Cap 36 — Límites cruzados.

1371 Palabras
Honestamente creo que existen cosas que son imperdonables, y también creo que solo algunas personas entenderán que hay ciertas cosas que tienen un límite, que una vez que los cruzas  no hay vuelta atrás, porque nada de lo que hagas puede resarcir el daño que has causado en el camino. Yo he trazado esos límites. Los límites de lo horrible y lo imperdonable.  Estaba enojada con el mundo en una secuencia de cosas que sucedía en las que no encontraba más que aquella sensación inútil de sentirme que era un fracaso y que no podía sentirme más miserable de lo que ya me sentía. Entonces me sentía miserable, pero no me había dado cuenta de que en ocasiones también puedes volver miserable a tu alrededor. Es decir, por consecuencia. Y fue allí cuando hice lo imperdonable, cuando tracé los límites de todo lo que significaba que para mí eran demasiados. Lo que trazó una imagen de un antes y un después en mi propia imagen, de tener la oportunidad de alguna vez resarcirme, donde aún tenía tiempo, y de cuando todo era tarde. O al menos creía que era tarde, muy tarde para mi.  No recuerdo con exactitud esa noche, quizás es que mi memoria selecciona recuerdos y partes que me escondan de mi propio ser, o es que soy solo una cobarde para recordar lo que hice con exactitud. Lo único que puedo escribir es que estaba enojada porque no tenía más pastillas y estaba llorando porque no tenía dinero para comprarlas tampoco. A estas instancia, Renzo era un fantasma en mi vida y apenas estaba comenzando a hablar con Lizardo. No tenía nadie a quien acudir. Y francamente, nadie que te quiera te compraría drogas.  Así que comencé a pedirle a mis padres que me ayudaran, les comenté lo clásico que se puede decir para que me compraran un poco de pastillas, les dije que no podía dormir, que quería ir al médico, que lo necesitaba porque estaba durmiendo muy mal, y en realidad les mentía, porque las pastillas para dormir ya no solamente no me hacían efecto, sino que apenas las sentía y tenía que tomarlas en cantidad, y también les mentía cuando les decía que llevaría un tratamiento de una manera seria. Jamás tuve esa idea, mi idea inicial era que me las compraran e ir robandolas sin que se dieran cuenta. Después de todo, ellos eran padres, y confiaban en mi. Lo cual es un error a estas alturas. Y también lo fue porque me había convertido en alguien que yo no confiaría, y ellos aún tenían fe en mí.  Y como son padres, y como también son buenos, hablaron con mi médico y le comentaron que quería volver a retomar mi tratamiento inicial porque estaba durmiendo mal, entonces compraron las pastillas. Aquí es cuando las cosas comienzan a desmoronarse otra vez, porque estaba arrastrando alguna pena de la cual ahora ni siquiera soy consciente que arrastraba, pero sentía que el mundo no me merecía, pero hice algo para que yo tampoco mereciera nada del mundo. Le pedí a mi madre que me diera mis pastillas y no podía robárselas porque para ello tenía que aprovechar ciertas oportunidades y estaba alterada porque las necesitaba en el momento, entonces solamente se las pedí, recuerdo haber corrido a buscarlas en el placar donde las guardaban y mi madre intentó pararme, pero no porque no quisiera que las tome, sino por temor a que hiciera lo que quizás en alguna parte de mi mente pretendía hacer,  y era tomármelas todas. Ni siquiera sé cómo eso era una idea que se me podría cruzar en la mente, ¿que hubiera hecho con las pastillas de haberlas tomado? ¿Ir corriendo hacía mi cuarto y atragantarme con ellas? De todos modos llamarían a una ambulancia. Es decir, jamás hubo oportunidad de algo así, de que no lo sepan. Todo lo que en algún momento pareció lógico en realidad se desvanece en picada. Estaba desesperada y estaba perdida.   Como estaba tan desesperada por tomar una maldita pastilla, sea lo que sea que se interpusiera mi cuerpo y mi mente lo quitaría del medio para llegar a ellas. Y así fue, solo que lo que se me cruzó en medio fue mi madre. Entonces la empujé, gritó, pero igualmente no paré, me dijo cosas, yo le dije cosas, que tampoco recuerdo, pero recuerdo el momento exacto en el que crucé la línea, y fue cuando le di una bofetada por prohibirme tomarlas. Lo sabía, cuando puse la posición de la mano, dónde se dirigiría, solo puedo recordar la mirada de mi madre sin entender lo que sucedió, y lo que le siguió a eso, solo fue tomar las pastillas e irme a dormir. Sin pedir perdón, sin más, como si en el momento supiera que aquello que hice estaba mal, pero no había tal remordimiento que me consumiera. Tenía lo que necesitaba sin haberme importado el costo y me marché, sin más, a mi agujero lleno de oscuridad. Pero una vez entré allí supe que aquello que había hecho era la línea que nunca había cruzado. Lastimé a quien me amaba, a alguien que no lo merecía, a alguien que preferiría cortarse un brazo antes que hacerme daño, y la lastimé solo por egoísmo, porque quería drogas. Eso es lo que sucede con estas cosas, todo se vuelve un círculo vicioso de malas decisiones, de actos atroces e imperdonables, uno es peor que otro, que luego termina siendo una escalera que solo te aleja cada vez más de lo que realmente eres, porque lo único que te preocupa en el momento es drogarte. Todo será peor que lo anterior, cada atrocidad será algo imperdonable, pero luego llegas a un punto donde has hecho tantas cosas imperdonables por conseguirlas, que ya es demasiado tarde. Eso sentí cuando retomé la consciencia, que ya era demasiado tarde para mí.  Mi madre me perdonó luego de eso. Ella perdonaría y perdonó muchas cosas horribles de personas que amaba. Sin embargo, yo no podía perdonarme. La veía los días siguientes con las manos arañadas, porque también la había arañado en un intento de apartarla pero no lo recordaba, es decir, de manera impulsiva había hecho daño como si nada me costara, la veía golpeada y con moretones y la que se los había causado era yo. Y aún así, ella complaciente eligió seguir tratándome como un ser humano, cuando ya no lo merecía. Sus ojos, me miraron como nunca olvidaría que alguien me miró alguna vez, desentendida, extrañada, sus ojos suscitaron una pregunta que mi acción ya había asegurado su respuesta, y era ''¿Será capaz?'' Y lo fui. Fui tan lejos que me desconocí. No había vuelta atrás.  Al despertarme después de unas horas, no quería salir de mi cuarto, sentía que el rostro se me caería a pedazos, no quería verme al espejo siquiera, los efectos de las pastillas habían terminado y había vuelto en arrepentimiento, pero no servía de nada el arrepentimiento después de lo que había hecho. Lo que había hecho no tenía perdón. Probablemente lo tenía de mi madre, porque era la persona que más me amaba en el planeta, pero no tenía el perdón de mi misma. Sabía que no serviría de nada prometer que no lo haría jamás porque ya lo había hecho una vez. Había tocado un pozo tan profundo que quizás merecía quedarme atrapada allí. Pensaba que conocía mis límites, pero no los conocía en lo absoluto. ¿Cómo podría resarcirme después de aquello? No merecía ni amor, ni respeto, ni seguir deambulando por esta tierra como si fuera una persona más, porque me había vuelto algo que ni siquiera podía mirarse al espejo. Era la cárcel del egoísmo, de la miseria y de la más absoluta dejadez y aceptación de la crueldad. No había perdón para aquello que hice como para lo que me había convertido. El único castigo semejante era la muerte. O eso creí. Entonces, aquello fue lo único que podía buscar. Mi vida se había escrito de una manera en la que ya no quería ser siquiera la historia protagonista. La historia de mi vida debía morir, porque no había nada bueno en ella. 
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR