Mi frase se corta porque siento que se me atora en la garganta. Veo a las otras mujeres, tan diferentes, tan iguales. Algunas tan jóvenes, otras mayores, algunas con apoyo, otras solas. Me siento de pronto como una de ellas y al mismo tiempo completamente distinta. Me siento expuesta, vulnerable, como si mis secretos estuvieran escritos en mi frente. —Shhh —me interrumpe Canela en un susurro—. Tú no eres vieja. Deja de decir eso. Me mira con sus ojos firmes, llenos de cariño y autoridad a la vez. —Eres una mujer fuerte. Y sana. También eres amable y tienes un enorme corazón. Deja de lastimarte así. No es justo para ti y menos para el bebé. Cuando dice “bebé” me acaricia el vientre con la yema de los dedos, un gesto suave, respetuoso. Yo miro su mano sobre mí y siento que el corazón se

