Comencé a tener un nuevo hábito, compraba en las mañanas un vodka y lo mezclaba, y escuchaba música con auriculares a todo volumen mientras pensaba en lo divertido que sería que alguien compartiera ese momento conmigo, pero entonces recordaba que nadie solía tener los mismos gustos musicales que yo. Inevitablemente comencé a desgastarme, bajé de peso y mis pómulos comenzaron a marcarse más, pero podía ocultarlo porque les mentía a mis padres que siempre había deseado ser así de delgada y en cierta parte tenía razón, así que no les mentía del todo, solo que no estaba haciendo nada para adelgazar. Guardaba una pastilla todas las noches porque tenía como meta guardar una cantidad suficiente para un día irme en una buena noche si tuviera las agallas para hacerlo.
Lo cierto es que, no tenía las suficientes agallas para irme de este mundo como siempre solía decir. Una parte de mí romantizaba el suicidio pero le asustaba, sabía que una vez cruzabas ese umbral no había vuelta atrás, y también sabía que todo lo que sentía era extremo pero que un día pasaría, pero estaba cansada. Cansada de que prácticamente hubiera vivido toda una vida para sentir siempre lo mismo y que hiciera lo que hiciera jamás apagaba mi sentimiento de inapetencia. Podía haber robado un montón de pastillas, pero yo quería tener tiempo para agradecer mi vida antes de irme, para hacer las cosas que nunca había hecho, pero no sabía de nada que me hubiera gustado hacer, porque cuando quería algo lo buscaba y no paraba hasta conseguirlo, y siempre había tenido personas que me amaran, y cuando lo explico demasiado, pareciera que no tengo ningún motivo para querer irme, pero esas cosas no se explican, no sé realmente si hay suicidas que buscan motivos para terminar con todo de una vez, o solo buscan excusas, de todos modos, creo que cualquiera debería poder decidir cuando no tiene ganas de seguir con esto, pero la verdad es que, la mayoría nos vamos sin comprender algunas grandezas del mundo que quizás de conocerlas no existiría el sentimiento que nos lleva a irnos en primer lugar.
Aunque esto sería divagar demasiado sobre las cosas, y yo tenía cierta facilidad para eso, porque me encantaba construir castillos de ilusiones y también de preguntas, pero todos los días me despertaba y sentía que algo andaba mal y no podía ignorarlo aunque lo intentara, las cosas de mi vida me alteraban demasiado y estaba cansada de que todo me importe demasiado si no estaba drogada o aniquilando mis neuronas en masas con otra sustancia. Debía estar estúpida para no sentir lo que la mayoría de las veces sentía y ahora ya no tenía un compañero que hiciera divertido ese trayecto. Ya no era divertido drogarse. Estaba aburrida de seguir consumiendo a tal manera de que sabía que necesitaba cosas más fuertes de consumir y esto solo iría en aumento. Y lo hacía, aumentaba, porque no podía descansar si no me sedaba del todo, y estaba cansada de escuchar a mis amigos, estaba cansada de todo lo que tenga que ver con internet, estaba cansada del mundo y de la sociedad, estaba harta y no quería apegarme un minuto más a una vida que no me hiciera sentir viva y solo me hiciera respirar, así que decidí darle la oportunidad al mundo que en el tiempo en el que esté, las cosas pudieran cambiar. Pero no lo hicieron, nada cambiaba y cada día no solo era una herida, sino también una pastilla.
Tuve entonces la magnífica idea, como si mi mente se hubiera puesto en un modo irreconocible. Solía ponerme así por las drogas, no es algo que me enorgullezca. Así que le dije a mis padres que dejarían de comprarme pastillas con la única condición de que me den mi última dosis, lo único que les quedaba.
Tuvieron miedo, gritaron, pero les convencí. Y ambos sabíamos que no dejaría las pastillas. En cuanto las tuve en mi poder, esperé que sea de noche, era entre treinta y sesenta píldoras, yo sabía que mi cuerpo estaba acostumbrado a más así que esto no me haría nada. Lo sabía, yo solo quería dormir como dos días porque honestamente me sentía mal.
Pero no funcionó.
Me levanté mareada, con dolor de cabeza y ni siquiera se parecía a la sensación que las pastillas podían causar usualmente en mí, y allí lo supe, no existían términos medios para mi. La próxima vez, debía hacerlo bien.
Y mientras tanto, seguía llevándome con Verónica, que me emborrachaba sin pedirme ningún solo peso y fue la única amistad a la que dejé entrar en mi vida. No preguntaba sobre mis cosas así que eso me parecía bien. Y todas las noches era lo mismo, juntarnos en el departamento que Verónica mantenía sola, con sus amigas, y donde compraban alcohol y cocaína.
"¿Sabes que con la cocaína no puedes graduar el daño que te hace como con una pastilla" a lo que ella respondió diciéndome que había probado Clonazepam y no le dio la misma sensación que la cocaína, lo cual era lógico porque quizás su cuerpo no necesitaba esa medicación, pero luego siguió diciendo "...además, yo tomo esto y no pienso en nadie". Y conocía a Verónica.
Verónica era enamoradiza, con todos los hombres de su vida había estado enamorada, no podía estar sola, no le importaba lo físico, ni que fueran inteligentes o listos. Solo que la acompañaran. Pero luego Verónica comenzó a crecer y comenzó a estar con chicos que consumían cocaína y como yo, y como muchas, una cosa lleva a la otra. Terminas en el ruedo. Inclusive uno de sus exs, estaba preso por intento de narcotrafico. No suelo hablar de esas cosas, ni decir cuan mal están, pensaba que los peligros de llevarte con ese tipo de gente tenía sus consecuencias y que Verónica las sabía. Aunque aparentemente no.
Conocía ese lado de Verónica desde hace dos o tres años atrás, y no me preocupé porque entonces mi vida estaba ocupada en Giuliano. Y un día, fui a ver a Verónica, no quería beber nada, pero ellas lo hicieron. Es decir, Verónica y sus amigas hicieron lo que solían hacer los fines de semana y ahí lo supe. Verónica pensaba que frente a la falta de un chico era totalmente excusable darse por la nariz cualquier mierda. Y me recordó a mi.
Solo lo pensé, pero no podía hacer nada sin permiso de nadie. Así que un día, el heemano de Verónica me contacta, y me habla sobre el tema. Me pidió que la ayudara a razonar y yo pensé en que debía hacerlo.
No se lo dije a nadie, ni a Verónica, ni a su hermano, ni a ningún ser humano del planeta, pero me hubiera gustado tener la posibilidad de ayudar a Giu como podríamos hacer con Verónica.
Así que llamé a su amiga, a una de las tantas amigas de Verónica pero que solía conseguirle el contacto para comprar cocaína. Le hablé sobre el tema y ella accedió también a dejarlas.
Pero luego, ya no pude cargar con esa responsabilidad, es decir, tenía en mente hablar con Verónica, y hablar con su amiga, pero al llegar el fin de semana siguiente estaban organizando una fiesta y aquel no era el contexto adecuado para hablar sobre situaciones como éstas. Así que pensé que lo mejor sería esperar. Y lo hice.
Por otra parte, yo no tenía ganas de una fiesta. Había pasado de fiesta en fiesta toda la semana y estaba cansada, necesitaba estar con mi familia, y mi familia no estaba bien conmigo. Nuevamente sospechaban que estaba consumiendo en exceso y mezclaban el hecho de que no estuviera tomando mis antidepresivos con cosas como que les había hecho hacer unos trámites sin corroborar porque no entendía nada de transacciones y de como pasarme dinero virtual a dinero real. La verdad es que me habían ofrecido una suma módica por alguna de mis obras y yo solo quería dinero así que lo acepté sin rodeos, pero no sabía cobrarlo. Solía ser bastante tonta con las nuevas tecnologías pero sé que no tenían nada que ver con no haber tomado un antidepresivo.
Volvíamos siempre a lo mismo, ellos pensaban que cada vez que tomara el antidepresivo me volvería modesta y algunas características que con el tiempo perdí pero que ellos aún no aceptan. Soy una mujer adulta que depende de sus padres y a los cuales les debo explicaciones lógicas por tomar mis pastillas pero que a la vez ni siquiera se instruyen para que sirven. Sé que no es culpa de ellos ser ignorantes sobre el tema.
Antes no existían ataques de pánico, de ansiedad y no teníamos que lidiar con i********:, hoy estás bien y al día siguiente lloras porque sientes que el mundo te pesa, y ellos no lo entenderán. Es difícil, en ocasiones no quisiera estar en sus zapatos.
De todos modos no podría salir de fiesta si lo primordial estaba mal, no podría ser tan cínica y que no me importase que estuviera consumiendo demasiadas pastillas y que me debía una charla con mis padres. Pero esas son cosas íntimas, son solo importantes para mí, para el resto es más importante estar en la vidriera de un centro y que los vean y opinen sobre sus vidas. De todos modos, no es que no me gustara, solo que sentía que la vidriera era para personas y momentos fuertes, no para los débiles.
Yo podía presentarme a la vidriera del bar con todo el ímpetu del universo, creyéndome una diva, porque si así lo sentía nadie podría cambiarlo porque tenía la suficiente entereza cuando de autoestima se tratase. Pero cuando había una sola rayita, cuando me sentía rota, quería estar en mi casa y era un favor enorme que me hacía el no querer ir a un lugar donde me ven búhos con miradas de acecho.
Al decir verdad tenía mucho miedo de estar rota frente a las personas, porque cuando llamas la atención, las personas no dejan pasarte nada. Si tenía las pupilas dilatadas era porque estaba borracha o drogada, si me besaba con alguien es porque era una zorra, si me besaba con más de alguien ni siquiera te diré lo que se pensaba sobre mí, y en ocasiones todo esto me daba risa y solo eran cosas azarosas que se teñían bajo un manto bizarro y que inclusive podía generarme una risa genuina. Otras veces, solo estaba rota y no quería saber lo que un fulano obsesionado conmigo pensara de mí y que tuviera tan siquiera el tupé de creer que me conociera cuando yo ni siquiera prestaba atención en los demás. Y allí comenzaba el rencor. Trataba de evitarlo la mayoría de las veces.
Una vez alguien que conocerán más adelante, me dijo que presentía que yo le tenía demasiado recelo al mundo. No lo negué, y él comentó que también sentía que las personas eran tan estúpidas que ni siquiera se gastaba en relacionarse con ellas. Palabras que me enamorarían, bueno, no a la primera, pero que sí comenzarían a hacerme un clic.
Un clic de que al final no estaba sola en el mundo, de que no era una amargada, de que podía ser el centro de la fiesta y otras veces ni siquiera querer ir a lidiar con la fiesta.
Mi madre suele decirme que estas cosas le pasan a las personas que llamamos demasiado la atención, que un día estamos y cuando no lo estamos, se siente nuestra ausencia. Nada que no se pueda superar. Pero que era muy probable que un profesor en una universidad me recuerde antes que al resto de sus alumnos y que en una fiesta me recuerden a mí antes que a mis amigas, y eso podía ser algo bueno como malo, porque al fin de cuentas, siempre habrán ojos observándote.
Y yo llevaba una vida cansada de que las personas observaran cada uno de mis pasos. No era algo que lo buscara.