Existen dos mundos muy bien divididos; El mundo de adentro, de mis padres, de lo que estaba bien y estable, donde siempre podía acurrucarme y donde nunca nada de lo que hiciera estaba suficientemente mal, y el otro, el mundo de afuera, de la realidad, de lo oscuro. El mundo oscuro traía la realidad, personas que no te aman, injusticias, pecados y problemas de dinero, cosas insolucionables y un destino cruel. Hambre, miseria, enfermedad y muchas otras visiones del mundo que quise obviar para llevarme la tranquilidad a la almohada.
Mi problema básicamente comenzó a gestarse cuando fui consciente de que podemos estar viviendo el mundo de afuera con la mente en el mundo de adentro. Y esa era yo, siempre altiva, dubitativa a la vez, poco consciente del material económico, de disciplina y sedienta de una búsqueda imparable de justicia y equidad que pocas veces es barajada en el mundo real. En el mundo real yo no existía, no existían mis pensamientos, mis opiniones y mis reflexiones, no importaba quienes eran mis padres y mucho menos lo que era justo y asequible para mi razón.
En parte, siempre había vivido con la mente en una parte del mundo porque también en parte el mundo me había hecho así. Mis padres no eran malos en lo absoluto, eran por lo contrario, extremadamente buenos, pero sin embargo me habían dado una vida de privilegios. Poco sabía de lo que significaba enfrentarse al mundo y ganármelo, de las luchas y de los valores intrínsecos de las cosas. Para mí, todo estaba ganado, todo ocurría y debía darse en mis manos por el solo hecho de ser yo. ¡Que injusto puede ser el privilegio y que fría y desoladora puede ser la consciencia del mismo!
Entonces, un día me encontraba hablando con Renzo sobre tonterías que no tenían mayor sentido, tampoco le prestaba mucha atención si puedo permitirme ser honesta. Supongo también que él tampoco estaba prestando suficiente atención y él estaba más interesado en tocarme el trasero que en lo que pasaba por mi mente. Entonces tuve una tonta idea, quería que nos comprásemos alianzas como sinónimo de fe. En realidad era algo tonto porque yo no quería casarme y él tampoco, ni comprometernos. Solo quería tener un anillo hecho a mi medida y que otra persona lo llevara como sinónimo de que estaba atado de alguna manera a mí, y eso por alguna razón me enternecía. Me enternecía, como muchas cosas rosas y que son parte del romanticismo. Aunque siempre renegara, en el fondo me gustaban las rosas, las muestras de romanticismo en público, las canciones de amor, las cartas y los regalos orquestados por industrias capitalistas. Me encantaban los regalos pensados en mí, que tuvieran cierta personalidad y que fueran exclusivamente ideados para regalarme a mí y que ésta fórmula no pudiera aplicar a otra igual. Me gustaban los collares de cierta marca, me gustaban los vasos y las tazas, los peluches solamente de osos, los sombreros y las coronas. En fin, cosas tontas e infantiles.
Cuando llegó el sueldo de mi trabajo de ese mes, tomé mi dinero dispuesta a gastarlo nuevamente sin consciencia alguna sobre estas cosas, pensaba en cómo debía estar labrada la alianza y en cómo me tomaría una foto mostrándola. Y luego, todo se dio en mi cabeza de una manera tan abismal, una diferencia tan fría y despiadada que fue imposible ignorar, no podía volver a gastar dinero tontamente luego de eso, y a su vez aquello me dolió de una manera tan gigantesca, que sentía que el mundo de afuera estaba vislumbrándose frente a mis ojos y que yo no estaba preparada, que era todo tan inmenso y tan poderoso que me sentía pequeña y había añorado tener la ignorancia de la niñez.
No había llegado a gastar aún el dinero de mi sueldo ni tampoco había llegado a decirle a Renzo que lo tenía en mano cuando escuché por encima que mi madre había pedido un préstamo al banco para llegar a fin de mes. Entonces, como cualquier persona prudente, o al menos según lo que yo consideraba prudente, le ofrecí mi sueldo. Mi madre no lo iba a aceptar de todos modos, o al menos había que hacerle llegar de otra forma, jamás aceptaría mi ayuda o una declaración de que su hija dejaría formalmente todo su dinero por el que había trabajado, en sus manos, como muestra innata quizás, de que ya no era una niña. En cierto modo, ella sabía que no podía vivir con el estrés de esa carga, pero no supo que me fue también difícil ver que con mi sueldo entero de un mes de trabajo no alcanzaba a desistir de pedir el préstamo al banco. Supe entonces, que se había abierto una puerta de salida a la consciencia. Y a los días siguientes comenzaron a cambiar los días.
Los días que le siguieron no fueron malos, solo estaban teñidos de otra manera. Eran como el resto de los días, pero más grises. Veía las calles profundizando en cada ser humano que se me cruzara y lo que podrían ser sus preocupaciones económicas, ya no veía, como podría haber visto antes de aquellos días, las vidrieras y cosas al azar que protagonizaban una escena y con la que establecía un mero contacto visual y un vínculo de una pequeña obsesión. Era tan feliz comprando que no me había dado cuenta lo infeliz que era trabajando, que el precio era muy alto para tan poco sacrificio, y ahí estaba, el mundo real, injusto y colmado de días grises y marchas a la almohada soñando para terminar las semanas, donde todos los días tienen realmente un nombre y un peso, donde el lunes es el comienzo y el jueves es más cálido porque se acerca al fin de semana, donde las semanas son cuatro y el final del mes es el desquite. Recuerdo haber visto en esos días a los borrachos con otra mirada, esta vez ya no me parecían solo borrachos. Sentía que entre ellos y yo ya no se formaban tantas diferencias, que aquella era su manera de despilfarrar el dinero del mes y vaciar la mente, de respirar, de darle una pausa al tiempo como si fuera posible.
Esos días dibujaron en mí la desgana total y el mal humor de los despertares, las personas que me hablaban me molestaban, el amor era mucho menos bonito de como te lo pintaban, el corazón me pesaba demasiado y mi respiración se volvió lenta, no habían drogas pero sentía que vivía por inercia. El tiempo que pasaba despierta lo pasaba deseando dormir, y dormir se volvió el único acto esperanzador del mundo a tal punto que pasar días en la cama no era tan malo como lo pintaban en las películas. En momentos lloraba, pero la mayoría del tiempo no y eso era frustrante, porque vivía un día más, pero me sentía más muerta que nunca. Comencé a darme cuenta que la rutina era dolorosa, que agobiaba, comenzaba a ser consciente de que podría durar para siempre y no quería vivir tanto tiempo ni pasar una sola eternidad de esta manera, y así mi mente comenzó a meterse de a poco en un espiral existencial donde lo único que podía visualizar era dinero y la consciencia de una productividad que ni siquiera me hacía moverme porque quisiera hacerlo, sino que generaba que me moviera porque el mundo se movía tan rápido que si me paraba un momento quizás era peor.
Aunque esa es la peor parte. Tener miedo de parar, saber que te sientes mal y tener miedo a sentirte peor de lo que ya estás.
Pensé entonces que la única salida a todo este desquicie era lo único que me era conocido, mi mente me pedía a gritos morir, a mi alma la había perdido en algún despiste y mi futuro y mi vida era un dibujo trazado a medias, a medias ganas de vivir y la otra dibujada por otros, pero jamás por mí. No había sido consciente de que nunca había tenido metas y que era completamente disfuncional cuando me atosigaba el mundo, que era un mal resultado de la sobreprotección y que al final el mundo se me había presentado de una manera tan irrisoria que tuve tiempo de sufrir por tonterías o si se quiere, por otras tonterías. Hoy mi sufrimiento tenía otro manto, que no pertenecía al mundo del que siempre había sido parte, sino al mundo de donde siempre me llamaron entre comentarios y gentíos, aquel que me gritaba todo el tiempo que estaba loca y que solo era demasiado tonta, que no tenía ni idea de la realidad, y ciertamente tenían una parte de razón. No había pertenecido entonces a ese mundo, y mis preocupaciones no eran las mismas. Pero el hoy traía otros problemas y las noches venían con otras aristas esta vez.
Nadie puede tenerlo todo.