Había pasado un tiempo soltera, no sé con exactitud cuanto tiempo había llevado de esta manera. Sé que fueron meses pero se sintieron como años y en otras ocasiones se sentía solo como días y pequeños momentos.
La situación con mis padres era inevitable, no estaban de acuerdo en muchas cosas, pero había descubierto que si volvía a fingir que estaba bien y que no era más un problema, pensarían que efectivamente su hija prodigio había estado de vuelta. Aunque solo arrastraba una mentira. No me había vuelto fría y mucho menos sensible, pero esa era la parte que les gustaba, que fuera sensible y humana. Supongo que extrañamente esa es la parte que me convencí por un tiempo que debía darme la oportunidad de demostrar y al final solo encontraba más razones para seguir fingiendo y maldecirme por tener una parte que solo me traía disgusto y sentimientos sin control como en un frenesí de melancolía.
Había vuelto a la universidad y a retomar los estudios un poco, en realidad todo esto lo había hecho porque Giuliano me había dejado un gusto amargo en la universidad y creí ilusamente que podría cambiar la imagen si volviera. Al contrario, solo me hizo darme cuenta que cada día que pasaba solo me volvía incluso más mentirosa. Cuando lo pensaba en profundidad, estaba asistiendo a la universidad para pretender que tenía un futuro en el cual solo podía pensar si otros me incentivaban a ello.
Me estaría mal explicando y sería una hipócrita si les dijera que realmente pensar en el futuro era importante para mí. La verdad más cercana es que cada vez que escuchaba a alguien hablar sobre su futuro me convencía sobre lo mucho que no quería parecerme al resto y sin embargo no lo era pero por las razones equívocas, porque todos tenían una meta y un proyecto, sin embargo yo solo era una pausa. Y no me sentía mal con no estar en movimiento, de hecho, había tenido problemas toda mi vida por no sentir que las cosas me completaran. La idea de construir una vida acreditada por un título colgado en una pared solo me encandilaba cuando se trataba de posibilidades económicas, pero jamás como un deseo genuino. Como todo, o como la mayoría de las cosas en la vida, había estado todo el tiempo tocando en la misma puerta. Supongo que tanto tiempo cerca de las barras de tu propia cárcel te hace sentirte bien cuando te acostumbras a ellas. Era mucho más yo cuando me concentraba en las cosas que no tenían importancia, y cuando intentaba construir algo concreto, confirmaba que estaba totalmente vacía. Podía imaginar un castillo pero era de cristales flojos, y por fuera se podría ver que dentro solo yacían mis podredumbres y yo.
Estaba vacía porque no podía elegir un futuro. Estaba vacía porque no sabía si quería uno. Estaba completamente vacía porque seguía tocando las mismas puertas una y otra vez, y volvía a tropezar con las piedras que me atormentaban desde siempre. Nunca terminaba de aprender nada y lo más irónico es que tampoco intentaba hacerlo. No me interesaba sacarle provecho a una experiencia nueva, solo la vivía, por etapas, como en una isla, en su momento y me abrazaba a ese momento hasta que terminaba. El problema era cuando terminaba el momento y volvía a cero, a la nada.
Mis padres me comentaron entre charlas que habían surgido sin un porqué claro que, desde niña había mantenido ese manto de inapetencia para con las cosas. Habían pocas cosas que me gustaban realmente, pocos juegos me entretenían y la mayoría de las veces no estaba contenta ni esbozaba una sonrisa. Recordaban que no me gustaban las fiestas, que un cumpleaños habían contratado payasos y todas las fotos de la fecha solo retratan un trazo desdibujado de lo que a grandes rasgos sería mi problemática diaria como adulta, siempre estaba vacía, no sonreía y aunque todos los niños fueran felices con mi fiesta y con los payasos seguía sintiéndome ajena inclusive cuando era la protagonista. El problema es que había llevado tanto tiempo ignorando que estaba vacía, que era susceptible a estar peor y esto me aterraba, y es que hay cosas mucho peores que estar vacío. Es decir, se puede sobrellevar toda una vida sintiéndose vacío, solo me volvería en el peor de los casos una ermitaña. El verdadero desorden que ocasiona sentirse vacío es la acción que le sigue, la búsqueda. Y en aquella búsqueda, uno puede encontrar sensaciones mucho peores que no sentir nada, como lo era poder sentir dolor. Estar roto para mí era peor que estar vacío. El vacío no me molestaba, pero sí no podía lidiar con las consecuencias del dolor.
El dolor me punzaba en la garganta, en el centro del pecho, se despistaba en partes del cuerpo que ni siquiera podía llegar a darme cuenta hasta que todo fuera extremadamente malo. Y aún así, seguía, por inercia, porque así es la vida, porque quizás aunque mintiera que no quería avanzar, de todas maneras lo hacía. Quizás no elegía el movimiento, pero la vida siempre se mantiene en movimiento, haga lo que haga.
Entonces comencé a fingir de nuevo, que no estaba enojada, que no estaba llena de rabia ni de ira y aunque me destrozara por dentro, fingía que nada me podía mover enteramente. No era orgullo ni dignidad propia. Sabía que carecía de todo aquello. Era saber que si lo aceptaba, se volvería real. Y fuera real o una exageración no cambiaría en nada. Algunas cosas en la vida no podía cambiarlas, eran mi realidad. Evitaba a toda costa sentirme mal con mi propia realidad porque sabía que contaba con una desventaja que me atemorizaba y me llenaba de pánico de solo pensarlo, y es que no sabía vivir frente al desorden. El caos me volvía impávida. No quería aceptar que podía sentir cosas que no pudiera controlar, entonces elegía no sentirlas.
Pocas cosas en mi vida realmente se entienden, una vez un amigo me dijo que mi manera de vivir era cobarde. Y no me enojé por aquello. Le di la razón. Sabía que en mí habitaba una cobardía inexplicable al dolor y que no quería afrontarla. Me dolía en cantidades inconmensurables la sola parte de mi vida de no ser igual al resto, que no me apetecieran las mismas cosas, que no funcionara de la misma manera, que todo el mundo le diera importancia a cosas que me importaban profundamente un bledo, estaba cansada de sentir conversaciones vacías, pero podía manejarlo. Tenía a menudo miedo de mi misma, de no poder soportar más de lo que me era posible, supongo que al final todas estas cosas son justamente porque no había visto la cara del dolor y quería evitarla el mayor tiempo que pudiera. El dolor y el sufrimiento era una persecución de nunca acabar en mi vida, como si cada año y cada día que pasara si elegía levantarme tenía que huir. Era inexplicable, pero a su vez contradictorio, porque me arrojaba al profundo mar de los males con tal de no sentir absolutamente nada.
Estaba tan sumida en el silencio, que de pronto éste me hablaba. Me recordaba que era una cobarde. Que solo era una niña inmadura huyendo de algo inevitable como podía ser el horror, el dolor o la tristeza. Y entonces ahí estaba, la salida, la búsqueda. Lo único que podía apagar las voces que se extendían y que me invadían día y noche diciéndome cosas al oído que no quería escuchar, y esa parte era la que más anhelaba. El silencio, donde no había dolor, ni pena, donde nadie más que la soledad me hacía compañía. La soledad no contesta ni reprocha, estaba presente en la misma puerta en la que me encontraba tocando cuando terminaba la noche o cuando las cosas salían mal. Siempre que me decepcionaban, que me lastimaban, que me herían, o que yo misma me hería, estaba ahí; la soledad. Siempre dispuesta a acompañarme, sin ninguna palabra. Y la frialdad que trae consigo la soledad se vuelve una mala costumbre, porque en comparación luego todo parece perturbar. Todo es una ola de mar incontrolable cuando te acostumbras a nadar en ríos. Allí estaba con mis propios demonios que con los años los había convertido en amigos, mis penas que nadie más que yo podría saber, y los sueños que no tenían espacio para ser escuchados por el mundo de quien no habitaba en mi mente. Aquel es el viaje sin retorno.
Sin retorno porque cuando vuelves, todo será ruido si lo comparas con el silencio.
Y el silencio no lo podía tener por mi misma.