Cap 22 — La llegada de las aves.

2005 Palabras
Supe en un momento de la vida lo realmente serio que es tomarse la vida enserio. Y es que, en ocasiones pasas tanto tiempo deseando nada, que en algún tiempo, te vuelves esa nada. No quiero ser confusa, tuve sueños, y lo tuve todo.  La situación de mi hermano volvió inestable el ambiente de mi casa, más de lo que era. Ya no solamente tenían una drogadicta irritable, sino también se le sumaba una persona depresiva. Todos los intentos que tenía por encontrar trabajo eran irrisorios, sabía de todas maneras que no era fácil. Se estaban viviendo momentos de crisis en el país y personas idóneas también se encontraban en su mismo lugar. Y hubo un tiempo, donde Polo trabajó en limpieza, pero aquello le hizo muy mal. Las personas lo trataban despectivamente y él lloraba al llegar a casa. Eso me angustiaba pero no podía hacer nada.  Y me angustiaba también el hecho de que mi amiga no hiciera ni el más mínimo intento de dejar de drogarse, comencé a sentirme una molestia para su vida y volví a alejarme. Comenzó allí un proceso oscuro de mi vida, me sentía inservible como para ayudar, inútil como para ayudarme a mí misma y estaba agotada, porque de pronto volvía a sentirlo todo, volvía a recordarlo, volvía a extrañar, volvía a pensar como una niña tonta enamorada.  Recuerdo que cuando era niña era una pequeña tranquila, demasiado. No sé en que momento se jodió todo, pero de todos modos, lo fui. Fui una pequeña, llena de sueños y que no solamente deseaba, sino que profundamente también sentía, sí, así de engreída era, sentía que podía lograr todos mis sueños. Pienso que quizás es la felicidad que te da la infancia, o lo fácil que parece todo cuando solo eres un niño, aunque, también pienso en lo cierto que es el hecho de que, cuando crecemos no perdemos esa capacidad, esa la tienes, solo que piensas que no, porque para entonces el mundo te ha hecho creer que es imposible. Quizás solo estoy divagando, pero no les miento cuando les digo que fui soñadora y que pensaba que en algún momento tendría al mundo a mis pies.  No tengo excusa para las cosas que hice en mi vida, pero si me permito admirarme, recuerdo que podía con todo, y no me perdono en ocasiones el hecho de ser la primera en defraudarme cuando todas las cosas pasaron. Supongo que estas son cosas de volverse un adicto, el miedo que pensé que no lo tenía, lo comencé a tener, y luego ya no era solamente miedo, era tener miedo a lo que sigue, al eco, al daño, a no poder soportarlo, y no lo enfrentaba, me acostumbré y me gustó no querer enfrentarlo, pausarlo, llevar años y años sin tener metas y sueños, y no porque nunca los haya tenido, sino por miedo a no perdonarme el fracaso. El lado bueno quizás es que no fracasé, el lado malo, pues ya lo sabemos todos, es el éxito. No puedes alcanzar el éxito sin hacer nada, tienes que ser tú quien te lleves hasta ahí.  Supongo que al pasar el tiempo, comencé a temerle a la escalinata, ya no asumía los riesgos que mi juventud y mi niñez no tenía en cuenta, porque me importaba. ¿Conocen ese sentimiento de mierda de tener miedo a que te importe algo? Porque yo sí. Y es así como va creciendo la inseguridad, es así como piensas que algo que no te enfermará nunca se lleva todo el ímpetu que alguna vez tuviste, toda la fuerza y la valentía que es propia de un niño sin saberlo. O propia de la niña que fui, y que ya no lo era. No es tan fácil como recuperarla, porque recuperar mi fuerza requiere que asuma un compromiso para conmigo misma que no quise asumir hasta después de que Giuliano muriera y yo volviera a recaer. Sí, me estoy adelantando nuevamente, lo siento.  Mejor volveré a recapitular sobre lo que les hablo. Cuando era niña solían gustarme exclusivamente las muñecas. No sé muy bien como funciona mi cabeza, pero les puedo asegurar cómo no funciona, y aprendí del mundo una enorme lista de cosas que no me gustaban, quizás por eso se hizo tan corta la lista de las cosas que sí me gustaran. De todos modos el punto es que, dentro de lo que no me gustaba, se encontraba jugar a ser madre, jugar a maquillarse, jugar a aprender a cocinar, subir o escalar cosas, saltar, lo que implique lastimarme, lo que me haga moverme demasiado, bueno, quizás eso también habla mucho de mi. En fin, la cuestión es que solo me gustaba jugar sola, con mis cosas, y vivir a través de mis muñecas lo que en realidad quería vivir de adulta. Quería ser bonita, quería llevar la mirada de todos, y quería ser la versión más superficial que pudiera ser de mi misma. Y luego comencé a vivir, y todo se fue dando sin rechistar. Fui bonita, fui popular, hice una corta carrera de modelo, me di cuenta que tenía un ángel, y no tenía que ser la más bonita o la más popular para centrar miradas. Solo existía.  Quizás suene algo tonto o estúpido, pero esa era la gloria para mi. Me encantaba entrar en un lugar y que todo ser que se encontrara allí se diera vuelta a verme. Sabía que era fácil conquistar a las personas porque solo tenía que ir a hablarles. Tomaba lo que quisiera sin hacer demasiado, y eso, con el tiempo, me volvió mala. Lo malo no es ser en un sentido lato ''malo'', lo malo es creer que lo puedes ser todo el tiempo. Entonces, no aprendí a no ser engreída. No aprendí a esforzarme por las cosas. No aprendí a querer menos de lo que quería, no buscaba ser menos superficial. Podía ser lo que quisiera, pero siempre elegía ser superficial. Porque en el fondo, era lo único que había aprendido a ser.  Había cumplido en teoría con todo lo que quería ser, con todo aquello que quería tener, y un día me detuve, y me perdí, porque si no era mala, entonces; ¿Que era?  Lo supe entonces, cuesta muchísimo elegir ser bueno. Era un sacrificio. Es difícil hacer lo correcto porque sabes cuan divertido es destruir. El problema es que, me destruí también, y no podía recuperarme, porque sabía en el fondo que me lo merecía.  Me había encontrado con un nuevo problema, tenía que perdonarme, y perdonarse es una de las cosas más complejas de este mundo, porque no te perdonas las dos caras de la moneda jamás. Tenemos el cerebro entrenado para creer que si eres una cosa, dejas automáticamente de ser la otra. Es tan fácil reconocer que somos humanos, pero que difícil que es reconocérnoslo a nosotros mismos.  No lo hice, de todos modos. Por eso es que recaí. Intentaba recordar todo lo que alguna vez fui, y recuperar la fuerza que alguna vez tuve, porque era importante saber que pude haber sido muchas cosas pero que también me pude querer y amar, que de esa visión exagerada de mi misma, debía salir algo bueno, porque cuando ya no lo tuve, desapareció mi identidad, desapareció toda línea sobre lo que debía esperar del mundo, porque al pensar que no lo merecía, rechacé todo lo bueno instantáneamente. Las personas están acostumbradas a valorar la bondad, la humildad, la sencillez, la calidez, y un sinfín de cosas que yo jamás había sido. No tenía ningún atisbo de intención en querer tener alguna de esas cualidades, y llegué a pensar que por no tenerlas o  no reconocérmelas, me merecía morir.  Así que un día, tomé treinta pastillas, y sabía que no se puede morir con esa cantidad, pero solo quería hacerlo para dormir durante un tiempo, y aunque sabía que despertaría, solo lo hice. Y se sintió como la mierda. Era como despertar un día normal pero con resaca, y lo peor es que no podría nadie entender porque no había explicación de que estuviera lenta y estúpida, y a su vez estaba enojada, porque significaba que si treinta pastillas me hacían esto, ni siquiera tenía la opción de matarme. Estaba buscando lo más doloroso posible y nuevamente volvía a no sentir nada. Así que ideé un plan estratégico de guardarme las pastillas hasta que llegase a una suma que sí hiciera algo, o en el mejor de los casos, que lograse lo que yo tanto buscaba en aquel momento.  De todos modos, no es tan fácil morir. Y cuando lo pensaba profundamente, me sentía tonta. No había motivos suficientes. Pero había hecho mucho daño a mis padres, y no sé si quería morir por mí, porque estuviera cansada de mi vida o porque en el fondo sabía que no tenía perdón para todo lo que había hecho.  Un día como muchos otros, porque es lo peor, que hayan existido más episodios como éstos que se volvieron un hábito, le había dicho cosas horribles a mi madre. No recuerdo mucho lo que dije, pero la hice llorar, y aunque la estaba viendo llorar, seguía, insistía, como si me estuviera causando placer verla llorar. Otra vez, había tirado una silla a mi padre, y él se compuso, porque era más fuerte que mi madre, pero mi madre tenía una debilidad por mí, y que yo fuera la que le dijera esas cosas horribles, era una porquería. Y aunque me arrepentía luego de ello, me odiaba en el interior por tener esas partes de mi vida y me avergonzaba, también pensaba que de nada serviría el perdón. Pensé que solamente desaparecer estaría bien, que solamente sin mí todo lo malo que yo había hecho podría irse conmigo. Nunca es bueno vivir en estos extremos. Tenía tanto odio, tanta ira acumulada, que si pasaba demasiado tiempo triste y sola, luego explotaba por nada pero de la peor manera. Nunca nada era normal o tranquilo conmigo y nunca nada tenía un equilibrio.  Dije muchas cosas dolorosas e hice muchas cosas terribles, y si se lo hacía a las personas que me amaban, a los chicos se los haría peor. Entonces dejé de intentarlo. Dejé de intentar fingir que no era mala, dejé  de pretender que tenía salvación y dejé de intentar ayudar a los demás. Pero tomar decisiones como esas en realidad solo hacen ignorar que existe otra cara de la moneda y era solamente yo buscando decir que era mala para no tener que resarcir lo que realmente había hecho. Porque si resarcirme significaba dejar las drogas prefería morir con ellas. Y ahí estaba el problema.  No me gustaba ser un monstruo, pero sin embargo me convertí en uno, no me gustaba ser mala con quienes me amaban, pero siempre sería mala con quienes me amaran si me quisieran sacar de las drogas y entonces pensé que si nadie esperaba nada bueno de mí, dejarían de molestarme. Concluí en que era una mala persona, y aunque lloraba en las noches porque en realidad no quería ser así, no tenía manera de demostrar que no lo era. Había ido tan lejos, que ya no podía volver a foja cero. No podía reiniciar las cosas. Solo podía apagarme. Y estar sobria definitivamente no era una opción.  Así son las drogas. Te alejan de ti y de todos.  Está bien hacer algo malo, y lo que pensarás después de volver a hacer algo malo es que podrás solucionarlo, como si todo tuviera retorno. Y la vida no da segundas oportunidades, Giuliano se había destruido a si mismo, mi amiga se destruía a si misma, y yo había destruido a mi familia. Y no podía perdonármelo. Y allí estaba esa duda de que hubiera sido mejor, si quizás dejar esta vida era la única manera de resarcirme porque entonces dejaría de ser una molestia, o si vivir era el único castigo justo para mí. Y para mí, vivir sabiendo de todo lo que destruí, no era vivir. 
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