Olga se llevó una mano a la boca, divertida e intrigada a la vez. —¿Y luego?
Mirella tragó saliva, el sonrojo en sus mejillas volvió con fuerza.
—Cuando terminé el beso... él... él...
—¿Él qué? —insistió Olga, inclinándose hacia ella con los ojos bien abiertos.
Mirella susurró, como si le costara admitirlo incluso en voz baja: —Él me tomó de nuevo... y me dio un beso más... profundo.
Olga soltó una exclamación ahogada, escandalizada y fascinada a la vez.
—¿Y te gustó?
Mirella se sonrojó aún más, como si su rostro confirmara lo que su boca no quería decir.
—¿Qué dices? ¡Estás loca! —respondió, desviando la mirada.
Olga se encogió de hombros con naturalidad.
—El hombre es muy atractivo. Lo poco que vi... está en muy buena forma. Mucho mejor que Federico, la verdad. Podríamos buscarlo, investigar si tiene un pasado oscuro, si es casado... o con novia.
—¡Olga! —la interrumpió Mirella, tomándola del brazo con firmeza—. ¡Olvídalo ya! no creo volver a verlo, además de que es un arrogante y creído.
El presentador tomó el micrófono para comenzar con las formalidades del evento. Su voz resonó por todo el salón, clara y ceremoniosa.
—Buenas noches a todos. Bienvenidos a esta celebración tan especial. Este crucero, construido hace más de dos décadas, ha sido modernizado con los avances tecnológicos más recientes. Hoy, no solo representa lujo y sofisticación... también marca el inicio de un nuevo proyecto ambicioso.
Hizo una breve pausa, mientras el público lo escuchaba con atención.
—Y ahora, sin más preámbulos, les presento al dueño y creador de esta nueva etapa: el señor Joaquín Urrutia.
Los aplausos estallaron al instante. Muchos se pusieron de pie, incluidos Mirella y Olga. Esta última resopló frustrada al no poder ver bien por su estatura.
—Con lo lejos que estamos… —murmuró.
Mirella, en cambio, se puso de puntillas, estirando el cuello para ver mejor. Entonces lo vio…
Un hombre alto, proyectaba poder y distinción. Vestía un traje n***o clásico, hecho a la medida, de corte italiano. La tela tenía un leve brillo que hablaba de su calidad sin necesidad de ostentación. La camisa blanca bajo la chaqueta era impecable, sin una sola arruga, y la corbata de seda negra estaba perfectamente anudada. Llevaba un pañuelo blanco en el bolsillo del saco y un reloj plateado de lujo asomaba discretamente bajo el puño.
Su presencia imponía. Tenía el porte de un hombre acostumbrado a liderar, seguro de sí mismo, con una elegancia sobria que no buscaba llamar la atención, pero inevitablemente lo hacía.
Los ojos de Mirella se abrieron con asombro.
—Es él… —susurró, casi sin aire. Su corazón martillaba sin cesar mientras escuchaba los aplausos y las exclamaciones de la gente al ver al hombre.
Sin pensarlo, avanzó por el pasillo entre las mesas para tener una vista más clara del escenario.
Olga, confundida, trató de seguirle la mirada.
—¿Quién?
Mirella la miró por encima del hombro.
—El acosador…
Olga frunció el ceño, se estiró lo más que pudo y finalmente logró verlo cuando él ya estaba bajo los reflectores del escenario.
Abrió la boca, incrédula.
—Entonces… ¿no es solo seguridad?
Ambas se quedaron en silencio, atónitas, sin saber cómo procesar lo que acababan de descubrir.
Tiana Lux robaba todas las miradas desde el momento en que apareció en el escenario. Llevaba un vestido de gala en tono rojo rubí, ceñido al cuerpo como una segunda piel, confeccionado en satén brillante que capturaba la luz en cada movimiento. El escote en forma de V profundo resaltaba su cuello largo y delicado, mientras que la espalda quedaba al descubierto, dejando ver una línea de pequeños cristales que descendían hasta la base de la columna.
La falda caía con elegancia hasta el suelo, con una abertura lateral que dejaba ver fugazmente su pierna cuando caminaba. Su cabello, medio recogido en ondas perfectas, caía sobre un hombro, y unos pendientes largos de diamantes brillaban con cada giro de cabeza mientras subía al escenario.
Juntos, Tiana y Joaquín eran la imagen perfecta del éxito, el lujo y el poder. Una pareja de portada…
—Es Tiana… —dijo Olga, sorprendida.
Ambas la observaron detenidamente, como si no pudieran creer que la mujer que desfilaba por el escenario del brazo de Joaquín Urrutia fuera la misma actriz que tantas veces habían visto en la pantalla. La mujer que era su objetivo en este viaje a la que tenían que investigar.
Olga mencionó, entre asombrada y un poco intimidada—. ¿Y va con… él?
—No puedo creer que ese hombre sea el mismo que… —Mirella no terminó la frase. Un nudo en la garganta le impidió seguir.
El brillo del escenario contrastaba con el torbellino de emociones que ella empezaba a sentir.
Joaquín se separó de Tiana con un gesto cortés y elegante, se acercó al micrófono en el centro del escenario. Tomó la palabra con voz firme y segura, acostumbrada a hablar frente a multitudes.
—Bienvenidos a todos… —comenzó—. Esta noche celebramos no solo la renovación de este crucero, sino también un aniversario muy especial. Hace años, mi abuelo apostó por un proyecto que en ese entonces parecía arriesgado: un barco como este, con la finalidad de ofrecer placer y diversión a miles de familias y parejas en alta mar. Hoy, tengo el honor de continuar ese legado… trayéndoles un crucero más moderno, más poderoso, y con la mejor experiencia que puedan imaginar. Les agradezco por estar aquí. Espero que disfruten de esta travesía.
Un fuerte aplauso estalló en todo el salón. Muchos se pusieron de pie. Las luces iluminaban con intensidad el rostro de Joaquín, que sonreía con seguridad, dueño absoluto del momento.
Mirella, en cambio, apenas podía procesar lo que acababa de escuchar.
Había estado con él. Lo había llamado anciano, libidinoso, arrugado… y otras cosas aún peores. Lo había besado. Dos veces. Sintió que el corazón le martillaba en el pecho.
—Mirella… —susurró Olga, notando su cara de pánico.
—Lo sé… —respondió Mirella con un hilo de voz. Sentía un estrujamiento en su corazón, no entendía el porqué.