Abrí los ojos parpadeando varias veces. Me encontraba en una habitación desconocida para mí. Observé la ventana, aún era de noche. Había una silla en frente del cristal, con la ropa que llevaba puesta para la fiesta en la parte superior. Inmediatamente, levanté la sabana para comprobar que llevaba puesto. Mi esbelto cuerpo estaba cubierto por un vestido rosa chicle que me llegaba hasta las rodillas. Rápidamente, se me pasó por la cabeza la pregunta más obvia.
¿Cómo me había cambiado de ropa?
¿Acaso alguno de ellos me había desvestido? O, quizá, se habían aprovechado de mí. Las dos ideas me aterraban, pero una algo más que la otra. Un escalofrío recorrió mi cuerpo al imaginarlo.
Entonces escuché un ruido que provenía cerca de la ventana, por lo que dirigí mis ojos hacia allí. Una silueta apareció sentada, con la cabeza agachada. Tenía los brazos apoyados en sus piernas y sus manos se enlazaban al final.
—¿Cómo te encuentras? —Me preguntó sin mirarme a la cara.
—¿Qué queréis? Quiero irme a casa —pedí.
—No puedes, Lia. Todo se ha complicado.
Intenté descubrir su cara, pero estaba demasiado oscuro, y apenas diferenciaba las voces de aquellos jóvenes.
—Mis padres se preocuparán.
—Tus amigos han tenido un accidente de coche y han muerto —explicó.
—Así que, me darán por muerta —terminé su frase.
Tenía que salir de allí cuanto antes, debía decirle a mi padre que estaba viva. Deseaba abrazar a mi hermana una vez más.
—¿Sabes? Es una pena, venias muy bien —Dijo una tercera voz que apareció al lado del otro mientras cogía parte de mi ropa.
—¿Cómo es que mi ropa está ahí? —Quise saber.
—No hagas preguntas que no quieres saber, pequeña —respondió el nuevo.
El chico que estaba sentado levantó la mirada clavándola en mis ojos. En aquel momento me di cuenta de quién era, aquellos ojos eran fáciles de reconocer, tan increíbles como inolvidables.
Era Harry.
—Ya que veo que tú no vas a hacer nada, ya lo hago yo —pronunció el otro muchacho acercándose a mí.
Cuando apenas estaba a dos metros de mí su cara se aclaró, era Leo.
—Tenemos que...trabajar —puso un tono irónico es esto último—. No puedes salir de aquí, debes permanecer quieta.
—Vale —afirmé.
Solo pensaba en que se fueran para tratar de huir por la venatana.
—No me malinterpretes —pidió Leo—. Aún no confiamos en ti, entiende que hayamos elegido esta opción. Al fin y al cabo, es la mejor para ti.
—¿Qué quieres decir? —Interrogué.
Él solo se limitó a sonreírme. Entonces me agarró de la mano y me ató a la cama con unas esposas.
—¿Pero qué? —Dudé—. Me aprietan mucho.
—Mejor. Debo irme —se despidió sacudiéndome el pelo con su mano, como si fuera un perro.
Se acercó a la puerta y se preparó para salir, pero entonces miró para atrás, a su compañero quien no se había movido. Los dos cruzaron miradas durante unos segundos, hasta que Harry se levantó lentamente.
—Ahora voy —Dijo al fin.
—Recuerda que todavía nos queda el banquete, así que no te llenes —advirtió desapareciendo.
Dirigí mi mirada hacia Harry intentando descubrir en sus increíbles ojos que quería, pero solo me perdía entre el verde de sus ojos.
Entonces se acercó a mí, colocó sus manos en las esposas y me las aflojo.
—¿Mejor? —Quiso saber.
—Sí, gracias.
—Escucha, Lia. No puedes bajar por nada del mundo. Si cualquiera que no sea uno de nosotros te ve estarás acabada. ¿Lo entiendes?
Moví la cabeza afirmando, pero la verdad es que no lo entendía.
—Todo acabara pronto —tranquilizó dirigiéndose a la puerta—. ¡Ah! Por cierto, escucharas gritos, llantos, rezos, golpes e, incluso, disparos, pero no te preocupes.
Volví a mover la cabeza imaginándome lo peor que podía ocurrir aquella noche en esa casa. La realidad sería mucho peor a todo lo que podía pensar.
Harry desapareció cerrando la puerta dejando un vació preocupante en la habitación. Me sentía observada y no podía moverme, por lo que decidí cerrar los ojos, buscando tranquilizarme. Quizá mañana me soltarían, no les servía para nada allí.
Al final me quedé dormida, pero no tardé en despertarme con un ruido insoportable. Provenían de abajo, tal como había explicado Harry. Diferencié gritos, llantos, rezos, golpes y, de vez en cuando, algún disparo que provocaba el doble de ruido de todo lo anterior.
Intenté volver a dormirme, pero era prácticamente imposible con tanto escándalo. Coloqué la almohada por encima de mi rostro, sin embargo, parecía que cada vez se escuchaban los ruidos más cerca. Entonces, una voz aguda se escuchó al fondo de la habitación.
—Vaya... ¿Y tú quién eres?
Destapé mi rostro, intentando ver la cara de aquel ser, no obstante, no estaba solo.
—Si la tienen aquí encerrada debes ser el postre —dijo el segundo.
—Realmente huele tan bien —pronunció colocándose en frente de mí.
Así pude afirmar que no les conocía de nada. Este último era el más joven, tendría dos años más que yo. Era rubio, alto, tenía algo de barba y unos ojos grises. El otro era algo más mayor, moreno, no tan alto como su compañero, pero aun así más alto que yo. Estaba lleno de pecas y tenía los ojos de un tono azul oscuro.
—¿Quiénes sois?
—¿Sabes lo que somos? —Se interesó el rubio.
—Vampiros —afirmé tragándome los nervios.
—¿Sabes lo que hacen los vampiros? —Quiso saber el moreno.
Aparté mi mirada y pensé en aquella pregunta hasta que me di cuenta de lo más obvio.
—Beben sangre.
—¿Cuál es tu nombre? —Preguntó el rubio acariciando mi rostro.
—Dani te he dicho muchas veces que no puedes jugar con la comida.
—Lo siento primo, cuesta ver un rostro tan lindo y, encima, que huele muy bien, y no interesarte por su nombre —explicó.
—Perdónale, está aprendiendo— Informó el mayor tocando las esposas.
Me dedicó una sonrisa maliciosa y rompió con una sola mano las esposas liberándome.
—Víctor, ¡¿Qué haces?! —Bramó Dani.
—Hoy es un día especial Dani, hoy aprenderás a divertirte con la comida.
—¿Perdón? —Ni siquiera lo pensé, me salió solo.
Entonces sacó sus colmillos, observé como le brillaban los ojos y lentamente se convertían en rojos. Con los ojos de Dani ocurrió lo mismo. Víctor me agarró de la mano y me hizo un corte con la uña dejando caer unas gotas de sangre, los ojos de Dani se tiñeron de rojo, e mismo color que las gotas.
-Te daré diez segundos de ventaja antes de matarte -pronunció, sediento, Víctor.
No lo pensé. Corrí hacia la ventana. Sabía que no me podía librar de ellos, eran mucho más rápidos que y, pero buscaba ganar tiempo. Le lancé a Víctor la silla. Este cayó al suelo, era fuerte por lo que no le hizo mucho, pero me dio un tiempo para correr hacia la puerta. Había comprobado que Dani solo se movía por su primo, así que no me seguiría si él no se lo ordenaba.
—Atrápala —ordenó antes de lo que pensaba.
Dani salió detrás de mí, persiguiéndome. Yo intentaba correr lo más veloz que podía, pero, aun así, me alcanzaría en seguida. Entonces me choqué con alguien.
—¿Qué haces aquí? Deberías estar atada —dijo Zack.
—Hay dos vampiros que me han soltado y ahora me siguen, quieren matarme —pronuncie histérica.
—Está bien Lia, tranquilízate —tranquilizó agarrándome de los hombros—. Baja abajo y busca a estos, yo entretendré a Dani y Víctor,
Quise preguntarle cómo sabía de quien le hablaba, pero no había tiempo, continué corriendo hasta que encontré las escaleras y bajé. No obstante, cuando iba por la mitad alguien se me echó encima tirándome escaleras abajo.
Me dolía absolutamente todo el cuerpo, miré hacia la derecha donde se encontraba el responsable del accidente, quien no era otro que Dani.
Abrió los ojos fijándolos en mí, volvían a ser azules, pero pronto se tiñeron de nuevo.
—Que no escape —pidió Víctor bajando las escaleras.
Observé a Dani. Comenzaba a levantarse, esta vez fui más rápida y me adentré en el salón, sin embargo, me resbalé deslizándome hasta la mitad de la sala.
Miré el suelo llevándome una gran sorpresa, aquel líquido que me hizo resbalar era sangre, todo estaba cubierto por lo mismo. Me di la vuelta dispuesta a seguir huyendo, pero algo me dejó traumatizada. Delante de mí, había una montaña de c*******s acumulados, entonces entendí todo. Desde la conversación de mis compañeros sobre las personas que debían ir a la fiesta, hasta los ruidos que escuchaba, incluso que hacían tantos vampiros reunidos en la misma casa.
No me dio tiempo a darle más vueltas ya que alguien o algo me agarró del pelo.
—Ya te tengo —pronuncio Dani.
—¡Suéltame! —pedí inútilmente.
—Dani suéltala —ordeno Nolan entrando a la sala junto con el resto del grupo y unas personas más que no conocía, todos excepto Harry.
—¿Por qué? ¿La queréis solo para vosotros no es así?
—¡Que la sueltes! —Repitió Harry empujando a Dani lejos de mí y me caí al suelo.
Se agachó para poder mirarme a los ojos, pero no dijo nada.
—Ella no está dentro del menú— Advirtió Lance.
—¿Por qué? —Dudo Víctor.
—No es comida— Declaró Caleb.
Parecía que iban a ponerse a pelear, cuando alguien entró.
—¡Basta! —Silenció una señora mayor que iba acompañada por un grupo de escoltas—. Harry aparta.
—Pero abuela ella no… —intentó explicar.
—Yo decido eso, Harry, ya lo sabes.
Me dirigió una mirada y después se colocó junto a sus amigos.
—¿Cuál es tu nombre? —Me preguntó arrodillándose a mi lado y fijando su mirada en mis ojos.
—Lia.
—Tienes unos ojos muy bonitos Lia. ¿Sabes de qué color son?
—¿Mis ojos? Son verdes.
—Eso creía.
—¿Qué pasa?
—No vas a morir, por lo menos no hoy. Y menos por dos novatos como estos. Eso sí, ahora que sabes la verdad sobre ellos, no podrás volver a casa, nunca más.
—¿Cómo?
—¿Te gusta el café, niña?
—Descafeinado —tartamudeé sin ser capaz de asumir todo lo que ocurría.
—Bien, Nicole, prepara un café y un descafeinado, tengo mucho que hablar con esta muchacha.