Cap 14 Torbellino de nervios

1038 Palabras
Agarró la copa de vino que descansaba sobre la mesa y se la bebió de un solo trago. No le importó si alguien la veía. Necesitaba algo, lo que fuera, que calmara el torbellino de nervios en su estómago. Porque ahora sabía perfectamente que ese hombre tenía el poder suficiente para echarla del barco… o algo peor. Después del breve discurso de Joaquín, la orquesta comenzó a alistarse. Los músicos tomaron sus instrumentos con precisión y solemnidad, y al poco tiempo, las primeras notas suaves comenzaron a llenar el salón. El baile fue inaugurado por Joaquín y Tiana. Ambos se dirigieron al centro de la pista y comenzaron a danzar con una coordinación impecable. Se movían al compás de la música con una elegancia casi cinematográfica, como si hubieran ensayado cada paso. Los asistentes los miraban embelesados. Eran la imagen perfecta: él, imponente y sereno; ella, radiante y deslumbrante. Mirella los observó desde su mesa, sin decir nada. Sentía una presión extraña en el pecho. Sonrió, pero fue una sonrisa amarga. El mismo hombre que la había besado con intensidad apenas unas horas antes… ahora bailaba con otra mujer del brazo, como si nada. Como si no hubiera pasado absolutamente nada. Qué fácil había sido para él. Olga notó el brillo melancólico en los ojos de su amiga y con suavidad, le dijo: —Puede que solo sea su acompañante. Recuerda que esta gente ricachona vive de apariencias. A veces eso no significa nada. Intentó reconfortarla, aunque ni ella misma estaba segura de lo que decía. Mirella no respondió. Se limitó a levantar la mano, haciendo una discreta seña a un mesero que pasaba cerca. —Otra copa, por favor —murmuró, sin apartar la vista del centro del salón. Pero ninguno se detenía. Parecía que todos estaban ocupados sirviendo en otras mesas. Frunció el ceño, irritada. Fue entonces cuando vio a un mesero acercarse. Iba caminando con una bandeja y una copa dirigiéndose a un lugar. Sin esperar a que se acercara del todo, Mirella se levantó y con un movimiento rápido, le quitó la copa directamente de la bandeja. El joven quiso protestar, sorprendido, pero ella fue más rápida. Se llevó la copa a los labios y bebió de un solo trago, sin pensarlo. El sabor del vino le ardió en la garganta, pero no le importó. Lo necesitaba. O eso creía. El mesero la observó con desconcierto, sin atreverse a decir nada más. Y volvió por el mismo lugar que salió. La cena fue servida, y mientras los meseros iban y venían con platos primorosamente presentados, Tiana permanecía sentada en la mesa principal, visiblemente aburrida. Jugaba con su comida sin tocarla realmente, removiendo los ingredientes con el tenedor mientras soltaba suspiros de vez en cuando. A su lado, Joaquín estaba completamente ocupado atendiendo a la interminable fila de invitados que se acercaban a saludarlo. Todos parecían ansiosos por estrechar la mano del famoso, poderoso y rico hombre de negocios. Tiana lo observaba con un leve aire de resignación. Una sombra de tristeza se posaba en su mirada mientras pensaba, en silencio, cómo sería su vida al casarse con él… fría, llena de compromisos y apariencias, pero vacía de afecto. Entonces, Simón apareció frente a ella, con una valentía que no encajaba con la formalidad del evento. —Hola —dijo, con una sonrisa nerviosa. Tiana alzó la vista, sorprendida al verlo ahí. —¿Qué haces aquí? —preguntó en voz baja, mirando de inmediato a su alrededor, angustiada. Buscó a Joaquín entre la gente; no podía arriesgarse a ser vista con otro hombre, podría arruinarlo todo. Simón siguió su mirada con tranquilidad, luego se inclinó un poco hacia ella. —¿Quieres salir a tomar aire? —Claro que no, tengo compañía —respondió rápidamente, tratando de sonar firme. Pero Simón no se inmutó. Le sonrió aún más, con cierta picardía. —Sí… ¿y dónde está? Tiana volvió a buscar a Joaquín, quien seguía conversando animadamente con un grupo de empresarios. Estaba rodeado, brindando con las personas, completamente ajeno a ella. —Creo que estará ocupado toda la noche —admitió, bajando la voz con un dejo de decepción. Miró a Joaquín con desánimo. Apenas y la había saludado con cortesía al inicio del evento. Ni una palabra más, ni una mirada de interés. Estaba claro: no le importaba. Simón aprovechó el momento. Le ofreció la mano, como quien extiende una invitación prohibida. —¿Vienes? Tiana miró esa mano extendida durante unos segundos, como si le costara decidir. Finalmente negó con la cabeza, aunque su voz fue apenas un susurro: —No puedo ir contigo. Lo dijo más para convencerse a sí misma que para rechazarlo. Simón retiró la mano, con una pequeña expresión de vergüenza, pero también comprensión. Sabía lo que estaba en juego para ella. —Estaré en el casino… por si quieres acompañarme —murmuró con una pequeña sonrisa, antes de alejarse con calma, sin esperar respuesta. Tiana se quedó sentada, pensativa, mordiéndose el labio inferior. Su mente regresó al recuerdo del encuentro anterior con él… a lo bien que se sintió, lo viva que estuvo en sus brazos. Volvió a mirar a Joaquín. Ahora tenía aún más gente alrededor. Ni siquiera se giraba hacia ella. Busco a su asistente Laydi que conversaba con Raúl, el asistente de Joaquín en un rincón del gran lugar. Finalmente, sin decir una palabra, se levantó de la mesa y salió del salón. Al otro lado del salón… Mirella y Olga discutían en voz baja si quedarse o regresar a su camarote. La fiesta continuaba, pero la presión de la noche comenzaba a pesarles. Aun así, sabían que no podían irse. Tenían que confirmar con sus propios ojos si Joaquín Urrutia era realmente el empresario multimillonario con el que Tiana Lux estaba saliendo… y si, además, era el mismo hombre con el que Mirella se había besado. Mientras tanto, Joaquín caminaba por el salón, acercándose mesa por mesa, saludando con amabilidad a los invitados y preguntando si estaban siendo bien atendidos. Su presencia no pasaba desapercibida. Iba acompañado por un par de asistentes que tomaban nota de todo. —Mirella… —dijo Olga, señalando discretamente con la mirada. Ambas lo notaron al instante.
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