó la mano enguantada a su pecho.
Le latía. No con dolor... sino con dirección. Como si algo dentro de ella tirara hacia afuera, hacia un punto que no era parte de ese calabozo.
En un momento su respiración se cortó, ella percibió la esencia de él.
Si bien, no sabía su nombre, tampoco quién era, lo podría reconocer por medio de esa magia que apenas sobrevivía bajo el metal que la mantenía aprisionada.
Una necesidad profunda, visceral, la atravesó como un rayo: que él la encontrara.
Que viniera pronto, antes de que fuera demasiado tarde.
De pronto, se vio como una lágrima tibia caía sobre su mejilla.
Eira cerró los ojos y, con un susurro apenas audible, dejó escapar con lo que quedaba de su fuerza unas palabras:
—Ven por mí...
La luz del guante parpadeó una última vez, para luego apagarse lentamente.
El llamado ya había sido enviado.