No llega a pasar la hora que ya lo tengo en la puerta, con un pantalón de jogging gris claro y una remera de mangas largas pegada al cuerpo que lo hacen ver como un verdadero actor de cine.
Pasamos nuevamente un día de ensueños, en el que me olvido de todo lo malo que pensé la noche anterior y damos rienda suelta a nuestro deseo mutuo, aprovechando que esta vez él trajo suficientes preservativos como para un mes.
Justo luego de terminar una de las sesiones de sexo más dulces de mi vida, la alarma de mi teléfono suena, recordándome que debo tomar la medicación por el codo.
Me incorporo y tomo la pastilla, seguida de un buen trago de agua.
-¿Qué te dijeron en el bar? -pregunta él a mis espaldas.
-Que no hay problema, y que esperan que vuelva pronto –respondo con calma.
-¿Y en la empresa? –indaga con interés.
-No creo que me contesten hasta el lunes, aunque seguramente me mandarán el telegrama de despido, tengo menos de un año, no les va a costar nada deshacerse de mí –contesto con pesar.
-No sabía que fuera tan así –responde, visiblemente ofuscado.
-Si. Lamentablemente, sí. El sueldo es bueno, pero no son muy tolerantes con las licencias o las cuestiones personales. Al menos en mi área, en la tuya quizás sea distinto –explico notando que lo que le cuento le parece una novedad-. A propósito ¿vos que haces? –indago con curiosidad.
-Estoy en el sector de gerencia –responde luego de unos segundos, en los que pareció evaluar su respuesta más de lo necesario-. Si querés yo me encargo de tu licencia, en serio, no me cuesta nada –suelta con seguridad.
Por un momento pienso que es una buena oportunidad para preguntarle su nombre, pero temo que esto parezca un interrogatorio, por lo que decido dejar el tema allí.
-Está bien, si no te molesta hacerlo… te agradecería –respondo con sinceridad.
-Dalo por hecho –contesta con una sonrisa.
El domingo pasa demasiado rápido y cuando me doy cuenta, ya es hora despedirnos nuevamente.
-El médico dijo que volvieras el lunes por la tarde. Si querés te busco cuando salgo de la oficina y vamos –ofrece cuando nos estamos despidiendo.
-Me ofrecés tramitar la licencia, llevar al médico, ¿no será mucho? –respondo sin soltarme de su abrazo.
-Es lo menos que puedo hacer, después de todo fue mi culpa –contesta con caballerosidad.
No puedo evitar entristecerme un poco al ver que su actitud es por culpa y no por mero interés por mí, pero me animo pensando que puede que se trate de ambas.
-Hasta mañana, entonces –suelto dejando un beso en sus labios.
-Hasta mañana hermosa. Que duermas bien –vuelve a besarme, esta vez con más intensidad y ambos nos esforzamos en separarnos antes de volver a comenzar con la sexualidad que nos supera todo el tiempo.
Cuando la puerta se cierra tras su salida la tristeza me invade nuevamente ¿Será que otra vez tendré que esperar a la hora de verlo para que me vuelva a hablar?
Como si respondiera a mi interrogante, sólo unos minutos después recibo un mensaje suyo.
-Ni arranqué el auto y ya te extraño –dice el texto, llenándome de una calidez inesperada.
Me acerco a la pequeña ventana y miro hacia abajo, donde lo encuentro parado junto al vehículo, mirando en mi dirección. Al verme levanta la mano y mira un beso. Imito el gesto y lo veo subir y alejarse.
Seguimos conversando por mensajes y a la mañana siguiente me despierto con un saludo suyo, con el que iniciamos una nueva conversación, que se extiende el resto del día.
Lo único que nubla un poco mi felicidad es no haber tenido respuesta de la empresa con relación a la licencia, pero supongo que no haber recibido el telegrama de despido es una señal de esperanza.
El sonido del móvil me saca de mi ensoñación, y veo el nombre de Melisa titilando en la pantalla.
-Hola amiga –saludo con alegría.
-¿Cómo sigue la novela? –pregunta ella del otro lado.
-Muy bien, siguen los mensajes melosos y en un rato lo veo –contesto con una sonrisa.
-Ay, me encanta –suelta mi amiga con tono soñador-. Almi… -la escucho decir después de un breve silencio, e incluso sin tenerla en frente sé que lo que viene a continuación no me va a gustar.
-¿Qué? –indago impaciente.
-Hoy me encontré con tu mamá –suelta con un hilo de voz-. Está muy angustiada, creo que deberías escribirle –dice mi amiga, con tono de súplica.
-Fui muy clara Meli. Si ella no cambia de opinión no tengo intenciones de tenerla cerca –manifiesto con firmeza.
-Es tu mamá. Podrías al menos escucharla… -opina mi amiga.
-¿Para que me vuelva a decir que soy una vergüenza para la familia? ¿Para que me vuelva hacer sentir que mis sueños no valen nada? –respondo con el tono más elevado de lo que esperaba-. Perdón, sé que la querés y no mereces que te hable así, pero por favor no me insistas –pido con la voz quebrada.
-Está bien. Perdón vos por meterme –dice con pena.
-No digas eso, sabés que no me molesta que me des tu opinión. Sólo que espero que entiendas que tengo mis motivos para no hacerte caso –vuelvo a decir, ya con calma.
-Está bien. Avisame que te dice el médico lindo y si conseguís su número no me enojo, ya sabés que las batas me pueden –bromea en relación al traumatólogo, que en breve visitaré.
A la hora acordada, Peti pasa por mí y vamos juntos al Centro de Salud, donde el Dr. Marcos me atiende con la galantería de siempre, que evidentemente le sale natural, porque no me parece que se deba a un interés o insinuación, sino hacia una característica propia de su amabilidad, mezclada con la sensualidad inevitable de un hombre que se sabe sumamente atractivo.
No puedo dejar de notar que el humor de mi acompañante no es el mejor y creo entender que los celos son más fuertes que él.
-Sólo para que conste, me gusta mil veces más Henry Cavil que Chris Evans –digo en tono burló, cuando subimos al auto.
-Eso deja entender que Chris Evans te gusta también, aunque sea menos –responde con molestia.
No puedo evitar soltar una carcajada al pensar en lo ilógica que suena nuestra conversación, refiriéndonos a actores cuando en realidad hablamos de él y Marcos.
-Me gustás solo vos, aunque creo que es pronto para una escena de celos, prefiero las de sexo –retruco seductora, acercándome a su oreja, la que lamo y beso con sensualidad.
-Si seguís así vas a tener que invitarme a dormir con vos –suelta con un hilo de voz.
-No necesitás invitación –contesto con seguridad.
-Vamos, entonces –dice arrancando el auto para ir hacia mi departamento, donde encargamos una pizza para no perder tiempo y disfrutarnos lo más posible.
A la mañana siguiente su despertador suena muy temprano y lo siento moverse a mi lado y abandonar la cama. El sonido de la ducha me da una idea y me incorporo sin dudar.
Esta vez soy yo quien lo sorprende con los ojos cerrados, llevando mi mano a su m*****o, que está un poco erecto, seguramente por el despertar reciente, pero que al sentirme comienza a latir y endurecerse cada vez más.
Me arrodillo frente a él y llevo su masculinidad a mi boca.
Pensar que a Nahuel jamás quise hacerle sexo oral, y ahora con este hombre, a quien recién conozco, es algo que me nace naturalmente.
Lo saboreo y ejerzo la presión justa con los labios para hacer que termine de adquirir toda la rigidez que esperaba, y cuando lo consigo me incorporo. Él comienza besando mi cuello, para bajar a mis pechos mientras sus hábiles dedos frotan mi centro. Cuando comienzo a estremecerme ante sus caricias me sorprende invadiendo mi interior con la mano, haciendo que suelte un gemido.
-Venite para mí –dice con sensualidad, antes de agacharse frente a mi sexo y comenzar a lamerlo sin sacar sus dedos de mi interior.
Nunca había dejado que nadie me hiciera sexo oral, pero ahora no podía más que rogar que siga y entregarme al placer que me genera.
-Seguí, seguí –pido inconscientemente mientras el orgasmo llega para dejarme con las piernas blandas.
-Me enloquecés –suelta él mientras se incorpora.
Con toda agilidad toma uno de los preservativos que tenemos preparados en el botiquín del baño y se lo coloca.
Me gira, dejándome contra la pared, y abre mis piernas con las suyas. De un solo movimiento me embiste sin advertencia y comienza a penetrarme con fuerza, mientras una mano aprieta mi pecho y con la otra se ayuda a mantenerse firme, sosteniéndose contra la pared.
Disfruto sus movimientos hasta que lo siento estremecerse de placer y retirarse sin más.
Me pongo frente a él y nos abrazamos con dulzura.
-Vos también me enloquecés –confieso sin temor, sintiéndome segura con él, a pesar de conocerlo hace sólo unos días.
Desayunamos juntos y nos despedimos con la promesa de mensajearnos menos que ayer, en algún punto el pobre hombre tiene que trabajar.
A media mañana recibo un mail de la empresa, donde indican que puedo tomarme los días que necesite y que por favor no me preocupe por el puesto, que estará disponible para mí cuando pueda regresar.
-Definitivamente, mi nuevo amigo tiene influencia en los altos mandos –digo en voz alta a la nada, mientras hago una captura de pantalla para agradecerle.
Me anoto mentalmente que no puedo dejar pasar más sin indagar sobre su apellido, menuda zorra resulté para entregarme así a alguien sin saber si quiera su nombre, aunque poco me importa, con lo bien que me hace sentir.