Me quedé clavado, como si alguien hubiera hundido una estaca en mi pecho. El ambiente se volvió denso en un segundo: la gente empezó a cuchichear, los ojos se me clavaban por todos lados y la saliva se me secó en la boca. Vi a mi secretaria mover la cabeza, balbucear algo, y entonces di la orden sin pensar: «Desalojen esto. Déjennos solos.» Fue la respuesta mecánica de un hombre que intenta recuperar el control de algo que se le escapa. Ella obedeció con movimientos rápidos, casi nerviosos, apartando a los demás como quien retira piezas de un tablero antes de que la partida termine en desastre. Pero las bocas cerradas no hicieron sino empeorar las cosas: el murmullo se convirtió en una ola de reproches. Sentí palabras punzantes dirigidas a mí como dardos: «¡No me jodas!», «¡Ahora te da ve

