La mañana amaneció espesa, como si el aire cargara un aviso que nadie había querido leer. En el despacho, la luz apenas entraba por las persianas a medio cerrar, recortando el perfil de Davide mientras revisaba unos documentos. Sus mandíbulas estaban tensas; cada vez que respiraba, parecía tragarse algo más denso que el silencio. Enrico tocó dos veces la puerta y entró sin esperar respuesta. Su presencia, como siempre, imponía algo difícil de definir: una mezcla de arrogancia natural y lealtad selectiva. —Necesitamos hablar —anunció sin rodeos. Davide levantó la mirada, ésta se mostró afilada. —Habla. Enrico se acercó despacio, casi disfrutando el suspenso que creaba. —La funcionaria de Bienestar Social llamó esta mañana. Dijo que hará una visita en dos días. Se produjo un segundo d

