Capítulo 2, Parte 3

851 Palabras
Capítulo 2, Parte 3 A la hora de la cena todos salimos, según el profesor al día siguiente saldríamos un rato a recorrer algunos sitios del pequeño pueblo por nosotros mismos, tendríamos la libertad siempre y cuando cumplieramos con presentarnos a las horas marcadas para ello en el punto de reunión. Al terminar todos caminamos a nuestras habitaciones, pude darme cuenta como algunos median los movimientos de los maestros para intentar escaparse, pero no lo lograron al inicio. Unos minutos después, cuando ya todos estaban guardados, escuche un sonido de toque de puerta que iba aumentando en volumen. Al principio me asuste, pero cuando llego a la mía me di cuenta de que se trataba del maestro pasando lista cuarto por cuarto antes de dormir. Què iluso, pensé. Más bien era la alarma que dictaba a los chicos malos la hora de salir y así fue. Incluso yo, que no acostumbro a hacer ese tipo de maldades, esperaba con ansia el momento oportuno para salir de la habitación así que apenas y vi por la ventana como la luz de la habitación del maestro se apagó, tomé la llave y sin hacer mucho ruido me dirigí al área de descanso exterior. En el camino me encontré a varios chicos, pero ninguno con quien tuviera una verdadera cercanía, así que seguí caminando hasta llegar a un espacio abierto cerca de una alberca. Hacía calor y quería aire fresco. - Hola, guapa. - Una voz me saco de mis pensamientos. - Sí, hola. - Respondí con frialdad para intentar ocultar los nervios. - Tranquila, trabajo aquí, soy Oliver. Salí a fumar un rato. ¿Vienes con el grupo? - me preguntò y el tono de su voz me dio confianza, parecía amable. - Emm si, si vengo con ellos. - Le dije ya con otro tono. - Pues ha de ser difícil tenerlos a todos en su lugar. - ¿Còmo? Eh, no. Soy una alumna. - Le hice saber ya sonriendo porque me halagaba su comentario. - Pues mira que me he equivocado. Con esa facha que llevas creí que por lo menos eras la maestra de inglés, de esas que son las más jóvenes y lindas. Y tenía razón, solo que en esta ocasión no nos acompañaba y en su lugar enviaron a la perfecta, una mujer ya mayor que apenas y aguanto el viaje y enseguida se fue a dormir. - Gracias, Oliver. Ojalá así sea después. - Pues mientras tanto diviértete. Dime, ¿Qué haces sola? Ahí están todos los chicos pasándola genial. - No son de mi grupo, además soy algo más... mmm... Seria supongo. - Bueno, entonces eres más del tipo relax. - Sì. Pasaron unos minutos conversando sobre cualquier cosa y ya estábamos riendo. Su presencia aminorò el malestar que sentía por haber dejado sin mi apoyo a mis amigos y la sensación de soledad en ese lugar lejano y feo. - ¿Y fumas? - Me preguntò. - No, la verdad no. Me da miedo el tabaco. - Le dije segura. - No, no, me refiero a hierba. ¿La has probado? Hasta ese momento lo único sabía de la mariguana es que era un calmante super efectivo y que la sensación que te daba era genial, justo para una noche como en la que estaba, pero cuando mis amigas platicaban sobre ello siempre terminaba en alguien follando. - No, tampoco. - respondí y me reí. - Pues qué lástima que aquí me sobra bastante y pensaba en que tal vez podríamos compartirla. Por un instante pensé en decir que no, ponerme de pie, despedirme e irme a acostar, pero no quería parecer una chica tonta y más que eso pensé que ese era el momento de divertirme así que me atreví. - Sabes, siempre he querido probarla. - Le dije y estiré la mano para tomar el cigarrillo. Èl me lo pasò y antes de que le diera una calada me dijo que despacio y tranquila, que mantuviera el aire un momento y lo soltara. Que tal vez tendría algo de tos pero que era normal y no me preocupara. Así lo hice y ciertamente tosí. De pronto me dio un ataque que justo cuando pensaba que terminaría se avivaba. Oliver salió corriendo, pensé que se había asustado, pero regresò rápido con una lata de refresco que abrió y me puso enfrente. - Ups, se nota que es la primera vez. - Dije a duras penas. - Sí, pero... - Ey, que hacen todos ustedes allá. Vuelvan a sus lugares. - La voz del profesor lo interrumpió y en el momento en que me puse de pie, tal vez por ser primeriza o por el susto, me fui hacia adelante casi cayendo a la alberca. Oliver me tomò de la cintura y logró estabilizarme, pero en eso rozò mis pechos y ese punzón tan característico que me llega cuando me caliento, se hizo presente. - ¿Puedes caminar? - Preguntò atento a donde estaba el profesor. - No. - mentí iniciando mi plan de acción. - Dime cuál es tu habitación, yo te cubro.
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