Las luces del salón de mi ático podían regularse a disposición según el ánimo que se tuviese, y ese momento eran tenues, pero brindaban la suficiente iluminación que yo necesitaba para apreciar el delicioso manjar que tenía ante mis ojos. Y me sentía como un crío sin experiencia, con el corazón a punto de estallar en mi pecho y la polla a punto de explotar. Tal vez era porque nunca en la vida había deseado algo con tanta desesperación. Nunca me fue difícil obtener lo que deseaba y menos cuando de mujeres se trataba, pero Nathalie había sido la tentación personificada que se había negado una y otra vez, aumentado con ello mi obsesión y mi deseo. Soñaba con ella, desde el día en que me rechazó, y todos eran sueños húmedos. Había follado con infinidad de mujeres desde que había visto sus h

