--- Por Valentina Ruiz El reloj marcaba las 12:37 p.m. La jornada iba como un tren sin frenos: dos llamadas con inversionistas europeos, la revisión de la cartera inmobiliaria y una solicitud urgente de recursos para el equipo de marketing. Pero en medio del caos, mi mente volvía una y otra vez a él. A Rodrigo. No era solo su forma de entrar, ni el modo en que me habló esta mañana con ese tono más seguro, más hombre hecho y derecho. Era cómo me miró… Como si me conociera más allá del perfume y la ropa de marca. Como si viera mi alma… desnuda. Carla entró sin tocar. —Jefa, el restaurante ya confirmó la reserva para la una. ¿Desea que avise al señor Álvarez? Sonreí apenas. —Sí. Que esté listo. Vamos a almorzar fuera. Carla alzó las cejas, esa mirada de "esto se va a poner bueno

