La numerosa caravana salía de la ciudad custodiando el carruaje de la princesa. Su regencia en el sur sería por el bien de todo el reino y no podía permitir errores. Por petición expresa de su padre debía mantener su identidad de princesa oculta, a partir de ese momento pasará a llamarse como la gobernadora de Herem.
El viaje transcurrió con normalidad. Y cuándo al fin llegaron a Heren fueron recibidos por los nobles de la ciudad quienes eran apáticos a la orden de su majestad. Y que, además, les molestaba la presencia de la princesa en la ciudad.
—Bienvenida gobernadora —el nombre de mediana edad la recibe con una venia.
La joven sólo asiente. Su mirada recae sobre los otros presentes quienes la miran hostilmente.
—Llévame a dentro—ordena duramente.
El hombre le da la espalda y camina en dirección a la ciudad. A medida que se acerca Xana logra ver la grandiosa puerta hecha en madera de roble, al interior de la ciudad los ciudadanos paseaban con tranquilidad y al percatarse de la desconocida su atención recae sobre ella.
La mirada curiosa de los ciudadanos seguía cada uno de los certeros pasos de la princesa maravillados por la vibra de mando y seguridad. "Miren sus ropas son muy costosas" "¿quién es ella? ¿qué hace aquí?"
Xana miraba a sus alrededores buscando un lugar visible para los ciudadanos. Estaba muy enojada. Los nobles ni siquiera habían expuesto el decreto real. Caminando aceleradamente se sube sobre una escalinata. Las personas la miran con una mezcla de sorpresa y confusión.
—Muchos se preguntarán quién soy y porque he venido aquí. Estoy en su ciudad para funcionar como regente —Xana pausa esperando la reacción de los ciudadanos—, es un decreto real su majestad me ha enviado para gestionar la relación con el sur.
—¿Porque mandaría su majestad a una jovencita?
—Su majestad me ha confiado este asunto porque sabe que soy totalmente competente de lo contrario no lo habría hecho.
—Su majestad es sabio, no ha enviado a esta jovencita si ella no fuese útil.
—Es cierto —apoyan los ciudadanos.
***
El pabellón claro de Luna fue asignado a la princesa. Su doncella trabajaba afanosa organizando sus pertenencias mientras ella leía.
—Alteza, ¿Desea ponerse su camisón para dormir?
—No Lizzy, prepárame el vestido escarlata.
—Alteza, ¿Piensa ir al banquete?
—Sí.
—Pero no la invitaron, alteza.
—Es hora que les enseñe cómo se juega ahora.
Lizzy vistió a Xana con aquel vestido de color rojo carmesí, el corpiño estaba lleno de pequeñas flores de igual color y la falda era tan ostentosa como su propia obstinación. Su rizada melena platinada iba recogida en un voluminoso moño con adornos de oro y paletas.
Xana salió de su habitación, de igual manera de su pabellón hasta dónde se estaban celebrando el banquete. Al llegar a las puertas del salón, las empujó con fuerza haciendo qué estas sonaran estruendosamente alertando a los presentes.
Las miradas cayeron sobre ella quemándola al instante, Xana mentalmente se vierte una capa de hielo apagando automáticamente el fuego de aquellas miradas.
—Gobernadora —la saludaron mecánicamente.
La joven princesa avancé comediantes a llegar al cabecero del Gran comedor.
—¿Cómo puede estar separada la espina de la rosa? —El silencio invade el comedor al igual que la tensión—. Una rosa siempre estará acompañada de espinas, sin embargo, eso no impedirá que el campesino admire su belleza.
—¿Qué quiere decir? —reprocha Lord Mage, un rico burgués.
—¿Cómo pueden separarnos las diferencias sí somos un solo reino? Si hay algo en lo que estén en desacuerdo pueden muy bien notificar a su majestad. Aunque, lo único que recibirán es su furia por no acatar su decreto.
—La ciudad ha estado bajo nuestro liderazgo, es así hace generaciones ¿por qué una jovencita viene a vernos órdenes? —habla por primera vez el alcalde de la ciudad, Lord Murphy.
Xana golpea con ira la dura madera del comedor haciendo respingar a las cabizbajas y asustadas hijas y esposas de los nobles presentes.
—Lord Murphy, está anteponiendo intereses personales al bienestar social del reino, ¿acaso planea rebelarse? —acusa con astucia y notable enojo.
El encorbatado se levanta de la silla, va hasta ella y se arrodilla.
—Discúlpeme gobernadora, mi intención no es rebelarme hacia el rey.
—Entonces no se interponga más en mis asuntos y acepte el decreto —le ordena poniéndolo entre la espada y la pared.
—Sí, gobernadora. —Se ve obligado a responder.
El temperamento de la mujer alarmó al hombre, pues, en un principio pensó que la joven sería fácil de manipular, pero no era así, aquella era una personalidad difícil de tratar y un estorbo muy grande en su camino.
¡Una mujer dándole órdenes! simplemente no podía permitirlo.
Xana se levantó muy temprano e hizo su caminata matutina, el cálido aire de la ciudad entró por la nariz de la princesa haciéndola suspirar por la frescura. Miró al horizonte encontrando los territorios del sur, el humo de las chimeneas empezaba a salir de las edificaciones, dando inicio a un nuevo día. Ese día los Príncipes sureños visitaría la ciudad. "Apenas comienza la batalla" pensó
Las calles de la ciudad se encontraban en una calma poco usual.
Los Príncipes entraron a la ciudad montados en sus fuertes caballos. Sus vestimentas con bordados en oro y plata brillaban con intensidad a la luz del sol.
Al final del corredor los esperaba Xana, con una expresión carente de emociones.
—Saludos a sus altezas —saluda Xana haciendo una perfecta venia
—Gobernadora —dicen en una sola voz
***
La sala de audiencias pronto empezó a llenarse de los comentarios de casi todos los Príncipes excepto del hombre de mirada grisácea y cabello n***o que examinaba cada una de sus palabras.
—¿Por qué justo ahora quieren retirar las relaciones con nuestro reino?
—Gobernadora, estamos cumpliendo las palabras de nuestro rey.
—El reino Franco se lamenta mucho por esto, pero quiero insistir en un tratado de paz entre ambas naciones.
—El reino Dorado ya ha hecho muchos pactos de paz, ¿para qué más? —habla el principe de Lanes
Xana dirige al príncipe de manera dominante, su mirada cae con pesadez sobre el hombre y la mantiene por varios segundos, hasta que el hombre baja la mirada sintiéndose intimidado. El hombre no se había percatado de su error.
—¿Muchos pactos?
—Gobernadora, lo que quiere decir el principe de Lanes es que los pactos entre los cuatro reinos establecidos hace 200 años son lo suficiente comprometedores como para limitar la guerra. —Habla por primera vez el principe que hasta hace unos momentos se mantenía en silencio.
Xana sopesó las palabras del hombre, sin embargo, no encontró error del cual contraatacar. Aquel hombre era meticuloso con cada palabra que salía de su boca, comprendió que ese hombre era un digno rival o tal vez... Un aliado. Solo tenía algo seguro, mientras no podía confíar en él.
***
La noche cayó sobre la ciudad y ante la ausencia de miradas acusatorias Xana paseaba los valles dentro de la ciudad. La dura piedra maltrataba sus pies descalzos y ante la molestia camina sobre el pasto, una sonrisa se escapa junto con pequeñas carcajadas, empezó a correr dejando atrás a Lizzy que entre jadeos la regaña.
—Alteza, no haga eso
—Vamos Lizzy, no aguantas nada.
Las mujeres siguen su camino entre risas cuando se topan con un puente muy alto, Lizzy se queda atrás mientras Xana sigue adelante, paso a paso Xana llega hasta la cima del puente agarrándose de la baranda de concreto. Las placas del puente se desprenden abruptamente haciendo que Xana empiece a caer. Lizzy en un intento de salvarla corre hacia ella, sin embargo, ve la figura de un hombre atravesar el puente por el lado opuesto y tomarla por los hombros, Xana choca con dureza en el pecho del hombre.
Su respiración era acelerada y sus cabellos platinados se salían de su recogido, dando la impresión de ser un gatito asustado.
—¿Qué hace aquí, milady? —La voz era de uno de los Príncipes.
—Lo mismo me preguntó, milord.
—No imaginé que la inasequible Gobernadora de Herem sería tan mortal como yo —el principe habla a su espalda.
—También soy humana, Alteza. En fin, le agradezco mucho, principe de...
—Ronda, soy el principe de Ronda.
La mirada de Xana se vuelve vacía, dando rienda suelta a los recuerdos.
La pequeña niña corría feliz a través del jardín de su palacio, sus cabellos rubios revoloteaban a su alrededor. Quería jugar un rato otro más. Su padre no la dejaba jugar debido a algún problema de su piel, La nana María siempre le decía que tuviese cuidado con su piel, no debía exponerse mucho al sol. Pero ahora solo quería jugar... Solo un ratito.
Después de correr por el extenso valle del palacio se topa con un pequeño lago artificial. La niña emocionada se empieza a inclinar sobre el agua caliente cuando sus pequeños pies resbalan por el barro haciéndola caer al agua. A pesar que el lago no era profundo, la niña aún era baja de estatura y no tocaba el fondo, lo que la hizo tragar agua a montones
Después de lo que ella pensó sería una eternidad sintió un estirón y por fin su nariz inhaló aire.
Aún en trance fue arrastrada hasta la orilla, abrió los ojos lentamente encontrándose con una mirada tormentosa.
—¿Está bien? —habla el muchacho de unos 15 años
—Si, gracias
—Ten más cuidado, puedes morir —el muchacho acaricia sus cabellos con cariño y da la vuelta para irse.
—Espera, ¿quién eres? —Pregunta la pequeña
—Ahora no soy nadie, pero algún día mi título será el principado de Ronda —dice con aires de rey.
—Cuando sea mayor le diré a padre que me case contigo —dice emocionada.
—Pequeña princesa, estoy seguro que cambiará de parecer cuando crezca. Solo viva feliz y nunca deje que nadie la subestime, levántate sobre ellos mostrando lo que eres.
—Lo prometo
Xana estaba frente a su tocador, la luz de las velas adornaba su nívea piel frente al espejo.
—Nunca cambié de opinión, siempre he seguido tú consejo y no me recuerdas —expresa melancólica
—Alteza, es mejor que se olvide de él. Fue perfecto que no la reconociera. Es un hombre calculador y no sabe sus intenciones.
—Es cierto Lizzy, no cometeré ningún error. Mi estadía aquí es crucial para el reinado de mi padre—. El ahora descongelado lago de emociones, producto de aquella calidez de los recuerdos se congeló de inmediato sin dejar rastro de aquel calor.
Sus sentimientos cedían poco a poco al torbellino proveniente del sur sin poder evitarlo y lo peor es que no tenía ganas de combatirlo.