Te entrego mi alma a cambio de su destrucción
Calíope
Las mujeres que trajo Ares eligieron un lindo vestido de tirantes en color verde y lo han combinado con una chaqueta de color rojo oscuro. Los accesorios son hermosos, por decir algo; la verdad es que lucen costosos. Santiago jamás me obsequió nada parecido. Él nunca me valoró en realidad. Debería dejar de pensar en él, pero me duele lo que me hizo; yo solo lo he amado con todas mis fuerzas y él lo único que vio en mí fue una oportunidad de escalar en una posición social con la que solo había soñado hasta que me conoció.
Fui demasiado ingenua. Una chica sin experiencia que no sabía nada de amor y Santiago, un hombre apuesto y vil, supo cómo usar esa inocencia a su favor. Romanticé sus exigencias, sus malos tratos, sus insultos y esto es lo que obtuve a cambio.
—La mesa está servida, señora. —Salgo de mis pensamientos al oír la voz de la empleada.
—Por favor, llámeme Calíope, en este lugar solo soy una prisionera. —La chica aprieta los labios entre sí y me ofrece una mirada cargada de un significado que desconozco.
—El señor nos ordenó que la tratásemos con el debido respeto, señora —insiste.
—De acuerdo. —Salgo con ella de la habitación y me conduce hasta la mesa del comedor.
En el camino me fijo en el lugar; es espacioso, elegante y frío. La decoración carece de colores vivos; blancos, negros y grises es todo lo que percibo a medida que avanzamos.
—Estamos en el último piso, ¿cierto?
—Sí, todo este piso le pertenece al señor Finnick, nadie tiene permitido el acceso a esta área a menos que sea el mismo señor que lo apruebe —explica—, claro, además del personal de servicio, el cual fue seleccionado por él en persona —agrega y me sonríe.
—¿Y tienes mucho tiempo trabajando aquí? —Niega con la cabeza.
—No, nosotras fuimos traídas anoche para ocuparnos de usted; en el acceso principal se encuentran los custodios del señor para cuidar que nada nos suceda y en caso de que ocurra algo que…
—Puedes retirarte. —La chica se estremece ante la orden y no la culpo, yo misma siento como todo mi interior tiembla al escuchar el tono frío y cortante de Ares.
Miro siguiendo la dirección hacia la que la chica se gira y se agacha levemente, como haciendo una reverencia antes de huir despavorida. Ares está de pie bajo el umbral de una puerta que ignoro a dónde da; es un hombre apuesto y peligroso. Sus manos están cubiertas por tatuajes y, a juzgar por las marcas de tinta que le sobresalen del cuello de la camisa, estoy segura de que esos tatuajes no se limitan solo a sus manos. Reprimo el miedo que se me instala en la boca del estómago y me esfuerzo por esbozar una sonrisa.
—Espero que disfrutes de lo que mandé a preparar para ti —anuncia acercándose a paso lento hasta donde estoy.
Mi respiración se vuelve pesada, dolorosa. Se detiene a dos pasos de mí al tiempo que el aroma embriagador de su loción penetra en mi sistema. Cierro los ojos un segundo, acostumbrándome al calor que emana de su cuerpo y a su cercanía asfixiante; los abro de nuevo cuando siento que todo mi sistema nervioso se ha estabilizado, aunque muy dentro de mí, sé que eso es solo una mentira que me digo a mí misma.
—Si tu paladar es tan bueno como tu gusto, estoy segura de que voy a disfrutar de lo que sea que hayas pedido —afirmo y él hace una mueca que parece una sonrisa, aunque no estoy muy segura de que lo sea.
Me toma de la mano sin pedir permiso y me lleva hasta la mesa, su toque arde en mi piel. Retira la silla y me ayuda a sentar. Él se sienta en la silla a mi lado y destapa el primer plato. Llegué a creer que el desayuno sería una de esas comidas en las que necesitas emplear todos los cubiertos disponibles en la mesa, pero solo trata de pan tostado con miel y mantequilla.
No puedo evitar reír al tiempo que me llevo una mano a la boca para ocultar el sonido que hago.
—¿Qué te causa gracias?
Niego con la cabeza.
—Nada, es solo que… que creí que el desayuno sería algo más elaborado, no se…
—Si no es de tu agrado, puedo ordenar que te preparen…
—No, no, no —lo interrumpo—, no se trata de eso, es solo que… —Suspiro y me doy cuenta de que me siento relajada pese a su presencia—. Pásame el queso crema, por favor —termino pidiéndole al tiempo que tomo un cuchillo para cortar la corteza del pan y retirarla de mi plato.
Parece confundido, pero me acerca el queso crema. Y se queda en silencio, solo observando cómo unto el queso en cada rebanada, me sirvo café sin azúcar y bebo un sorbo largo antes de empezar a comer. Es como si estuviera analizándome y, aunque me pone algo nerviosa, me mantengo en calma y en control. Luego de algunos minutos y después de que me he comido la primera rebanada, veo cómo toma las partes que corté y las unta de queso y se las come.
Esta vez no puedo evitar mirarlo con terror. Dejo la taza sobre el cristal de la mesa por miedo a que se me caiga a la vez que me pongo de pie y retrocedo. Suspira y me mira entendiendo mi cambio brusco. Algo también cambia en él y no sé qué es.
—Tengo mucho dinero, es cierto —dice y desvía la mirada hacia su taza de café—, pero eso no significa que desperdicie la comida. —Toma un sorbo, deja la taza en su lugar, me mira y se pone de pie—. Se lo que se siente no tener que comer. Tienes diez minutos, vamos a salir. —Sale del comedor dejándome sin saber que hacer o pensar.
¿Es un psicópata o qué demonios?
La empleada aparece de la nada y me dice que tengo que apresurarme porque al señor no le gusta que lo hagan esperar, sobre todo cuando esta de mal humor. No entiendo que fue lo que hice para que se pusiera de mal humor, solo sé que es mi culpa. Pero tengo derecho a desconfiar, se estaba comiendo mis sobras, eso solo lo hace un demente o una pareja, y hasta donde tengo entendido, yo solo soy mercancía para él, un pago.
Siguiendo las instrucciones de la empleada, decido entrar al baño, para lavarme los dientes y retocarme el maquillaje, que, a decir verdad, me hace ver diferente. Las mujeres que Ares trajo han hecho un trabajo exquisito conmigo, me veo como una de esas mujeres con las que Santiago solía compararme. Me pregunto cuál sería su reacción si me viera en este momento.
Vuelvo con Ares cuando falta un minuto para cumplirse los diez que me dio. Me ofrece el brazo y lo tomo sin dudar, para luego caminar hacia la salida. Afuera un pasillo amplio y largo nos conduce hasta un ascensor al cual entramos, Ares solo oprime un botón y la caja metálica cobra vida. Siento el corazón en la garganta, no sé a dónde me lleva ni que es lo que planea hacer conmigo. Sin embargo, mentalmente me recuerdo que no debo dejar de respirar.