Cap 33 — El monstruo que vive dentro.

1125 Palabras
El monstruo que vive dentro de nosotros, siempre lo he negado. Hay momentos en los que me encuentro conmigo misma en soledad, donde la mente se me escapa y pienso en cosas muy horribles. Es algo que no se lo comento a nadie y nadie me lo comenta tampoco, supongo que cuando hablamos con nuestros demonios lo hacemos en silencio. Siempre he evitado ese enfrentamiento, pero siempre supe que existían. Que estaban allí, que salían cuando estaba enojada, cuando pensaba de manera soberbia que conocía mis límites, que los días son malos y tengo derecho a despotricar, cuando acumulaba tanta rabia en mi interior que sentía que la única manera de sobrellevarlo sería hacer de mi miseria la de alguien más, y cuando efectivamente lo hacía, cuando volvía miserable la vida de alguien, solo porque creía que podía, era cuando lo sabía, y cuando en consecuencia, lo negaba. Voy a ser un poco clara en este vericueto para quienes tengan mentes sanas, si es que las hay del otro lado. Algunas personas son buenas fingiendo que aman a los demás, que pueden querer. Pero solo son buenos imitando el amor y el afecto, no significa que lo sientan verdaderamente. Y hay personas, quienes danzan con sus demonios, que se han hecho amigos de ellos y a los que se les da fácil arruinar la vida de alguien. Es fácil notarlos cuando muestran los hilos, pero el problema es que no lo hacen a menos que alguien los haga enojar, y esas veces, ni siquiera son ellos quienes están hablando. La maldad, las calamidades de este mundo, la crueldad y la ávida viveza, el pecado del egoísmo está tan alcance de nuestras manos que ser buenos realmente es un sacrificio. El problema es que nadie es tan bueno genuinamente y las personas que son horribles por dentro no lo admiten. Verse al espejo cuesta de un trabajo inmenso que ni siquiera nos es propio. Es decir, no podemos enseñar a las personas a vivir una vida que no sienten. Solo podemos guiar con nuestras reglas del mundo de la moral, pero para quien viva en un chiquero de miseras e injusticias, la moral no tiene valor. Así como tampoco las palabras para quien es mentiroso habitual. Hay cosas que tienen un valor intrínseco para ciertas personalidades de este mundo, aunque nos guste la idea del bien y seamos temerosos de pensar que existen personas que elijan el lado del mal. El problema con el mal y todas estas cosas, es que gozan de un carácter solapado que ni siquiera la persona que está envuelta en ello puede vislumbrarlo con tanta facilidad. En ciertos momentos soy habitada por estos demonios de los cuales les hablo, y aunque mayormente quiera decir que puedo huir de ellos con éxito, la realidad es que éstos se esparcen por tu mente con una facilidad que te hace creer que está bien. Esos demonios que habitan en nosotros son aquellos que cuando estás solo, te hacen abrazar al odio antes que al amor, al rencor antes que al perdón, a la venganza antes que al olvido, y al olvido selectivo antes que al agradecimiento. Éstos son los que te llevan a pensar que el mundo es injusto y que por serlo, una injusticia que cometas, algo malo solo será solo una gota en un mar de cosas malas que están mal en el mundo. Pero la realidad es que, todo acto tiene sus consecuencias, y toda maldad no está justificada. El mundo seguirá siendo malo mientras nos lo permitamos en cada ocasión, y las ocasiones suceden cuando no cuidamos al prójimo, al de alado, cuando nos contagia el egoísmo con una caratula de supervivencia. Y pasamos vidas renegando nuestras inmundicias, que llevamos tanto tiempo arrastrando mentiras que luego creemos que son verdades. La imagen que devolverá el espejo siempre será buena mientras vivimos en la tranquilidad de la justificación. Llevé mucho tiempo justificando todo acto atroz, porque eso es lo que sucede cuando solo te contagias del enojo, cuando solo consigues estar enojado porque las cosas no salen como esperas, cuando justificas tu presente con heridas del pasado. Es gracioso inclusive como encontramos más motivos para habitar en el dolor que en la felicidad. Me abrazaba en el baño mientras fui consciente solo un momento de cómo mi mente había tomado una velocidad casi espontanea en recordar cosas del pasado, y cómo a su vez que recordaba, pensaba en cómo actuar si volviera a suceder y cómo podría ser una imagen más mezquina que aquella que había elegido tener en algún momento. Y ese dolor por no perdonarme a mi misma, el odio que la mente disfraza de orgullo, solo logró que cuando fuera consciente de esto me sintiera triste, porque había dejado vivir dentro de mí algo tan grande que me era imposible controlar, o eso al menos lo pensaba. Cuando las cosas comenzaron a marchar mal con mis padres, por aquellos días, solían repetirme frases como que era mala persona o que me había vuelto una persona distinta a la que era. No lo aceptaba y solo conseguía gritar y enojarme. Me enojaba quizás porque era verdad. Porque estaba alejada cada vez más de lo que era correcto, porque cada frase que soltaba, cada discusión que ofrecía, cada minuto de mi vida en el que pasaba siendo mala, algo dentro de mí cambiaba y recobraba vida, y era el enojo. No se puede vivir del enojo y de la rabia, no se puede vivir pensando en lo que pudo haber sido y lamentarse constantemente por las cosas. No se puede buscar justificaciones para no seguir adelante, pero sin embargo, yo solía encerrarme en una enfermedad que me tenía de rodillas. Cada pastilla que llevaba a la boca, cada respiro lento y largo, quería que durase por años, y creía que no tenía ningún tipo de control sobre mí, que seguía siendo yo. Pero hace mucho tiempo me había perdido. Ya no me pertenecía a mí, pertenecía a lo que me llevara de ser consciente de mi propia existencia. Me había convertido en un monstruo que no podía verse a si mismo, pero que renegaba con fuerza de que lo era, y cuando lo supe, que efectivamente cada vez que esperaba que las cosas mejoraran, yo solo empeoraba. Era difícil decir que no, pero mucho más lo era ver en lo que me había convertido. Quizás era temor o cobardía de verme al espejo lo que había ocasionado que tomara cualquier atajo para no verme al espejo. Y como dije, pasar tanto tiempo sin verte te hace repetir mentiras, y el problema con las mentiras es que en un momento peleas hasta por ellas con tanta firmeza como si fueran verdades.
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