Para nuestro primer aniversario de bodas me invito a cenar y me regaló una hermosa pulsera de oro como símbolo de su gran amor, yo le di un reloj, le encantan tanto que los colecciona, a veces pienso que para que tener tantos, pero a él le fascinan y los utiliza según la ocasión. No sé cómo podemos ser el uno para el otro, siendo tan diferentes, en nuestro caso es cierto que los polos opuestos se atraen.
Al día siguiente me levantó con un delicioso desayuno en la cama, zumo de naranja, mini croissants, cereales, cupcakes de galleta oreo y fresas con nata, la bandeja tenía forma de corazón, el sueño se me espantó en un segundo, verlo sentado a mi lado sosteniéndola hizo que me saltaran las lágrimas, aludía que no solo un día marcaría la diferencia, sino todos los días de nuestra vida juntos. Me pareció de lo más tierno y hermoso, era imposible no enamorarme cada vez más de ese maravilloso hombre.
Como era de esperarse la nata dio inicio a uno de nuestros acostumbrados juegos. Ese primer año era perfecto, no conocíamos el significado de la palabra pelea.
Sus padres nos visitaban regularmente, las reuniones familiares eran en casa, al principio pensaba que tener a mi suegra lejos era lo mejor, no soportaría que se metiera en la relación, pero luego me di cuenta que era una leyenda urbana el concepto que se tiene de ellas o yo simplemente tuve suerte, porque la mía era la mejor de todas.
La vida me seguía sonriendo y era feliz, Paty estaba muy contenta por mí, nos veíamos a menudo, para esa época comenzó a salir con un chico que le gustaba mucho.
Nos presentó a Richard Bustamante en una de nuestras reuniones, un chico muy agradable con el que hace buena pareja, Daniel y él se hicieron amigos casi que de inmediato, no como Paty y yo, pero se notaba el aprecio. Quedaban para jugar al tenis y al golf, mientras que nosotras aprovechábamos para relajarnos o salir de compras.
Sin darnos cuenta se acercaba nuestro tercer aniversario, idee el mejor regalo que pudiera recibir, algo que no se esperara y que nos uniera aún más.
Preparé una velada romántica en casa con música, champagne y una deliciosa cena, estuve tomando agua, le expliqué que me encontraba un poco indispuesta, nada de qué preocuparse, se alarmó de igual forma, me llevó un rato convencerlo de que no era necesario ir a urgencias.
Pasada una hora y habiendo entrado en calor me dio su regalo de aniversario, esta vez fueron unos hermosos y brillantes pendientes de oro blanco con piedras de zafiro azul. Tenía la facultad de sorprenderme, nunca podía competir con sus regalos, hasta ese momento en el que le daría aquello que ni todo el dinero del mundo puede comprar.
Le entregue un sobre, lo pesó intentando adivinar que era. –Son unos tiquetes dijo con seguridad, sonreí y negué con la cabeza. Se levantó de la silla y se dirigió a la lámpara de pie del salón, lo miro, lo giro buscando adivinar de qué se trataba
–No es mejor que lo abras espeté. Es tu regalo, puedes abrirlo, no tienes que ser tan misterioso.
–Me miró y siguió como si no hablara con él. Levantó el sobre y lo puso a contra luz. –No se ve nada, dijo vencido, sin más agarró el abre cartas, rompió el sobre y sacó el papel. –Enmudeció por unos segundos, yo lo miraba perpleja, levantó la mirada y gritó “Voy a ser papá”.
En el sobre se encontraba el resultado positivo de mi prueba de embarazo con la frase “Felicidades futuro papá”.
El periodo no me llegó ese mes y me preocupe, nunca antes había pasado, las sospechas de mi embarazo fueron confirmadas cuando Paty me obligó a comprar una prueba de farmacia, el corazón se me encogió al ver aparecer las dos líneas rojas. Él hablaba de tener familia, pero nunca lo intentamos, se acercaba el aniversario y supe que ese era el regalo perfecto.
Guardar el secreto durante las siguientes dos semanas fue cruel, deseaba contarle que su sueño se iba a hacer realidad, gritar a los cuatro vientos que seriamos padres, pero tuve que contenerme hasta ese día.
Corrió hacia mí y me tomó en sus brazos besándome con pasión
-Gracias mi amor, runruneó en mi oído -es el mejor de regalo del mundo. Su rostro fue invadido por las lágrimas, se apartó un poco, empezó a saltar dando vueltas y gritaba repitiendo la misma frase -¡Voy a ser papá!, ¡voy a ser papá!
Me acerqué para que se detuviera, la cabeza empezó a dolerme. Llenó su copa nuevamente y brindo por los dos, se reía y decía que ya entendía por qué no estaba bebiendo. Por supuesto debía cuidarme más, alimentarme mejor, comer muchas frutas, comprar libros.
No dejó de hablar, era como si le hubiesen dado cuerda y mi dolor iba en aumento. Lo callé con un beso –Vamos a tomarlo con calma, tendremos tiempo de investigar le aseguré.
Ese día fuimos a la cama temprano, el seguía parloteando de felicidad, mi cabeza estaba a punto de explotar y le pedí que se tranquilizara, me miro y comprendió, se acomodó de lado y puso su mano en mi frente, al rato simplemente quedé dormida.
La noticia fue una maravillosa sorpresa para toda la familia, los míos sin importar la distancia compartieron la dicha de igual manera, los padres de Daniel se enloquecieron, sobre todo su madre, ya planeaba todo tipo de cosas. ¡Por Dios que locura de familia!, los apreciaba, pero la verdad era que en algunas ocasiones me asfixiaban hasta tal punto que no podía soportar más, ¿tal vez era mi nuevo estado?, no lo sé, pero deseaba estar sola por momentos, cosa que no entendían, siempre a mi alrededor sin dejarme respirar.
El embarazo fue normal, tuve algunos cambios de humor y muy pocas nauseas, los meses pasaron y yo seguía estupenda. En las ecografías el bebé no se dejó ver, no supimos el sexo, pero eso no importaba, enloquecía al sentir esa nueva vida creciendo dentro de mí, era lo más hermoso que había experimentado. En los últimos dos meses no pude dormir bien, cualquier postura que tomara me fastidiaba. Mi cuerpo cambió por completo y pensé que no volvería a ser el mismo, eso era lo de menos, lo más importante era mi bebé, esa bendición que Dios nos daba, la oportunidad de ser padres y queríamos hacerlo lo mejor posible.
Se acercaba la recta final, en la noche del 26 de mayo comencé con contracciones, Daniel me llevo a la clínica, los dolores eran horribles, quería pegarme contra las paredes, era insoportable y deseaba que pasaran. Después de 7 largas horas de sufrimiento, llegó al mundo mi adorable hija, una niña, ¡no podía creerlo! El dolor era cosa del pasado, un simple recuerdo. Es cierto cuando dicen que todo se olvida y eso me pasó al ver su pequeña cara. Por fin la teníamos entre nosotros, se quedó prendida a mi corazón para siempre, el amor de madre es algo inexplicable, la quería desde el vientre y ahora que estaba conmigo me sentía la mujer más feliz, llegó a este mundo un 27 de mayo para alegrarnos la vida.
Esa pequeña criatura se volvió nuestro rayo de sol, la llamamos Gabriela, se portaba tan bien que hasta llegue a preocuparme, pero el pediatra nos dijo que no todos los niños eran iguales y que nos había tocado un ángel.
Al ser padres primerizos comprábamos todo cuanto veíamos, nuestras prioridades cambiaron. Lo primero que conseguí en una tienda para bebés fue un aparato que mostraba por que lloraba, era divertido ver iluminarse cada una de las caritas ya sea por hambre, fastidio o sueño. Igual nos pasó con el vigila bebé no dejaba de mirar esa pequeña pantalla, asegurándome que todo estuviera bien.
Lo peor llegó al tener que cambiarla de habitación cuando cumplió los tres meses, mi suegra aseguraba que era lo mejor para no crear dependencia hacia nosotros. Gabi lo tomó bien, pero yo estaba afectada, esas primeras noches apenas podía pegar el ojo.
Con el paso del tiempo se mejoró la situación y pude acostumbrarme, yo necesitaba estar más cerca de ella, que ella de mí, se convirtió en mi todo. Nos volcamos en ella, Daniel no podía dejar de mimarla, y yo no quería apartarme de su lado, por lo que decidimos que después de la licencia de maternidad no volvería al trabajo hasta que cumpliera los dos años.
Lo hicimos de esa manera y llegado el momento me quede en casa, dedicada a mi hogar y disfrutando de los primeros años de nuestra hija. Al principio me sentí bien estando con mi niña a tiempo completo, pero poco a poco me sofocó la monotonía, apenas y tenía contacto con Paty y el resto de mis amigos. Ser ama de casa se volvió mi vivir diario, después de algunos meses no pude más, tenía que respirar. Daniel lo acepto e hicimos una escapada romántica con Gabriela. Me dio lo que estaba necesitando un cambio de aire, hacía tanto que no compartíamos como familia en otro ambiente diferente al de la casa, por fin podía sentirme como antes, aunque más feliz con mi pequeña princesa.
Ese fin de semana pensé que lo mejor era que volviera a trabajar, Gabi tenía año y medio y podía perfectamente entrar en la guardería, yo tendría mi propio espacio, necesitaba volver a manejar mi dinero sin tener que depender de Daniel.
Mi suegra no lo tomó bien, se opuso, decía que mi deber era dedicarme de lleno a mi hija, que esa era mi prioridad, Daniel estuvo de acuerdo con ella. Su madre es una persona muy posesiva y nunca en su vida ha trabajado, para él eso era normal, pero no para mí. Desde un principio decidimos que volvería a trabajar cuando Gabi tuviese dos años, el pidió que cumpliera mi palabra, a lo que accedí, pero le deje claro que no iba a quedarme más tiempo en la casa, que me estaba volviendo loca.
Es digno de valorar a las amas de casa, todo el esfuerzo y dedicación que ponemos en las tareas diarias del hogar, aun cuando no es una labor agradecida, creo que esa era la verdadera razón de mi fastidio, para Daniel era normal verme todos los días en ese rol, no me arreglaba como antes. ¿Para qué?, sino solo cuidaba de mi hija, mi suegra también era una gran lidia, metida en nuestra casa como dueña y señora, según ella enseñándome lo que debía o no hacer, esa rutina me mataba lentamente.
Las conversaciones con Paty le daban color a mi vida, de vez en cuando me visitaba o nos veíamos fuera para tomar café y distraerme. Ella se encargaba de Gabi, siempre la ha querido y por eso la escogí como su madrina. Nunca pensé que ese gesto traería problemas a mi matrimonio, mi suegra decidió que la madrina sería mi cuñada. No era que no la quisiera, pero ella es su tía y nunca dejara de serlo. Después de varios altercados con Daniel le conté a Paty, ella misma se hizo a un lado, no quería que tuviese más problemas. Me llené de ira, ellos escogieron como padrino al mejor amigo de Daniel, Yezid a quien conoce desde la infancia, otro ricachón igual ellos, ¿porque yo no podía elegir a mi mejor amiga? Era injusto de su parte, Daniel no me apoyó y dejó que su madre controlara ese tema. Paty no aceptó por nada del mundo, le supliqué, pero ella prefirió evitar una catástrofe matrimonial.
De eso hacía seis meses, ella era más cariñosa con mi niña que su propia tía que solo se limitaba a llenarla de regalos, pero no de amor, a diferencia de mi querida amiga.
Como en todas las celebraciones de mi familia política, el bautizo de Gabriela fue un acontecimiento social del que hacer alarde, algo que no me agradaba mucho, no era bueno que creciera en un ambiente donde todo parecía merecerlo. De nuevo una cantidad innumerable de personas desconocidas hicieron acto de presencia, algunos habían estado en la boda, el resto no sé de donde salieron, ya me importaba poco quienes eran. La mayoría fueron formales y mantuvieron su distancia a excepción de Rafael, primo de Daniel, estaba borracho, se tambaleaba de un lado para el otro, en una de esas casi caídas Daniel logró sostenerlo antes que el piso lo esperara.
-¡Qué familia más hermosa la que tienes primo!, -el fuerte olor a alcohol me provocó nauseas, aunque estaba alejada de él su peste llegó a mi olfato.
-Muchas gracias Rafael, contestó Daniel como si no le molestará ese desagradable hedor, Rafael transpiraba licor, su aspecto desaliñado acompañado de un repetitivo y molesto hipo contaminó el ambiente.
- Te presento a mi esposa Carolina y a mi hija Gabriela, nos señaló y no pude escapar a tiempo
-Mucho gusto expresé, extendiendo mi mano
-La suya sudorosa y áspera aumentó el asco que me producía, apretó fuerte lastimándome, sacudí para soltarme, pero él fue más rápido y me tiró del brazo balanceándome hacia su cuerpo
-Somos primos ¡déjame abrazarte!, puso su asquerosa mano en mi trasero y de la manera más pervertida comenzó a apretarlo.
-Clavé mi uñas en su cara, un grito seco salió de su garganta llamando la atención de los invitados, me solté con tanta fuerza que lo tire al piso
-¿Estás bien primo? le dijo Daniel ayudándolo a levantar
-Tienes una leona que debes domar, -sobaba su mejilla - vaya fuerza la que tiene. -Ambos soltaron una carcajada
-La sangre se me subió y noté un palpitar en las sienes, de nuevo el dolor de cabeza me atacaba. ¿Cómo es posible que mi marido permitiera ese tipo de comportamiento? no me importaba si Rafael estaba borracho, su deber era defenderme y alejarlo de nosotras, pero no, lo único que se limitó a decir era que habíamos tenido un mal comienzo.
-Paty presenció la escena, se nos acercó diplomáticamente, tomó a Gabi y nos fuimos al otro lado del jardín
-Cálmate Carolina, toma un poco de agua dijo ofreciéndomela
-La mano me temblaba y no pude sostener el vaso -No puedo creer que ese tipo me tocara de esa forma en frente de todo el mundo
-Me dio a beber como a una niña -reaccionaste muy bien, ¡qué buena estuvo su caída!, no evitó reírse al acordarse del momento -la disfrute mucho agregó
-¡Sí! Fue muy gracioso respondí, me contagió su risa y no pude contenerme tampoco. - Verlo ahí tirado estuvo genial, ¡para que no sea tan atrevido! Espeté furiosa
-Es el bautizo de Gabi, debes ser superior a la situación. –Se levantó, cargó a Gabi y muy dispuesta sacudió mi silla - Volvamos a la carga amiga –es imposible negar que Paty tiene carisma y es de armas tomar, tenía toda la razón, es el bautizo de mi niña y nada lo va a estropear
Al volver a la reunión todo parecía normal, como si no hubiese pasado nada, Rafael ya no estaba. Supuse que lo habían enviado de vuelta a su casa, pero tampoco quise preguntar por él para no generar ningún tipo de polémica.
Al caer la tarde los invitados se fueron despidiendo, como era costumbre Paty se quedó para ayudar en lo que fuera necesario. Aunque en este caso tampoco hacía falta, mi suegra se encargó que no tuviésemos que mover un sólo dedo durante la fiesta y mucho menos después. Mis amigos fueron los últimos en marcharse no antes de pasar un buen rato charlando como en los viejos tiempos.
Después del altercado con su primo, Daniel parecía estar normal a los ojos de los demás, yo noté que su semblante cambió, reía sin ganas y exageraba en la atención que le daba a cada persona, era como ver un político buscando votos para las próximas elecciones y no volvió a acercarse a mí.
En el coche camino a la casa no me habló, por temor a discutir me mantuve ocupada con Gabi que seguía despierta. Tan pronto llegamos a la casa le pregunté qué pasaba.
-Se levantó de la silla con cara de asombro. -¿Qué crees tú?
-No sé, por eso te pregunto, -Volví a la habitación de Gaby que lloraba, mientras la alistaba para dormir me tomó de los brazos
– ¿Qué piensas de lo que hiciste?
-¿De qué hablas? –Sacudía mi cuerpo y me apretaba más fuerte
-No entiendo, le dije entre lágrimas
-Claro que entiendes ¿no te hagas la tonta?, -liberó mis brazos y volteó la cara, su mirada de desprecio me despedazó -hablo del espectáculo que diste con Rafael
-Le puse a Gabi su música favorita y salí de la habitación. -¿de qué hablas Daniel? Sus palabras hicieron eco en mi cabeza -¡Espectáculo!, ¿perdón?,
-¡Sí!, -el grito ahogó el sonido de sus pasos siguiéndome -¿quién te crees para hacerle eso a mi familia?
-Aceleré la marcha alejando el ruido del cuarto de Gabi, volteé enérgicamente y le recrimine -¿Quién debería estar ofendida soy yo?, -retrocedió y herida en mi orgullo le vociferé ¿qué querías que hiciera? ¿Dejarme tocar?, ese hombre me humilló públicamente.
-Tiró de mi vestido enfurecido, un pedazo del mismo colgaba en su mano, mis pechos quedaron al aire
-Si no te vistieras tan provocativa los hombres no tendrían ganas de tocarte, -enrolló la tela en su mano rompiendo lo poco que me cubría -eso te lo buscaste tú solita
-Forcejeé para evitar que me desnudara por completo, su fuerza era superior a la mía, bajé la cremallera del vestido y me lo quite dejándolo en sus manos. -¿Qué dices? ¡Insinúas que soy una cualquiera!
-No me grites, tú lo sabrás –rompió el traje en dos y lo lanzó a mis pies
-El aire frio que entraba por las ventanas me recordó que estaba en ropa interior, miré mi cuerpo semidesnudo por su culpa y vi las marcas que su apretón produjo en mis brazos. Tuve ganas de caerle a golpes y en vez de eso solté el veneno que me mataba.
-Que no diga nada cuando mi marido me culpa por el comportamiento inapropiado de su primo. ¿Cómo es posible que busques excusa a tu cobardía?, -me puse en frente suyo señalando los moretones –Mira lo que has hecho
-Tú tienes la culpa por vestir como una cualquiera, -muy ágil se apartó de mi lado -no pareces una mujer decente
-¿De qué hablas? –lleve las manos a la cabeza, no salía de mi asombro -que tiene de malo mi forma de vestir. –Recogí el vestido del piso y se lo lancé a la cara -Te recuerdo que así me conociste
-Caminó a la cocina y lo echo en la caneca de la basura. -Pues ya es hora que vayas cambiando
-¡No puedo creer lo que escucho!, -me senté en el borde del sofá digiriendo las sandeces de mi marido, las ganas de pegarle crecían en mi interior -yo no visto de manera atrevida, mucho menos ando por ahí viendo a que hombre provocar para que se abalance sobre mi
-Ignoró mis palabras y dio media vuelta -No tengo ganas de seguir discutiendo contigo, -agarró la chaqueta y caminó al dormitorio - mañana hablaré con Rafael y le pediré disculpas por lo que pasó
-Brinqué del sofá siguiéndolo, la ira me controlaba -Disculpas las que tiene que pedirme él a mí
-Se giró, levantó la mano y me gritó -¡He dicho que ya basta!
-¡Basta que! ¿Ahora vas a pegarme también?, -baje su mano dándole un manotazo, -no pretendas que deje pasar esto
-¡Cállate! -Sujetó fuerte mis brazos,
-¡Suéltame!, -su mirada asesina me asustó, baje el tono de mi voz y en un susurro desesperado le dije que me lastimaba
-Me liberó y siguió su camino -Dormiré en la habitación de invitados
-Una punzada en el pecho impedía que hablara, mis palabras se ahogaron antes de salir
-¿Qué te pasa Daniel? ¡Daniel!, ¡Daniel! –guarde la esperanza que volviera por mí, pero no fue así, quede en la mitad del pasillo sola y medio desnuda
Esa noche me quede en la habitación pensando en lo sucedido. ¿El porqué de su reacción? Y a que venía lo de cambiar mi forma de vestir.
Durante horas mi mente estuvo dando vueltas recordando el suceso con Rafael, las palabras de Daniel, su comportamiento, nunca habíamos discutido de esa manera. ¿Por qué ponía a su familia por encima de mí? Si yo fui la ofendida
No sé en qué momento me dormí, recuerdo que la última vez que miré la hora eran casi las 5 am. Al poco rato me levantó el llanto de Gabi, comprobé por la cámara que estaba moviéndose demasiando, la noté un tanto fastidiada. Me sentía muy cansada, como pude me levante y fui a su habitación, comprobé que no le pasaba nada serio, le di de comer y nos volvimos a quedar dormidas. No quise comprobar si Daniel seguía en la otra habitación, continuaba indignada, tantas vueltas en mi mente y la respuesta era la misma, yo no tuve la culpa y no tenía que sentirme mal.
Al levantarnos Gabi se inquietó, nos pusimos a jugar en su casa de muñecas, yo aún seguía preocupada por todo lo ocurrido, pero no iba a ceder pidiendo disculpas por algo de lo que no era responsable. Me dedique a mi pequeña y a mí durante el día. Daniel apareció en el salón muy tarde y de mal genio, besó a Gabi y se preparó su desayuno, a mí ni me volteo a mirar, eran dardos que atravesaban mi corazón, el resto del día siguió con la misma actitud hasta que no pude más.
-Lleve a Gabi a su cuarto y al volver bajé el volumen de la tele -¿Por qué estás así conmigo? Tenemos que hablar
-Ya te lo dije ayer, -subió el volumen al doble de lo que estaba
-Le arrebate el mando y apagué la tele -Decirme, pero si no entiendo nada
-Ofendiste a mi familia –su triste historia me irritó de nuevo, yo buscaba arreglar las cosas y él se aferraba a esa estupidez
-Respiré profundo y bajé la guardia -La ofendida soy yo, -mis palabras salían en un tono apaciguador -no quiero comenzar de nuevo con eso le dije con dolor
-Acoplado en el sofá se echó hacia atrás mostrando aires de grandeza, el héroe que nunca pedí apareció en esos momentos -Ayer tuve que pedir disculpas a toda la familia por tu comportamiento inapropiado
-¡Perdón! –era inaguantable su actitud, exhalé el aire que por dentro me contaminada -mi comportamiento fue excepcional al contrario del tuyo le recriminé
-¡Sí!, no pongas esa cara de mosca muerta.
Era hiriente como me trataba, su rostro cambió de nuevo y la barbilla le temblaba, el crujido de sus dientes llegó a mis oídos -Mi madre está muy ofendida
-¡Tu madre!, -sabía que Daniel es influenciable y que su madre hace con él lo que quiere, pero llegar a este punto era demasiado.
-¿Qué tiene que ver ella con esto? Pregunté enfurecida, camine hacia el lado contrario, la ira se apoderaba de mi por instantes.
-Pues mucho, -se le ilumino el rostro al recordarla y habló con voz de admiración -ella dio la cara por nosotros. –fue a la cocina y abrió la despensa buscando que comer
-La voz me temblaba, no podía creer lo que escuchaba. Ok, entonces ¿qué fue lo que hice? Según tu distinguida familia
-Mi madre piensa que no fue correcto poner en ridículo a Rafael, espetó fijando la mirada en el pan al que le untaba mermelada
-El ambiente se volvió denso, no pude evitar la irritación. ¡Tu madre acaso vio lo que él me hizo!
-¡Eso no importa! –levanto el cuchillo en actitud amenazadora, apreté los dientes dejando ver mi rabia y de inmediato reacciono, bajó la mano y puso el cuchillo en el mesón.
-¿Cómo que no importa? Tú lo viste y que hiciste. –camine de esquina a esquina el salón, agitaba los brazos recordando ese desagradable incidente -Ya sé, “nada”, ¡eso lo fue lo que hiciste, absolutamente nada!, le grité como una energúmena
-¿Querías que le pegara? Se escuchó del otro lado acompañado de un chirrido de cristal.
-Claro que no, pero sí que me lo quitaras de encima, hacer que me respetara, no sé cualquier cosa. Apreté el puño conteniendo mi furor
-Tú te defendiste bastante bien, -abrió la nevera, saco yogurt y volvió al sofá - no veo para qué necesitabas mi ayuda
–El arma que usó contra mí fue esa indiferencia que suprimía el deseo de arreglar las cosas, sin nada que hacer me di por vencida
-Perfecto hemos terminado, di media vuelta y me fui a la habitación, necesitaba otro aire. Era ilógico que siguiera culpándome. Se quedó en el salón y no fue capaz de pronunciar otra palabra, el día termino sin que volviéramos a hablar, esa noche también durmió en la otra habitación.
Pasaron tres días y su conducta seguía siendo la misma, le servía la cena al llegar del trabajo y para él yo era similar a una pared, me partía el corazón, pero no di mi brazo a torcer, bastante me había humillado y él no me valoraba. Al cuarto día se presentó como si nada hubiese pasado, me habló y me trató igual de lindo que antes, no tocamos más el tema de la fiesta, aquel detonante de nuestra discordia, preferí callar para no complicar la situación.
Mi suegra iba a la casa como siempre, a partir de ese momento me volví muy recelosa de ella, no olvidé que sus comentarios nos llevaron a ese pleito. Soy consciente que es muy dada al qué dirán o que pensaran los demás, pero llegar hasta ese extremo fue demasiado, incendiar a su propio hijo poniendo en peligro nuestro matrimonio fue un límite que no debió cruzar.
La trataba lo más normal que podía y con mis acciones le hice ver, que de la crianza de mi hija me encargaba yo. Ella decidía lo que vestía y comía, la llenaba de regalos y le permitía que se portara mal, como si fuera gracia que lo hiciera.