En eso me detengo. Mis piernas tiemblan. No por el peso del cuerpo ni por el embarazo, sino por todo lo que acaba de pasar, por esa maraña de palabras que me acaban de desgarrar el alma. Siento los ojos húmedos, la garganta hecha un nudo, y la respiración entrecortada. Entonces él, mi hijo, con la voz todavía temblorosa, me dice: —Está bien, hablaremos… no hoy. Me cuesta creer lo que oigo. Su tono no suena como una sentencia, ni como un perdón, sino como algo suspendido en el aire, como si necesitara tiempo para procesar todo. —Me iré —continúa—. Me está esperando mi novia. Cuando dice eso, siento una punzada en el pecho. Esa distancia tan fría en sus palabras. “Mi novia”. Ya no es el niño que me abrazaba llorando cuando se raspaba las rodillas, es un hombre… y me está poniendo límit

