Veía las fotos de Giuliano porque me las había topado en mi galería, así que decidí hacer algo que las personas no deben hacer, ver las fotos de su perfil, sabiendo que él ya no estaba aquí. Me había dado cuenta de una belleza nueva, de algo que ya no estaba con él, ni conmigo tampoco. No estaba en este mundo, y esa mirada angelical con la que lo volví a ver se siente como la miseria. No estábamos destinados a ser, y sin embargo, habíamos sido. Había entendido entonces, el pequeño puzzle que se arma llamado destino, vida o coincidencia. Era un viernes cualquiera, y un viernes de algunos años atrás, Giuliano había existido, había coincidido con otras personas y había transmitido felizmente su simpatía con otros, habría conectado con alguien que no hubiera sido yo ni su novia y así sucede, somos tan ajenos, el mundo no nos pertenece aunque creemos que sí. Solo somos personas conectadas con otras por segundos, por espacios, y casi nunca logramos sentir nada, y supongo que ese fue el comodín que llevó la existencia de Giuliano, el darse cuenta de que existían conversaciones vacías y por otro lado la sensación, y buscó, supongo, la sensación. Como la busqué yo.
Aunque la ternura y la miseria que me podía transmitir el hecho de ver sus fotos despertó en mí una envidia sana para conmigo misma por haber coincidido con él, lo cual fue único y solo nuestro. Y así como estuvieron las partes malas, también existieron las buenas. Y allí fue cuando fui consciente de una realidad; Renzo no era Giuliano. Giu me hacía sonreír, reír a carcajadas, llorar y lamentarme, en partes completas y cada parte se sentía tan enorme en el momento y cuando pasaba de una a otra me sentía terriblemente fatal, pero al final, era sentir algo. Y solo las personas que estén o hayan estado tan vacías por dentro alguna vez, alguien que haya sido roto por la vida tan amargamente, entenderá lo que es la búsqueda. La búsqueda de volver a encontrar algo, lo que sea, que te haga sentir de nuevo.
No era culpa de Renzo que los ángeles como él no pudieran descender a mis infiernos. En mi infierno solo quedaba yo, un recuerdo, algunas botellas y petacas vacías, píldoras rosadas y cosas dando vuelta. En algún momento, eso no parecía un infierno ni tampoco una agonía, y entonces ese lugar también lo ocupaba Giuliano dando vueltas con todo, y yo, buscándolo. Y ahora solo estaba yo y el mundo estaba quieto. Odiaba esa sensación.
Mi caída era predecible. Me había convertido en un deshecho humano después de la partida de Giu, y no consumí intentando fingir que podía ser más que eso, pero era todo lo que decían que sería. No era culpa de nadie que estuviera enferma. Había conocido el mundo dando vueltas, había conocido la sensación extrema, había visto el silencio de un respiro largo, no hubo oportunidad allí.
Siempre había guardado un poco de pastillas, porque sabía que pasaría un día esto, que las necesitaría con urgencia y no quería sufrir. No recordaba dónde las escondí porque las escondí de mi misma. Para los drogadictos y los borrachos esconder cosas de si mismos es totalmente normal. No recuerdas ni que escondiste algo ni dónde. Pero yo lo recordé porque entre la desesperación las ganas de supervivencia y sentirme mejor de cómo me sentía me trajeron un recuerdo que abrió mis pupilas como el mundo se acortaba frente a mí.
Así que di vuelta a todo mi cuarto y pensé en los lugares donde mi ''yo'' drogadicto podría haber escondido algo, y toda la secuencia a continuación fue muy triste si se viera desde fuera. Puse música fuerte para que no pareciera lo que estaba pasando que era justamente yo buscando algo y moviendo todos los muebles de mi cuarto, y las encontré, en un sobre rosado debajo de la cama, evidentemente no me las ingenié tanto para esconderlas, pero era sabido que yo jamás limpiaba mi cuarto y mucho menos me metería allí. Pero sacarlas del lugar no fue un trabajo arduo, solo corrí la cama y me puse en la otra punta y estiré mis brazos para encontrar el dichoso sobre. A continuación partí las pocas pastillas en mitades porque me había dado cuenta de que si las tomaba enteras tardarían más en digerirse y yo estaba en apuros. Así que después de partirlas, las hice puré.
Y recuerdo bien esa sensación, porque la había extrañado y porque ahora estaba de vuelta. Sentía que mi cuerpo estaba sediento y que había caminado todo un desierto, que me habían arrojado un jarrón de agua fría a la cara y que se fue disipando desde la cabeza hasta todo mi cuerpo y pude echar un suspiro de alivio, mi corazón volvió según mi mente a su latido habitual, mi corazón volvió a abrirse y el nudo que tenía dentro parecía haberse ido, la calma había disuelto la tempestad de mi alma y solo podía disfrutarlo, cerré los ojos y me estiré en mi cama a disfrutar lo poco que había podido obtener de la vida.
Una vez un amigo me dijo que debía dejar de tomar gaseosas, porque constantemente estaba deshidratada y él era consciente de que yo tomaba pastillas como si fuera a recetarlas, de todos modos solo me comentó que las gaseosas también eran una adicción que le eran conocidas y me dijo que para incorporar tomar agua, tome agua durante el día y me deje las gaseosas para la noche, así, para cuando llegara el momento de tomar la gaseosa, fuera inclusive más rica.
Y algo parecido sucedió con las pastillas, sentía que había llevado un montón de tiempo tomando agua, que necesitaba mi dosis de sabor. Me lo merecía, eso pensaba. Porque ese también es un problema, pensar que me merecía cincuenta vasos de gaseosa porque había tomado todos los días agua, y allí, lo que comienza a correr es un atracón, pero un atracón que solo conduce a un camino, el de la caída.