+EMILIANO+ Salgo de la oficina en Londres con la chaqueta echada a un lado y la corbata aflojada; la reunión se alargó más de lo previsto y todo mi cuerpo pide silencio. Sé qué mamá ha preparado una de sus cenas interminables, esas en las que siempre intenta recomponer algo que nadie le pidió componer, y la verdad es que no tengo ganas de ponerme otra vez en escena. Pero ella insiste desde hace días y, además, la empresa necesita que esté presente esta noche por “protocolo familiar”, así que respiro hondo y me encamino a casa. No había dado ni cinco pasos cuando lo veo venir. Al principio pienso que es la luz o que mi mente juega a poner imágenes donde no deben, pero es Adrián, mi sobrino, mi sobrino. Se detiene frente a mí como un animal herido: los ojos ardiendo, la mandíbula apretada,

