Alma Stend
Siento la presión de un brazo sobre mi cintura y las imágenes de la noche anterior invaden mi mente, recordándome que la respiración que siento en la nuca es del Dios griego que conocí en el bar.
-Voy a mandar a guardar esa bufanda bajo llave –comenta una voz ronca que delata que mi nuevo amigo está despierto.
Giro hacia él, quedando ambos de frente, y sonrío ampliamente admirando que su rostro es tan hermoso como recordaba.
-Que me perdone Henry Cavil, pero definitivamente usted es más lindo –respondo con dulzura a su comentario, mirando detenidamente su mandíbula fuerte y sus ojos grises, que combinan a la perfección con su nariz recta y los labios que parecen haber sido dibujados por los dioses.
Ambos reímos y él deposita un dulce beso en mis labios.
-Me parece un poco tarde para tratarnos de usted –dice acariciando mi hombro desnudo.
Me siento en la cama y estiro mi cuerpo, para luego pararme y caminar hacia el baño, que está pegado a la habitación.
-Era broma, tomá –hablo mientras arrojo hacia él un cepillo de dientes sin abrir, que vino como oferta con un dentífrico.
Sin más ingreso a la ducha, donde me lavo los dientes y comienzo a hacer lo propio con mi cabello. Mientras tengo los ojos cerrados y el agua cayendo sobre mi rostro siento sus manos en mis pechos y su m*****o ya erecto contra mi cintura.
-Perdón por la interrupción, pero esta imagen es irresistible –dice antes de comenzar a besar mi cuello, haciendo que la pasión se vuelva a encender entre ambos.
Nunca me había imaginado que podría ser tan activa sexualmente como lo fui las siguientes dos horas. De hecho, esa fue la principal razón por la que mi novio me dejó hace sólo una semana. Pero, como bien dijo él, tengo que aprender a disfrutar la sexualidad. Y vaya si lo estoy haciendo.
-No puedo enamorarme en menos de un día –me repito a mí misma en voz muy baja, mientras lo veo cocinar con entusiasmo.
Pasamos el almuerzo y la siesta entre risas y caricias subidas de tono, aunque no podemos seguir con la actividad s****l porque ocupamos los únicos tres preservativos que me quedaban de mi relación fallida con Nahuel.
Ya cayendo la tarde su teléfono comienza a sonar y lo atiende con un dejo de nerviosismo que me deja incómoda.
-Hola… Si, para las nueve estamos… No hay problema, yo llevo… No, no estoy, pero paso a buscarlo, no te preocupes –habla con alguien que en su teléfono se identificaba como Dylan.
-¿Todo bien? –pregunto cuando corta la llamada.
-Sí, pero me tengo que ir –responde con tristeza-. Hoy es el cumpleaños de mi amigo, el mismo de ayer, sólo que ayer recibimos y hoy tenemos un festejo con el grupo más grande –explica sin dejar de mirar hacia abajo.
-Vas a tener que vestirte –contesto intentando agregar algo de gracia a la situación, que de repente se tornó lúgubre.
Mira para todos lados y finalmente sonríe.
-Supongo que no puedo irme en bóxer, ¿no? –habla volviendo a la sonrisa que tuvo todo el día, y que le queda tan hermosa.
-No, primero porque afuera no está la calefacción y segundo, y más importante, porque dejarías demasiados corazones rotos –acoto sentándome a horcajadas sobre él, mientras acaricio sus marcados y perfectos pectorales, siguiendo por el trabajado abdomen.
Lleva una mano a mi nuca y acerca mi rostro al suyo, para comenzar un beso apasionado que me tengo que esforzar en frenar, recordándole la inoportuna limitación que nos genera no tener método para cuidarnos.
-¿Puedo venir después de la celebración de esta noche? –pregunta con un dejo de temor y yo simplemente sonrío, pensando que estaba rogando con todas mis fuerzas que lo sugiriera.
-Claro. Tengo que hablar con mi jefe para ver si voy o no al bar, aunque supongo que no, porque no creo que haya nada que pueda hacer así –digo señalando con los ojos mi codo, que sigue inmovilizado.
Él vuelve a besarme pero esta vez con dulzura y delicadeza y cuando nos separamos me incorporo y tomo una birome y un papel, donde anoto mi teléfono.
-Para que me avises cuando estas libre –anuncio mientras le entrego la hoja.
Él comienza a vestirse y cuando ya está listo me mira con tristeza.
-Si no fuera porque es el cumpleaños de mi mejor amigo, sin dudar me quedaría con vos –dice mientras me abraza por la cintura.
Yo me cuelgo a su cuello y nos besamos una vez más.
-Hasta dentro de unas horas –digo cuando por fin me suelta.
-Hasta dentro de unas horas –responde con una sonrisa, para luego abrir la puerta y salir, dejándome con una sensación de vacío, mezclada con felicidad.
Una vez sola me ocupo de llamar a mi jefe y contarle del altercado. Como mi trabajo en el bar es sólo para los fines de semana y no llego si quiera a un mes de trabajar allí, no puedo esperar que me reconozcan nada, pero al menos me desea buena recuperación e insiste en que le avise cuando pueda y quiera volver, porque las puertas estarán abiertas para mí.
-Ojalá en la empresa fuera tan fácil –digo a la nada, recordando que debería enviar el mail a recursos humanos cuanto antes.
Lo hago y adjunto una foto de las indicaciones del apuesto médico que me atendió, donde queda sumamente claro que debo hacer reposo al menos por dos semanas.
Me dedico lo poco que queda de la tarde a ordenar mis cosas y ya por la noche me tumbo en el sillón a leer una novela que me tiene sumamente atrapada.
No puedo negar que no pasan ni diez minutos entre que el desconocido de anoche viene a mis pensamientos y muero de ganas de stalkearlo, pero tan despistada soy que omití el pequeño detalle de pedirle su nombre, por lo que me limito a pensar en él y mirar mi móvil esperando su mensaje.
-¿Y si no aparece nunca más? –me pregunto a mí misma.
A medida que pasa la noche comienzo a ponerme cada vez más impaciente. Entiendo que no vaya a comunicarse tan pronto para venir, pero podría escribirme algo, preguntarme cómo me siento o si fui o no a trabajar finalmente, lo que fuera.
Sin dudar llamo a Melisa, que obviamente me suelta un reto impresionante cuando le cuento lo que pasó la noche anterior.
-¿Se puede saber en que estabas pensando para no llamarme ni bien salió de tu casa? En quince minutos estoy allá –dice colgando la llamada, sin dejarme tiempo a réplica.
Efectivamente, quince minutos después, el timbre suena y abro la puerta para encontrar a mi mejor amiga, que lleva en una mano su vino favorito y en la otra una tabla de picadas.
Su sonrisa tierna y pícara a la vez, sumado a su rostro bondadoso con gesto travieso me hacen sonreír como siempre y como puedo la abrazo, sintiendo que entre nosotras no pesa el tiempo ni la distancia.
-¿Cómo llegaste tan rápido? -pregunto intrigada, ya que vive en la ciudad vecina, que queda a una hora de viaje.
-Justo estaba por acá –suelta con inocencia.
-¿Una cita? –indago esperando una respuesta más completa de su parte.
-Casi… lo vi desde afuera del restaurante y había sido que la foto de la aplicación de citas le favorecía demasiado –comenta con seriedad y ambas comenzamos a reír.
-Tenés que dejar de agregar a cualquiera, ya vimos que no funciona –comento cuando las risas cesan.
-Bueno amiga, convengamos que no estoy en mi mejor momento, ¿no? –contesta con un dejo de tristeza.
-Sos hermosa como sea –vuelvo a insistir una vez más.
Asiente en silencio, mirando inconscientemente su reflejo en el espejo que tengo en la sala.
Imagino sus pensamientos y recuerdo su hermosa figura de la adolescencia, los senos siempre turgentes y abundantes, acompañados de un vientre plano y unas piernas bien formadas, que ahora llevan el peso de un desamor y las cargas del cambio de una vida de niña a la de mujer.
Sin embargo, las curvas siguen allí, la sensualidad que siempre la caracterizó sólo pareció aumentar con los aires de mujer hecha y derecha que hoy la acompañan. Enfundada en un traje elegante y con su maquillaje sutil, solamente puedo pensar que ojalá ella se viera como la veo yo, tan hermosa y sexi como siempre.
-Ya voy a volver –suelta luego de unos minutos, volviendo a la sonrisa con que llegó, y que siempre tiene preparada para los que la rodean.
-Ya estas volviendo –le corrijo, recordando que lleva ya bajado algo de peso y que el arduo trabajo físico en que se embarcó comienza a dar resultados.
Pasamos las siguientes dos horas conversando sobre mi desconocido y a medida que el reloj avanza, mi enojo y frustración aumentan por no tener noticias suyas.
-Creo que ya siendo esta hora deberías apagar el teléfono y que se joda –dice mi amiga cuando me ve mirar el móvil una vez más.
Suspiro con tristeza y siguiendo su consejo apago el aparato. Nos despedimos con un abrazo cálido y prometemos comer en la semana, si es que su ajetreado trabajo al frente de una de las aseguradoras más importantes de la zona se lo permite.
A la mañana siguiente me despierto y lo primero que hago es encender el móvil, que inmediatamente comienza a sonar, anunciando seis llamadas perdidas de un número que no tengo agendado y varios mensajes nuevos, que sin dudar me dispongo a leer.
-Hola hermosa, ¿estás ahí? –envío sólo unos minutos después de que yo apagara el aparato.
-Al final, ¿fuiste a trabajar? –dice el mensaje siguiente, enviado unos minutos después.
-Me dijeron en el bar que no fuiste hoy, voy a pasar por tu casa –escribió unos minutos después.
-Veo todo apagado, supongo que no estás o estarás durmiendo –leo en el mensaje siguiente.
-Hasta mañana hermosa, perdón por haber escrito tan tarde (y tanto) –se despide finalmente.
Siento el corazón palpitando fuerte al ver que le importé tanto como para buscarme en el trabajo, venir hasta acá y preocuparse así.
-Buen día. Perdón, me quedé dormida y el teléfono se apagó –miento pensando que fui una tonta al impacientarme de esa forma.
Sólo pasan unos segundos y ya veo que está escribiendo.
-Ya estaba dudando de que me hayas mentido en el número o que me odies por haber aparecido tan tarde. Me alegro que no haya sido así… BUEN DÍA HERMOSA –dice su mensaje, que acompaña con corazones.
-No das más de dulce –respondo con un emoticón enamorado.
-¿Almorzamos? –leo en el texto siguiente y recién entonces advierto que dormí más de lo normal y ya son casi las once de la mañana.
-Dale –contesto sin dudar.
-En una hora estoy –anuncia, dejándome sonriendo como una tonta.