El despacho de Nicola seguía oliendo a madera vieja, a libros húmedos por el tiempo y a un recuerdo silencioso que nadie en esa casa mencionaba: lo que él había hecho. No con detalles, nunca con detalles… pero la sombra de esos actos permanecía allí, en cada mueble, en cada rincón donde la humedad no terminaba de morir. Cuando Allysel cruzó la puerta, el ambiente pareció cerrarse alrededor de ella. Como si ese espacio —el mismo donde estuve con ella aquella tarde— intentara absorberla de nuevo. Ella no se dio cuenta, yo sí. Permanecía de pie junto al escritorio, tenso, con las manos apoyadas sobre la madera pulida. Mi mirada la recorrió con una lentitud que tenía más de amenaza que de deseo, aunque por debajo, muy por debajo, el deseo comenzaba a arder como una brasa enterrada bajo cen

