PRÓLOGO
Narrador Omniciente
La carretera solitaria se desvanecía bajo la luz mortecina de una luna apenas visible entre las nubes. El viento gélido mecía las ramas de los árboles como si fueran manos fantasmales intentando alcanzar algo en la oscuridad.
Desde el interior del vehículo estacionado, las tres pequeñas figuras en el asiento trasero permanecían inmóviles, con los ojos muy abiertos. La mayor de ellas apretaba los puños contra sus oídos, tratando de bloquear los gritos que traspasaban el metal del auto como si fueran de papel.
—¡No puedes simplemente desaparecer así! ¿Crees que no te encontraré? ¿Que permitiré que te lleves lo que es mío? —la voz masculina atravesó la noche como un látigo.
La mujer, fuera del auto, enfrentaba la silueta amenazante del hombre con los hombros tensos y la barbilla levantada, desafiante a pesar del miedo que le carcomía las entrañas.
—¿Lo tuyo? —respondió ella con una mezcla de incredulidad y rabia contenida—. Hace años que dejaste claro lo que consideras tuyo y lo que no. Ellas ya han sufrido suficiente por tu culpa.
—Cállate —siseó él, acercándose tanto que ella pudo sentir su aliento caliente en el rostro—. No tienes ni idea de lo que estás hablando.
— ¿Crees que no lo sé? ¿Que no he visto lo que les quieres hacerles? —su voz se quebró, pero mantuvo la mirada fija en él—. Son unas niñas, por Dios. ¡Tus propias hijas!
El golpe llegó tan rápido que apenas tuvo tiempo de verlo. El impacto la hizo trastabillar contra la puerta del auto, su mejilla ardiendo como si la hubieran marcado con hierro caliente.
—¡Maldita zorra! Siempre has sido una mentirosa patética —escupió las palabras con desprecio, agarrándola por el cabello—. ¿Mis hijas? No me hagas reír.
Dentro del vehículo, la más pequeña de las niñas comenzó a llorar, un sonido desgarrador que pareció rasgar la noche. Las otras dos se abrazaron, temblando.
—No les hagas esto —suplicó la mujer, con un hilo de sangre resbalando por la comisura de sus labios—. Son inocentes, no pueden pagar por nuestros errores.
El puño del hombre se estrelló contra el capó, haciendo que las niñas saltaran en sus asientos.
—¡Ella ni siquiera es mi hija! —estalló con una crueldad calculada—. ¿Crees que no lo sé? ¿Que no lo he sabido siempre? Me has visto la cara de imbécil durante años.
La mujer aprovechó su momento de distracción para escabullirse hacia la puerta del conductor, pero él fue más rápido. La agarró por el brazo con tanta fuerza que sintió cómo algo crujía bajo sus dedos.
—¿Adónde crees que vas, puta? —la arrojó contra el auto como si fuera una muñeca de trapo—. No escaparás tan fácilmente, te lo juro.
Con un esfuerzo sobrehumano, ella logró abrir la puerta y deslizarse dentro, cerrando con seguro justo cuando él se abalanzaba sobre la manija.
—¡Abre esta maldita puerta! —golpeó el cristal con tanta fuerza que formó una telaraña de grietas—. ¡Te voy a matar! ¿Me oyes? ¡A ti y a ese bastardo que has estado criando a mis espaldas!
La mujer giró hacia el asiento trasero, donde tres pares de ojos aterrorizados la miraban fijamente. Su rostro, marcado y sangrante, mostró una determinación feroz que contrastaba con el temblor de sus manos.
—Todo estará bien —murmuró, aunque su voz traicionaba otra realidad—. Les prometo que todo estará bien. Ya no permitiré que les haga daño.
Sus dedos temblorosos buscaron las llaves mientras él continuaba golpeando la ventanilla con creciente furia.
—¡Perra estúpida! —rugió, sacudiendo todo el vehículo—. ¡No llegarás a ninguna parte! ¡Nadie te creerá una sola palabra!
—Mírenme —les dijo a las pequeñas con una calma fingida—. Pase lo que pase, no miren atrás. Solo mírenme a mí.
El motor cobró vida con un rugido que se mezcló con las obscenidades que él gritaba. Ella pisó el acelerador justo cuando él conseguía meter parte del brazo por la ventanilla rota. El tirón lo hizo trastabillar y caer sobre el asfalto helado, lanzando un alarido de rabia que pareció salir de las entrañas del infierno.
—¡Te encontraré aunque tenga que buscarte bajo las piedras! —su voz se elevó en la noche mientras corría hacia su propio vehículo—. ¡Disfruta tus últimas horas con vida!
A través del espejo retrovisor, las luces de otro auto cobraron vida, acercándose a una velocidad alarmante. La mujer apretó aún más el acelerador, con la mirada dividida entre el camino oscuro frente a ella y la amenaza que se acercaba por detrás. El sabor metálico de la sangre inundaba su boca, mezclándose con las lágrimas silenciosas que corrían por sus mejillas.
—No tengan miedo —susurró, aunque el pánico se filtraba en cada sílaba—. Solo un poco más y estaremos a salvo. No volverá a tocarlas, lo prometo.
La pequeña comenzó a llorar con más fuerza, un llanto desesperado que retumbaba en el interior del vehículo. La curva apareció de pronto, demasiado cerrada, demasiado repentina. Las luces del vehículo perseguidor la cegaron a través del espejo.
El chirrido de los frenos se mezcló con un grito ahogado. El volante giró violentamente bajo sus manos ensangrentadas. Detrás, el sonido de otro vehículo derrapando, luces cegadoras, un estruendo metálico cuando el auto del hombre colisionó con un camión que apareció de la nada.
El impacto lanzó su propio vehículo contra un árbol centenario que se alzaba como un centinela silencioso junto a la carretera. El tiempo pareció detenerse en ese instante, suspendido en un momento de cristal roto, metal retorcido y gritos silenciados.
Después, quietud.
Solo el débil llanto de un bebé rompía el silencio sepulcral de la noche. Las gotas de sangre resbalaban lentamente por la frente inmóvil de la mujer, mientras sus ojos, que se abrían,, reflejaban la luna que finalmente había encontrado un hueco entre las nubes para iluminar la escena.
En algún lugar de la carretera, dos vehículos destrozados marcaban el fin de una huida y el comienzo de una historia que tardaría años en revelarse completamente. Una historia de secretos enterrados, mentiras destructivas y verdades que, como cuerpos en una morgue, siempre terminan saliendo a la luz.